Hay momentos en los que la vida se detiene sin avisar. Un segundo todo parece normal, predecible, incluso rutinario. Y al siguiente, algo cambia. Una noticia. Una pérdida. Una decepción. Un susto. Una ausencia. Un silencio que antes no existía.
Entonces entendemos algo que siempre habíamos escuchado, pero que nunca habíamos sentido de verdad: la vida puede cambiar en un instante.
A veces esos cambios nos rompen un poco por dentro. Nos llenan de tristeza, de preguntas, de una sensación extraña de fragilidad. Nos hacen darnos cuenta de que no tenemos el control que creíamos tener. Y en ese descubrimiento, el mundo puede sentirse más pesado, más gris, más difícil de habitar.
Pero también hay otra verdad escondida dentro de esos momentos.
Cuando la vida nos sacude, nos obliga a ver las cosas diferente.
De pronto, las situaciones que antes parecían enormes pierden importancia. Las preocupaciones que nos robaban el sueño se vuelven pequeñas. Las discusiones innecesarias, (sobre todo de política en Facebook), las expectativas de perfección, la prisa constante… todo eso empieza a verse desde otra perspectiva.
Y aparece una pregunta profunda:
Si todo puede cambiar en un instante… ¿qué estoy haciendo con mis días?

La tristeza tiene su lugar. Es humana. Es necesaria. Es una forma de honrar lo que duele, lo que se perdió, lo que no fue como esperábamos. No se trata de ignorarla ni de fingir que no existe. Pero tampoco podemos quedarnos a vivir ahí.
Porque la vida, incluso cuando duele, sigue pasando.
Y cada día que pasa es una oportunidad para elegir cómo queremos vivirlo.
Quizá el aprendizaje más importante es este: los días no están hechos solo para sobrevivirse, están hechos para disfrutarse.
No hace falta un gran viaje, ni un logro extraordinario, ni un momento perfecto. A veces el verdadero cambio comienza cuando dejamos que nos importen las cosas simples.
Las cosas simples no son pequeñas. Son la vida misma.
Cuando dejamos de esperar que la felicidad llegue en grandes eventos y empezamos a encontrarla en lo cotidiano, algo dentro de nosotros se aligera. La vida deja de sentirse como una carrera y empieza a sentirse como un camino.
La vida cambia en un instante. Eso es cierto.
Pero también puede mejorar en un instante.
En el momento en que decidimos respirar más lento.
En el momento en que dejamos de posponer la alegría.
En el momento en que elegimos ver alrededor y reconocer lo que sí tenemos.
Y quizá ese sea el nuevo propósito:
No esperar a que todo sea perfecto para estar bien.
No dejar la felicidad para después.
No vivir como si el tiempo fuera infinito.
Hoy es un día.
Y los días, incluso los imperfectos, merecen ser vividos con presencia, con gratitud y con la decisión consciente de encontrar belleza en lo simple.
Porque al final, la vida no se construye en los grandes momentos.
Se construye en los pequeños instantes que decidimos no dejar pasar.
Nos vemos a la próxima.

