Hay dos cosas que pasan después de los cincuenta.
La primera es que uno ya no se preocupa tanto por hacer el ridículo.
La segunda… es que a veces se le olvida a uno ponerse los lentes.
Hace unos días andaba paseando por Taste of Eastlake 2026, disfrutando de la comida, saludando gente, haciendo lo que más me gusta: platicar con personas interesantes y descubrir historias detrás de cada negocio.
Entre tanta delicia estaba el hermoso charcuterie board de mis amigos de Fabilous Charcuterie. Era una obra de arte. Quesos, carnes, nueces, frutas… de esos que uno ve y automáticamente piensa que necesita una foto antes de darle la primera mordida.
Pero yo no traía lentes.
Así que muy segura de mí tomé un pedazo de lo que juraba era piña.
Le di una mordida.
“Hmm… qué piña tan rara.”
No estaba mala, pero definitivamente no era la piña dulce que mi cerebro esperaba. Hasta hice una pequeña mueca. Pensé que quizá no estaba madura. O que había perdido el gusto. Uno ya a esta edad también culpa a las papilas gustativas.
Entonces Julie (de Fabilous Charcuterie) me dijo:
—No es piña… es sandía amarilla.
Volví a probar exactamente el mismo pedazo.
Y me encantó.
No había cambiado la fruta.
Había cambiado mi expectativa.
En ese momento entendí algo que no tenía nada que ver con la fruta.
Muchas veces juzgamos personas, proyectos, trabajos o relaciones esperando que sean “piña”. Y cuando no saben a piña, concluimos que son malos.
Cuando en realidad… nunca fueron piña.
Eran sandía.

Y la sandía no tiene ninguna obligación de saber a piña.
Nos pasa con la gente.
Conocemos a alguien esperando que sea extrovertido, serio, divertido, cariñoso o exitoso según nuestros propios estándares. Si no cumple con el personaje que inventamos, nos decepciona.
Nos pasa con los proyectos.
Esperamos que un negocio crezca en seis meses. Que un libro venda miles de copias. Que una idea produzca dinero de inmediato. Cuando no ocurre así, pensamos que fracasó.
Tal vez simplemente estamos midiendo una sandía con la regla de una piña.
También sucede en las relaciones.
Esperamos que alguien ame como nosotros, se comunique como nosotros o demuestre afecto igual que nosotros. Y cuando no lo hace, creemos que algo está mal.
Quizá solo estamos esperando el sabor equivocado.
Y mientras caminaba entre los puestos del festival, pensé algo todavía más curioso.
A lo mejor mucha gente me ve como una piña.
Creen que ya saben quién soy porque leen mis columnas, porque me ven en eventos o porque conocen una pequeña parte de mi historia.
Pero no saben que, en realidad, soy una sandía amarilla.
No soy exactamente lo que parezco.
Tengo lados que casi nadie conoce. Miedos, inseguridades, sueños nuevos a mis 54 años y una enorme curiosidad por seguir aprendiendo.
Supongo que todos somos un poco sandía amarilla.
La vida sería mucho más sencilla si antes de emitir una opinión preguntáramos un poco más, escucháramos un poco más y esperáramos un poco más.
Porque no todo lo que parece piña tiene que saber a piña.
Y eso no significa que esté mal.
Solo significa que todavía no sabemos realmente lo que tenemos enfrente.
Desde ese día decidí que, antes de decir que algo no me gusta, voy a asegurarme de saber qué es.
Porque a veces la mejor sorpresa de la vida no es encontrar exactamente lo que esperabas.
Es descubrir que la sandía amarilla también puede convertirse en tu fruta favorita.

Nos vemos a la próxima.

THE YELLOW WATERMELON

There are two things that happen after fifty.
The first thing is that you stop worrying so much about making a fool of yourself.
The second… is that sometimes you forget to put on your glasses.
A few days ago, I was strolling through Taste of Eastlake 2026, enjoying the food, greeting people, and doing what I love most: chatting with interesting folks and discovering the stories behind each business.
Amidst all the delicious offerings was a beautiful charcuterie board from my friends at Fabilous Charcuterie. It was a work of art. Cheeses, meats, nuts, fruit, the kind of spread that makes you think, “I need a photo of this before I take the first bite.”
But I didn’t have my glasses with me.
So, feeling quite confident, I picked up a piece of what I swore was pineapple.
I took a bite.
“Hmm… what a strange pineapple.”
It wasn’t bad, but it definitely wasn’t the sweet pineapple my brain was expecting. I even grimaced a little. I thought maybe it wasn’t ripe. Or that I’d lost my sense of taste, at this age, you tend to blame your taste buds.
Then Julie (from Fabilous Charcuterie) said to me:
“It’s not pineapple… it’s yellow watermelon.”
I tried that exact same piece again.

And I loved it.
The fruit hadn’t changed.
My expectation had.
In that moment, I understood something that had nothing to do with fruit.
We often judge people, projects, jobs, or relationships expecting them to be “pineapple.” And when they don’t taste like pineapple, we conclude that they’re bad.
When in reality… they were never pineapple.
They were watermelon.
And watermelon is under no obligation to taste like pineapple.
It happens with people.
We meet someone expecting them to be extroverted, serious, funny, affectionate, or successful, all based on our own standards. If they don’t fit the persona we’ve invented, we’re disappointed.
It happens with projects.
We expect a business to grow in six months. A book to sell thousands of copies. An idea to generate money immediately. When that doesn’t happen, we think it’s a failure.
Perhaps we are simply measuring a watermelon with a ruler meant for a pineapple.
The same thing happens in relationships.
We expect someone to love the way we do, communicate the way we do, or show affection just as we do. And when they don’t, we think something is wrong.
Maybe we’re just expecting the wrong flavor.
And as I walked among the festival stalls, I thought of something even more curious.
Maybe a lot of people see me as a pineapple.
They think they know who I am because they read my columns, see me at events, or know a small part of my story.
But they don’t know that, in reality, I am a yellow watermelon.
I am not exactly what I seem.
I have sides of myself that almost no one knows, fears, insecurities, new dreams at age 54, and an enormous curiosity to keep learning.
I suppose we are all a bit like yellow watermelons.
Life would be much simpler if, before forming an opinion, we asked a little more, listened a little more, and waited a little longer.
Because not everything that looks like a pineapple has to taste like a pineapple.
And that doesn’t mean it’s wrong.
It just means we don’t yet truly know what is right in front of us.
Since that day, I’ve decided that before saying I don’t like something, I’m going to make sure I know what it is.
Because sometimes, life’s best surprise isn’t finding exactly what you expected.
It’s discovering that a yellow watermelon can become your favorite fruit, too.

See you next time.
















































