La vi sin buscarla. O quizá sí, porque cuando uno camina con el alma un poco abierta, ciertas escenas te encuentran solas. Estaba ahí, parada en una esquina de Chicago, esperando el camión. Quietecita. Como si el tiempo no tuviera prisa con ella… o como si ella ya hubiera aprendido a no pelearse con el tiempo.
Era uno de esos días que duelen en los huesos. Siete grados Fahrenheit. El frío de verdad. El que no perdona. Y aun así, ahí estaba, sin botas para el invierno, con zapatos sencillos, gastados, de los que han caminado más historias que cuadras. Llevaba un abrigo oscuro, humilde, sin pretensiones. No intentaba verse joven. No intentaba verse fuerte. Simplemente era.
Su rostro me atrapó. No por la tristeza aunque había algo de melancolía, sino por la profundidad. Era un rostro que no pedía nada, pero lo decía todo. Arrugas que no parecían errores del tiempo, sino marcas de vida. Como mapas. Como capítulos.
Me dio nostalgia. Una nostalgia que no era mía, pero que reconocí. Esa que aparece cuando ves algo que te recuerda que todo pasa, que todo cambia, que todos , si tenemos suerte, llegamos a ese punto donde el cuerpo se cansa, pero el alma ya sabe cosas.
No sé qué estaría pensando mientras esperaba el camión. Tal vez en alguien que ya no la acompaña. Tal vez en una casa silenciosa. Tal vez en un día cualquiera que se parece demasiado al anterior. O tal vez en nada. Y pensar en nada, a veces, es un descanso merecido.
Estaba sola. Eso fue lo que más me dio sentimiento. Sola en una ciudad inmensa, ruidosa, indiferente. Pero no se veía abandonada. Se veía completa. Como alguien que ha aprendido a sostenerse a sí misma. Y eso, hoy en día, es una forma poderosa de fortaleza.
Me imaginé su historia. No una historia dramática de película, sino una real. De las que casi nunca se cuentan. Una vida hecha de sacrificios silenciosos. De levantarse temprano. De cumplir. De postergar sueños propios para que otros pudieran tener los suyos. De amar sin manual y de perder sin explicación.
Tal vez fue madre. Tal vez abuela. Tal vez trabajó toda su vida sin reconocimiento. Tal vez emigró. Tal vez no. Pero seguro vivió. Y vivir deja huella.
Mientras la veía y me comía un Cinnabon (porque el frío me pedía calorías), pensé en cómo medimos el éxito hoy. En lo rápido, en lo joven, en lo visible. Y ella, ahí parada, me recordó que hay otro tipo de riqueza: la que no se presume. La que se carga en la mirada. La que no necesita likes ni aplausos.
Esperar el camión puede parecer un acto pequeño. Pero en ese momento se convirtió en una metáfora enorme. Esperar sin quejarse. Esperar sin dramatizar. Esperar porque sabes que, al final, algo llega. Y si no llega, igual sigues de pie.
Quise preguntarle si tenía frío. Quise ofrecerle algo. Pero no lo hice. A veces el respeto también es saber ver sin metichar. Así que solo la guardé. En la memoria. En el corazón.
Le tomé una foto no para exhibirla, sino para recordarme que la belleza no siempre grita. Que muchas veces suspira. Que hay historias caminando a nuestro lado que no conocemos, pero que nos pueden enseñar más que mil discursos.
Esa mujer, esperando el camión en Chicago, me regaló una lección sin decir una palabra:
que la dignidad no envejece,
que la espera también es valentía,
y que seguir de pie, incluso con frío, incluso en soledad, ya es una forma de triunfo.
Desde ese día, cuando el frío apriete o la vida se ponga lenta, pensaré en ella.
El otro día estaba en TikTok, como quien no quiere la cosa, cuando me topé con una entrevista de Ben Affleck. Así, Ben Affleck, Hollywood, Batman, alfombras rojas, y de pronto sueltan que su palabra favorita en español es “sacapuntas”. Sacapuntas. No amor, no corazón, no tequila. Sacapuntas.
Me dio risa, pero también me hizo pensar. Porque la palabra no es elegante ni romántica, pero tiene algo… es fuerte, es concreta, es honesta. Es una palabra que dice exactamente lo que hace. Saca puntas. Fin. No promete más de lo que cumple. Y ahí fue cuando pensé: todos tenemos palabras favoritas, aunque no sepamos por qué.
Yo sí las tengo. Muchas. Y no porque suenen finas, sino porque me provocan algo. Algunas me abrazan, otras me hacen reír, otras me recuerdan a mi niñez, a mi familia, a sobremesas largas, a carcajadas sin reloj.
Yo amo las palabras porque me han metido en problemas pero también me han salvado la vida.
El español tiene eso: es exagerado, dramático, sabroso. No dice “un poco”, dice “poquito”. No dice “está mal”, dice “está de la fregada”. No se conforma con existir, necesita sentirse.
Así que inspirada por Ben Affleck y su sacapuntas, hoy decidí sentarme a escribir sobre mis palabras favoritas en español. No son las mejores, ni las más correctas, ni las más cultas. Son las que me gustan a mí. Las que me salen sin pedir permiso.
Aquí van, sin ningún orden lógico, como debe ser la vida:
Mientras escribía esta lista me di cuenta de algo: nuestras palabras favoritas hablan mucho de nosotros. De lo que necesitamos, de lo que valoramos, de lo que extrañamos. No es casualidad que muchas de las mías tengan que ver con conexión, con emoción, con comunidad.
Tal vez por eso me encantó lo de Ben Affleck. Porque entre tanto glamour, eligió una palabra sencilla, casi infantil. Y eso me recordó que el lenguaje no es para impresionar, es para sentir.
Así que la próxima vez que alguien te pregunte cuál es tu palabra favorita, no contestes rápido. Piénsala. Seguramente ahí hay una pista de quién eres hoy.
Y si no sabes cuál es… empieza por sacapuntas. Quién quita y te cambie el día.
El otro día estaba en un evento. De esos donde la música suena de fondo, las voces en coro, las sonrisas se reparten casi por compromiso y el “¡tanto tiempo sin verte!” se escucha más de lo que realmente se siente. Caminaba entre mesas, abrazos, conversaciones cruzadas… y de pronto me di cuenta de algo: conocía a casi todos. Algunos de algún tiempo, otros de etapas recientes, otros de versiones de mí que ya no existen.
Y fue ahí, en medio de ese mar de caras conocidas, cuando se me vino a la mente una idea tan clara como incómoda: hay personas que son llave y hay personas que son candado.
No fue un pensamiento planeado ni filosófico. Simplemente llegó. Como llegan las verdades que no se pueden ignorar.
Las personas llave son esas que, sin darse cuenta, te abren puertas. A veces no hacen nada extraordinario. No te cargan, no te empujan, no te rescatan. Simplemente creen en ti.
Te escuchan sin juzgarte. Te dicen “sí se puede” cuando tú solo ves niebla. Te recomiendan, te conectan, te presentan, te mencionan cuando no estás en la sala. Son las que te abren caminos que ni siquiera sabías que existían.
Una persona llave no siempre está contigo todos los días. A veces aparece solo un momento, gira suavemente, y sigue su camino. Pero el efecto se queda contigo para siempre.
En ese evento pude identificar claramente quiénes habían sido llaves en mi vida. Personas que, en distintos momentos, me ayudaron a avanzar, a crecer, a atreverme. Algunas me ofrecieron oportunidades. Otras me ofrecieron algo todavía más valioso: confianza. Me dieron permiso, aunque no lo sabían, de soñar más grande.
Pero también estaban los candados.
Los candados no siempre son villanos. No llegan con malas intenciones ni con caras largas. De hecho, muchos sonríen, te abrazan y te preguntan cómo estás. Los candados suelen ser sutiles. Se esconden en comentarios como “eso está muy difícil”, “no creo que sea el momento”, “mejor quédate donde estás”, “¿para qué arriesgar?”.
Son esas personas que, cada vez que hablas de un nuevo proyecto, de una idea o de un sueño, sienten la necesidad de ponerle peso encima.
El candado no siempre te dice que no. A veces simplemente te hace dudar. Y la duda es una de las formas más efectivas de frenar a alguien.
Mientras observaba a todos en ese lugar, entendí algo más fuerte aún: hay personas que fueron llave en un momento de tu vida y que después se convierten en candado. Y viceversa. Porque la vida cambia, tú cambias, y las relaciones también. No todos están destinados a acompañarte en todas tus versiones.
Y eso está bien.
Lo difícil no es aceptar que existen llaves y candados. Lo difícil es reconocer cuándo alguien que quieres se ha convertido en un candado para ti. Porque aceptar eso implica tomar decisiones incómodas. Implica poner límites. Implica, a veces, tomar distancia sin odio, sin drama, pero con claridad.
También entendí algo muy importante ese día: uno mismo puede ser su propio candado. Cuántas veces no me he cerrado puertas yo sola por miedo, por inseguridad, por escuchar demasiado las voces externas.
Cuántas veces no me dije “mejor no”, “no soy suficiente”, “tal vez después”. El candado más fuerte no siempre viene de afuera. Muchas veces vive dentro de nosotros.
Por eso, además de rodearnos de personas llave, tenemos que aprender a convertirnos en nuestra propia llave. En alguien que se impulse, que se atreva, que se permita fallar y volver a intentar. En alguien que no se cierre el camino antes de recorrerlo.
Al salir del evento, con el ruido aún en la cabeza y los pensamientos más claros que nunca, me prometí algo: agradecer profundamente a las llaves que han pasado por mi vida, soltar sin rencor a los candados que ya no me permiten avanzar y, sobre todo, no convertirme yo en el candado de nadie más.
Porque todos estamos luchando nuestras propias batallas. Y si no vamos a abrir puertas, al menos no seamos quienes las cierran.
Al final del día, la vida es eso: un camino lleno de puertas. Algunas se abren con facilidad, otras requieren paciencia y otras, simplemente, no eran para nosotros. Pero mientras sigamos buscando llaves, afuera y dentro, siempre habrá una forma de avanzar.
Estaba yo, muy digna, leyendo sobre algo que se llama difusión cognitiva. Suena elegante, ¿no? Como si lo hubiera dicho una psicóloga sueca con lentes redondos y una taza de té.
La difusión cognitiva, para explicarlo sin que María empiece a interrumpir, es básicamente aprender a no creerle todo lo que tu cerebro dice. A observar los pensamientos sin subirte a la montaña rusa emocional que ellos mismos construyen.
Y justo ahí pasó.
Mientras leía, mi cerebro empezó a hablar. A opinar. A exagerar. A sacar conclusiones dramáticas sin pruebas. Y pensé:
Necesito ponerle nombre a esta voz. (La verdad el artículo era lo que sugería: bautiza a tu cerebro).
No sé por qué, pero el primer nombre que se me vino a la cabeza fue María. No tengo idea porque.
Perdón a todas las Marías del mundo, esto no es personal. Pero mi cerebro gritón, catastrófico y creativo se llama María.
Desde ese momento, cada vez que empieza su show, yo solo le digo:
“Cállate, María.”
Y funciona.
María es esa parte de mi cerebro que cree que si alguien no contestó un mensaje en cinco minutos, claramente me odia.
María es la que piensa que si cometí un error pequeño, todo mi prestigio profesional se vino abajo.
María es la que se despierta a las tres de la mañana para recordarme algo vergonzoso que dije en 2009.
María no duerme. María no se cansa. María dramatiza.
La difusión cognitiva dice que los pensamientos no son hechos. Que no todo lo que pensamos es verdad. Que el cerebro es una máquina maravillosa, sí, pero también una chismosa profesional. Y ponerle nombre a esa voz interna crea distancia. Ya no soy yo pensando que todo está mal. Es María hablando.
Y yo no siempre le hago caso a María.
Antes, cuando María decía:
“No eres suficiente.”
Yo me lo creía.
Ahora, cuando María empieza con:
“Seguro lo hiciste mal.”
Yo le contesto:
“Gracias por tu opinión no solicitada, María.”
Hay algo profundamente liberador en dejar de fusionarte con tus pensamientos. En darte cuenta de que no eres tus miedos, ni tus exageraciones, ni tus escenarios apocalípticos.
Eres quien los escucha. Y a veces, quien los manda a callar.
Porque María tiene talento para exagerar. Si le duele la cabeza, es un tumor. Si alguien frunce el ceño, es rechazo. Si algo tarda, es fracaso. María vive en modo telenovela de Televisa.
Perooo, María no es mala. Ella cree que me protege. Cree que anticipando el peor escenario me está cuidando. El problema es que no sabe cuándo parar.
Así que aprendí a usar la difusión cognitiva como un control remoto. Cuando María se pone intensa, bajo el volumen. No la apago del todo, porque tampoco se trata de pelear con el cerebro. Solo la observo y pienso:
“Ah, que la canción. María está exagerando otra vez.”
Decir “cállate María” no es agresión interna. Es autocuidado. Es una forma amable de recordarme que no todo pensamiento merece mi atención. Que puedo elegir no engancharme.
Y lo mejor es que cuando lo hago con humor, pierde poder. María se queda sin público. Sin drama. Sin escenario.
Desde que María tiene nombre, ya no manda. Ahora convive. A veces habla, yo escucho. A veces habla, yo sonrío. A veces habla, y yo sigo con mi vida.
Porque yo no soy María.
Yo soy la que decide si le cree o no.
Y si tú tienes una voz interna que exagera, que juzga, que asusta, ponle nombre. El que quieras. Llámale Crispín, Lola, Justino, o como sea. Y cuando empiece su discurso intenso, respira y dile con cariño y firmeza:
Aquí van 12 INTENCIONES (propósitos) para el 2026, aunque más bien parece una brújula que una lista, más aspiración que obligación:
1. Dejar de podar mis alas para caber en jardines ajenos. Si algo me queda grande, que sea el cielo (o mis pantalones)
2. Hablarme como se le habla a una mujer sabia: con respeto, pausa y sin prisa por corregirme, como me gustaría que me hablaran los demás
3. Cerrar puertas sin hacer ruido, entendiendo que no todo final necesita aplausos ni explicación. Hasta descalza se puede ir uno y no pasa nada.
4. Convertir el cansancio en señal, no en culpa. Porque es muy sano decir “me voy a dormir temprano y levantar tarde porque necesito estar bien”. Voy a escuchar al cuerpo antes de que tenga que gritar.
5. Coleccionar silencios que sanan y soltarlos cuando ya no me pertenezcan. Voy a hacer un esfuerzo por escuchar sin interrumpir ni adivinar lo que me están platicando. Gracias por quererme con ese defecto.
6. Elegir mesas donde no tenga que traducirme. Donde mi historia se entienda sin subtítulos. Lo que ven es lo que hay.
7. Hacer espacio para lo que aún no entiendo, confiando en que la claridad también llega caminando. No voy a sentarme a esperar la respuesta, me va a llegar mientras hago las cosas.
8. Vestirme de verdad, incluso cuando nadie me vaya a ver. Porque la dignidad también es un acto íntimo. Y yo quiero verme bien al espejo.
9. Aprender a decir “no” como quien cuida un tesoro: con firmeza, sin culpa, con amor propio. Aunque cause incomodidades.
10. Dejar que algunas respuestas se queden preguntas. No todo misterio pide ser resuelto. Muchas veces perdemos tanto tiempo solucionando problemas que nos son ajenos o no nos ayudan a avanzar.
11. Celebrar mis contradicciones, porque de ahí nace lo humano y lo creativo. Equivocarme siempre es la mejor lección.
12. Caminar el 2026 sin armadura, confiando en que la vulnerabilidad también sabe defenderse. Y que pase lo que tenga que pasar.
Que el 2026 te lea en silencio. Y que tú te reconozcas.
Y a todos los que estuvieron conmigo en el 2025, ya sea en persona, en whatsapp, en Zoom, en viajes, en sueños, en chats, en las buenas y en las malas…. gracias. Los voy a necesitar este 2026 tambien.
No esperaba llorar en Disneyland. Mucho menos frente al castillo.
La Navidad siempre tiene esa trampa: uno cree que va a celebrar el presente, pero termina encontrándose con el pasado. Las luces, la música, los aromas dulces en el aire… todo conspira para abrir cajones que uno cree bien cerrados. Y entonces sucedió. Los cohetes comenzaron a iluminar el cielo sobre el castillo de Disneyland y, al mismo tiempo, una canción melancólica empezó a sonar. Sin aviso, algo dentro de mí se quebró suavemente.
No fue tristeza. Fue memoria.
La música, lenta, nostálgica, casi susurrada, parecía abrazar cada explosión de luz en el cielo. No acompañaba el espectáculo: lo guiaba.
Cada nota me llevaba más lejos, más atrás en el tiempo, a una época donde la vida era simple y la felicidad no necesitaba explicaciones. Volví a ser niña. Volví a caminar de la mano de mi hermana, a correr con mis primos, a reírnos sin razón aparente. Volví a ese tiempo en el que lo único importante era estar juntos.
Recuerdo nuestras carcajadas, las filas interminables que no parecían largas, el cansancio que no pesaba. Recuerdo la sensación de seguridad absoluta, esa que solo se tiene cuando eres niño y no sabes, ni te importa, lo complicado que puede volverse el mundo. Éramos un pequeño universo, completo y perfecto en su propia lógica.
Los cohetes seguían explotando y las canciones navideñas continuaban, tocando fibras que creía dormidas. Cada luz era un recuerdo. Cada acorde, una imagen: una Navidad más sencilla, un abrazo largo, una foto borrosa, un “¿otra vez?” dicho entre risas. Mi hermana ahí, siempre. Mis primos, cómplices de travesuras y sueños. Yo, sin saber que esos momentos se convertirían algún día en refugio.
Lloré porque entendí algo importante: no estaba llorando por lo que se fue, sino por lo que permanece. Porque esos recuerdos siguen vivos en mí. Porque esa niña sigue habitando mi corazón, aunque ahora camine con otras responsabilidades, otras heridas, otras certezas.
Disneyland tiene esa magia engañosa: te promete fantasía, pero te entrega verdad. Te recuerda quién fuiste, quién eres y todo lo que amas sin darte cuenta. El castillo no fue solo un castillo esa noche; fue una puerta. Y la canción, junto a los cohetes, fue la llave.
Cuando el último destello se apagó y la música se desvaneció, respiré hondo. Me sequé las lágrimas. Sonreí. Porque entendí que crecer no significa olvidar, y que la Navidad, a veces, no se celebra con regalos, sino con recuerdos que siguen brillando dentro de nosotros.
Esa noche, frente al castillo, regresé a mi niñez. Y esa niñez estaba hecha de risas, de primos, de mi hermana… y de una canción que me recordó que la magia sigue viva..
¡Feliz Navidad!
Les dejo un video de los cohetes (no es mío, es de Youtube).
2. Por La Revista Binacional, porque me recuerda todos los sentimientos que un humano puede tener, a veces todos al mismo tiempo, el mismo día. A todo el equipo, gracias.
3. Por las videollamadas, la mejor herencia del COVID.
4. Por mis tenis favoritos, que combinan con todo… menos con lo que ya traigo puesto. Pero estaban casi regalados mis Hoka morados.
5. Por los correos que redacto en mi cabeza, pero nunca mando (y la verdad estaban buenos).
6. Por las juntas que pudieron ser un mensaje, pero para hacernos sentir mas importantes las hicimos en persona.
7. Por mi celular, que siempre cae de panza al piso como si fuera apuesta, (bueno, mas bien, doy gracias por el protector que le compré que me lo cuida super bien)
8. Por el GPS, que me manda por “la ruta más rápida”, donde nomás voy yo.
9. Por mis pestañas que todavía no se me caen, aunque llore, tenga alergia, me despinte con aceite del mas chafa. Ya no son las de cuando tenía 20 pero todavía tengo.
10. Por la gente que dice “nomás una pregunta”, y terminamos sentados platicando.
11. Por las noches que juro dormirme temprano, y termino dándole vuelta a TikTok hasta que sale una gringa que dice en su video “You have been scrolling for hours”.
12. Por los días que despierto sin alarma, pero el cerebro insiste en las 6 am.
13. Por mi cama, que es mi base, mi refugio, mi lugar seguro.
14. Por mi Kiara, mi Yorkie preciosa, la reina de mi casa, que sabe cuándo necesito de su amor.
15. Por los mensajes de “¿sigue interesada?”, cuando nunca pedí nada, pero bueno.
16. Por los que me piden seguirme en redes sociales y en cuanto los acepto me mandan por mensaje privado “Te ayudo a bajar 15 kilos”. Dios los bendiga, jajaja.
17. Por mi calendario que está lleno de cosas que hacer. Así no estoy sin hacer nada ni pensando cosas negativas.
18. Por el DJ de Spotify que me quiere mucho y me pone música muy padre.
21. Por los cuadernos que compro con toda la emoción, y siguen nuevecitos porque nunca los uso.
22. Por mis amigos, que siempre saben cuándo necesito un vinito VIP.
23. Por los días en que me levanto feliz. No he encontrado la fórmula de hacerlo adiario pero creo que tiene que ver con la luna.
24. Por mis hijos, que regresaron a mi casa este año pero se que pronto van a volver a irse. Los disfruto, los amo y me llenan de vida. Por toda mi familia, desde mi mamá, hermana, sobrinos, primos, tíos. Ustedes me inspiran, mueven, y hacen ser la mejor versión de mi.
25. Por mí misma, porque sigo dándole, riéndome, sobreviviendo, avanzando y ESCRIBIENDO.
GRACIAS. GRACIAS. GRACIAS. A todos por leerme. NOS VEMOS A LA PROXIMA.
Amigos, tengo que contárselo. Si me conocen, saben que el Universo me habla en códigos, y el código de la boda de Liz y Carlos fue el 4. No es un número, es una declaración. Es la base, la estabilidad, el orden que se encuentra en el mundo natural, y ahora, en este nuevo matrimonio.
🌟 La Magia del Cuatro en Su Historia Todo, o casi todo, giró en torno al número que construye y sustenta:
Cuatro Noches de Celebración: No fue un día, fue un viaje. Una inmersión total. Cuatro noches para reír, bailar, abrazar y crear recuerdos que no caben en un solo amanecer. Es la promesa de que esta relación tendrá solidez y resistencia ante todo.
4 recámaras en el Airbnb. 4 cortes de carne en Carne y Pisto. Los 4 Carajillos mas ricos del mundo.
La Ceremonia de los Cuatro Elementos: ¡Esto fue épico! Un ritual que invocó la fuerza de la Tierra (estabilidad), el fluir del Agua (emociones y adaptabilidad), la pasión del Fuego (energía y transformación) y la libertad del Aire (comunicación y espíritu). Un cimiento inquebrantable para su unión.
El Viaje de San Diego a Cuernavaca: Partimos cuatro (Vero, Adri, Arnulfo y yo). La ruta, la camaradería, los 4 Bon Bon Bums de Maracuyá… Todo fue perfecto. Cuatro almas listas para presenciar una historia de amor. Y luego, en Cuernavaca, nos convertimos en cinco porque llegó Nora. El número de la aventura y la libertad, la mezcla de la estabilidad (4) y la individualidad (1).
El Regreso al Origen (Cuatro de Nuevo): Al volver, éramos cuatro de nuevo, despidiendo al gran Arnulfo que se va a un merecido sabático. Es la prueba de que, aunque la vida cambia y los ciclos se cierran, la base y la amistad verdadera (ese círculo de cuatro) se mantienen firmes.
Nos fuimos Las 4 Malinches a CDMX un día, donde combinamos en arte y la comida; Polanco y los taxis de la muerte; 4 tiempos de experiencia culinaria con una obra en 4 cuadros.
🌍 El Cuatro, El Constructor del Mundo El número 4 no es casualidad. Es el ancla de nuestra realidad.
En la Naturaleza y el Cosmos:
Cuatro Estaciones: Primavera, Verano, Otoño, Invierno. El ciclo completo de la vida.
Cuatro Puntos Cardinales: Norte, Sur, Este, Oeste. Orientación, rumbo, y un camino claro.
Cuatro Elementos: Tierra, Agua, Fuego y Aire (que, como vimos, bendijeron su unión).
En la Estructura:
Cuatro Lados de un Cuadrado: Bases iguales, estabilidad perfecta, orden.
Cuatro Patas de una Mesa/Silla: Soporte, solidez, el lugar donde se construyen los sueños y se comparten las comidas.
En la Cultura Pop y Más Allá:
Los Cuatro Beatles: El cuarteto que redefinió la música y la cultura.
Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis: Un recordatorio de la totalidad del destino (aunque no se lo deseamos a nadie, ¡claro!). Y pues era Día de Muertos. Los vimos por todos lados.
Los Cuatro Acuerdos Toltecas: Un código de vida para la paz mental. En numerología, el 4 representa el trabajo duro, la disciplina, la paciencia y la construcción de bases sólidas. Es el número de los constructores, de los que saben que lo bueno lleva tiempo. ❤️La Conclusión (A Mi Estilo) Liz y Carlos no solo se casaron, sino que cimentaron su vida en una estructura cósmica. No es solo amor; es compromiso (el 4 en el amor), es una base incondicional y un futuro meticulosamente planeado (¡ya saben cómo son de organizados!). Su matrimonio es el cuadro perfecto, con cuatro caras de estabilidad, cuatro esquinas de apoyo y el espíritu de los cuatro elementos. Es una obra maestra que acaba de empezar. ¡Felicidades, mis constructores (y Carlos arquitecto) de sueños! Que la estabilidad y la aventura del número 4 los acompañen siempre.
El Infierno del “Hubiera” y la Fatiga de Pensar Demasiado
¿Cómo les va con sus propios dramas mentales? Yo, aquí, como siempre, sumergida en las profundidades de mi propio overthinking. La verdad es que, si la reflexión profunda diera dinero, ya sería dueña de una isla privada. Pero no, solo da dolor de cabeza y ganas de mandar todo a la fregada.
El punto es que últimamente me la vivo en un interrogatorio interno. Mi cerebro ha decidido que, en lugar de planear la siguiente gran cosa, su trabajo es revisar, con lupa y cronómetro, cada maldita decisión que he tomado desde que tengo uso de razón. Y claro, el villano de la película es el famoso: “hubiera”.
Es que el “hubiera” no es una pregunta, es una declaración de guerra contra mi paz mental. Es como tener a una tía fastidiosa viviendo en mi cabeza, que no deja de recordarme lo mal que hice todo.
• “Gina, hubieras sacado la licencia de maestra en lugar de la de real estate. ¡Ahora no estarías trabajando con niños!”
• “Pero, Gina, si hubieras invertido en esas acciones en 2010… ¡tendrías para el retiro ahora mismo!”
• “¿En serio le dijiste SÍ a aquel morro? Si hubieras dicho NO, te habrías ahorrado ese drama de varios meses.”
Y lo peor es que esta voz es súper tramposa. Solo me muestra la versión idealizada y con filtro de Instagram de la otra opción. Nunca me enseña la parte difícil de ser maestra (las noches sin dormir por las entregas de calificaciones), o los meses de drama que esa otra persona también me habría dado, solo que con un nombre diferente.
Es una falacia de la perfección. Creemos que el camino no tomado era el bueno, el que nos garantizaba la felicidad y cero problemas. ¡Mentira! Solo nos habría dado un set de problemas totalmente distinto. Pero el chiste es que esa ilusión nos tiene atrapadas. Es como un laberinto mental del que, francamente, estoy hasta la madre.
Llega un momento en que uno dice: ¡Ya estuvo! Esta revisión constante del pasado es una pérdida de tiempo y energía que podría estar usando para hacer algo en el presente. Es una fatiga mental que me está drenando.
¿Por qué nos obsesionamos tanto con esto? Creo que, en el fondo, es una forma de escapar de la responsabilidad de hoy. Es más fácil culpar al “yo” del pasado por una “mala” decisión que aceptar que hoy tengo que trabajar duro para arreglar las cosas o para crear algo nuevo. Si todo lo arruinó mi “yo” de hace cinco años, entonces mi “yo” de hoy no tiene tanta presión, ¿verdad? ¡Falso!
Además, piénsenlo un segundo: estamos juzgando a una persona que ya no existe. Mi “yo” de 2018 tenía menos información, menos experiencia, y probablemente estaba lidiando con su propio caos interno. ¿Quién soy yo, con toda mi sabiduría actual (y mis ojeras), para criticarla tan duramente? Es totalmente injusto.
Necesitamos un cambio de chip. El “hubiera” tiene que dejar de ser un martillo que golpea nuestra autoestima para convertirse en un mapa de ruta para el futuro.
Si estoy arrepentida de no haber entendido lo que valgo hace unos años, la lección no es torturarme, sino ir a pedir que me valoren más. Si me arrepiento de haber dejado ir una amistad valiosa, la lección es cuidar las que tengo HOY.
El pasado ya es una pieza de museo. No podemos cambiarlo. Lo único que podemos hacer es ver la pieza, ver qué información nos da (qué patrones repetimos, qué miedos nos detuvieron) y usar ese feedback para construir mejor el presente.
No se trata de borrar el pasado, sino de dejar de vivir en él.
El presente, es el único lugar donde somos realmente poderosos. Es el único momento donde la decisión que tomamos (o que evitamos tomar) sí tiene un impacto real. Así que, menos lamentos y más acción. Dejemos de ser las detectives de nuestras propias historias y seamos las protagonistas que mueven la trama.
Yo, por mi parte, he decidido que cada vez que escuche ese horrible “hubiera”, lo voy a reemplazar con un: “AHORA voy a…” o un simple “¡Qué bueno que pasó, porque aprendí X cosa!”
¡A vivir, a equivocarse y a reírse de uno mismo! (Que para eso estamos, ¿o no?)
Nos vemos a la próxima…
The Hell of “What If” and Overthinking Fatigue
How are you all doing with your own mental dramas? Me, here, as always, submerged in the depths of my own overthinking. The truth is, if deep reflection paid well, I’d already own a private island. But no, it only gives me headaches and makes me want to tell everyone to go to hell.
Lately I’ve been living under constant internal interrogation. My brain has decided that, instead of planning the next big thing, its job is to scrutinize, with a magnifying glass and a stopwatch, every single decision I’ve made since I was old enough to understand. And of course, the villain of the piece is the famous “what if.”
The thing is, “what if” isn’t a question; it’s a declaration of war against my peace of mind. It’s like having an annoying aunt living in my head, constantly reminding me how badly I messed everything up.
• “Gina, you should have gotten your teaching license instead of your real estate license. You wouldn’t be working with kids now!”
• “But, Gina, if you had invested in those stocks in 2010… you’d have enough for retirement right now!”
• “Did you really say YES to that date? If you had said NO, you would have saved yourself months of drama.”
And the worst part is that this voice is incredibly deceptive. It only shows me the idealized, Instagram-filtered version of the other option. It never shows me the hard part of being a teacher (the sleepless nights dealing with report cards), or the months of drama that another person would have given me too, just with a different name.
It’s a fallacy of perfection. We believe that the path not taken was the right one, the one that guaranteed us happiness and zero problems. Lies! It would only have given us a completely different set of problems. But the point is that this illusion has us trapped. It’s like a mental labyrinth that, frankly, I’m fed up with. There comes a point when you say, “That’s it!” This constant dwelling on the past is a waste of time and energy that I could be using to do something in the present. It’s mental fatigue that’s draining me.
Why do we obsess so much over this? I think, deep down, it’s a way to escape the responsibility of today. It’s easier to blame the “me” of the past for a “bad” decision than to accept that today I have to work hard to fix things or to create something new. If my “me” from five years ago ruined everything, then my “me” today doesn’t have as much pressure, right? Wrong!
Besides, think about it for a second: we’re judging a person who no longer exists. My “me” from 2018 had less information, less experience, and was probably dealing with her own internal chaos. Who am I, with all my current wisdom (and my dark circles), to criticize her so harshly? It’s totally unfair.
We need a change of mindset. The “what if” has to stop being a hammer that batters our self-esteem and become a roadmap for the future.
If I regret not understanding my worth a few years ago, the lesson isn’t to torture myself, but to ask others to value me more. If I regret letting go of a valuable friendship, the lesson is to cherish the ones I have TODAY.
The past is already a museum piece. We can’t change it. The only thing we can do is look at the piece, see what information it gives us (what patterns we repeat, what fears held us back), and use that feedback to build a better present.
It’s not about erasing the past, but about ceasing to live in it.
The present is the only place where we are truly powerful. It’s the only moment where the decision we make (or avoid making) has a real impact. So, less regret and more action. Let’s stop being the detectives of our own stories and become the protagonists who drive the plot. For my part, I’ve decided that every time I hear that awful “what if,” I’m going to replace it with: “NOW I’m going to…” or a simple “It’s great that happened, because I learned X!”
Let’s live, let’s make mistakes, and let’s laugh at ourselves! (That’s what we’re here for, right?)
Hay frases que llegan cuando menos las esperas. No en un libro, no en una conferencia, sino escritas en unos pequeños post-its, pegados en la pared de un salón de uñas.
Esa mañana solo quería un respiro, un rato para desconectarme del trabajo, para dejar que alguien más se encargara de mis manos por un momento. Pero mientras esperaba que Kimmy terminara la última capa de esmalte y yo casi me quedaba dormida, decidí leer lo que estaba en la pared. Mis ojos se toparon con esas dos frases:
“We can’t have a foundation built on a lie.” “If you don’t find a way to make money while you sleep, you will work till you die.”
Y me quedé ahí, en silencio, leyendo, como si el universo me hubiera puesto un espejo justo frente a mí.
La verdad como base
La primera frase me golpeó fuerte: no se puede construir una base sobre una mentira. Y pensé en cuántas veces tratamos de hacerlo. En las relaciones, en los negocios, incluso con nosotras mismas. Nos convencemos de que todo está bien, de que podemos sostener una estructura tambaleante si solo seguimos sonriendo o trabajando más duro. Pero la verdad, por más que intentemos esconderla, siempre encuentra la forma de salir a la luz.
Me di cuenta de que muchas de mis decisiones más difíciles en la vida han tenido que ver con eso: con atreverme a ser honesta, aunque doliera. Aceptar que ciertas asociaciones, amistades o proyectos simplemente no tenían un fundamento real. Que no podía seguir construyendo sobre ilusiones o promesas vacías.
En lo personal, me recordó que la paz no viene de lo que mostramos, sino de lo que somos cuando nadie nos ve. Y en lo profesional, me reafirmó algo que he aprendido con los años: que ningún negocio puede prosperar a largo plazo si no está cimentado en la verdad, en la transparencia y en la integridad.
Dinero, tiempo y libertad
La segunda frase también me dejó pensando: “If you don’t find a way to make money while you sleep, you will work till you die.” Y no lo leí desde la ambición, sino desde la libertad. Porque no se trata solo de dinero, sino de construir algo que tenga valor incluso cuando tú no estás ahí empujando cada detalle. De crear sistemas, equipos, ideas y proyectos que puedan caminar por sí mismos.
Me hizo pensar en mi propio camino —en todas las veces que he trabajado de sol a sol, persiguiendo metas, cerrando acuerdos, cuidando cada aspecto de mis proyectos— y en lo mucho que cuesta soltar el control. Pero también en la importancia de aprender a confiar: en el proceso, en las personas que te rodean y, sobre todo, en ti misma.
Aprender a generar valor sin desgastarte por completo es un arte. Y ese arte empieza cuando entiendes que tu tiempo y tu energía son tus recursos más valiosos.
Salí del salón con las uñas perfectas, (con un color vino tinto muy ad hoc para el otoño) y la mente llena de pensamientos. A veces creemos que las grandes lecciones llegan en momentos solemnes, pero no: a veces aparecen en un pedazo de papel pegado con cinta, mientras el secador de uñas hace su trabajo.
Esas dos frases me recordaron que la verdad es el cimiento de todo lo que vale la pena —y que la libertad no se mide en horas trabajadas, sino en la capacidad de descansar sabiendo que lo que has construido puede sostenerse solo.
Quizás no podamos controlar todo, pero sí podemos elegir desde dónde construimos. Y yo, desde este día, decido seguir edificando mi vida —personal y profesional— sobre algo tan simple y tan poderoso como la verdad.
Porque una base sólida no se hace de apariencias ni de promesas, sino de autenticidad, propósito y amor por lo que hacemos. Y si a eso le sumamos la inteligencia de crear con visión… entonces sí, podemos descansar tranquilos, sabiendo que incluso mientras dormimos, nuestro trabajo sigue dando fruto.
NOS VEMOS A LA PROXIMA.
Casual Wisdom
There are phrases that arrive when you least expect them. Not in a book, not at a conference, but written on small Post-its, stuck on the wall of a nail salon.
That morning I just wanted a break, a moment to disconnect from work, to let someone else take care of my hands for a moment. But while I was waiting for Kimmy to finish the last coat of polish and I was almost dozing, I decided to read what was on the wall. My eyes fell upon those two phrases:
“We can’t have a foundation built on a lie.” “If you don’t find a way to make money while you sleep, you will work till you die.”
And I stood there, silently reading, as if the universe had placed a mirror right in front of me.
Truth as a Foundation
The first phrase hit me hard: you can’t build a foundation on a lie. And I thought about how many times we try to do that. In relationships, in business, even with ourselves. We convince ourselves that everything is fine, that we can sustain a shaky structure if we just keep smiling or work harder. But the truth, no matter how hard we try to hide it, always finds a way to come out.
I realized that many of my most difficult decisions in life have had to do with that: daring to be honest, even if it hurt. Accepting that certain partnerships, friendships, or projects simply didn’t have a real foundation. That I couldn’t continue building on illusions or empty promises.
Personally, it reminded me that peace doesn’t come from what we show, but from who we are when no one is watching. And professionally, it reaffirmed something I’ve learned over the years: that no business can prosper long-term if it’s not founded on truth, transparency, and integrity.
Money, Time, and Freedom
The second sentence also left me thinking: “If you don’t find a way to make money while you sleep, you will work till you die.” And I didn’t read it from a place of ambition, but from a place of freedom. Because it’s not just about money, but about building something that has value even when you’re not there pushing every detail. About creating systems, teams, ideas, and projects that can move forward on their own.
It made me think about my own path—about all the times I’ve worked from dawn to dusk, pursuing goals, closing deals, taking care of every aspect of my projects—and how hard it is to let go of control. But also about the importance of learning to trust: in the process, in the people around you, and, above all, in yourself.
Learning to generate value without completely exhausting yourself is an art. And that art begins when you understand that your time and energy are your most valuable resources.
I left the salon with perfect nails (a dark burgundy color very appropriate for fall) and my mind full of thoughts. Sometimes we think great lessons come in solemn moments, but no: sometimes they appear on a piece of paper taped up while the nail dryer does its work.
Those two phrases reminded me that truth is the foundation of everything worthwhile—and that freedom isn’t measured in hours worked, but in the ability to rest knowing that what you’ve built can stand on its own.
We may not be able to control everything, but we can choose where we build from. And I, from this day forward, choose to continue building my life—personal and professional—on something as simple and as powerful as truth.
Because a solid foundation isn’t made of appearances or promises, but of authenticity, purpose, and love for what we do. And if we add to that the intelligence to create with vision… then yes, we can rest easy, knowing that even while we sleep, our work continues to bear fruit.