Hay viajes que se planean con meses de anticipación… y luego están los que se arman en un chat de tres mensajes y un “¿jalas o qué?”. (Y como dice mi sobrino SergioMiguel: “yo jalo hasta donde dice ‘empuje’”)
Así empezó este: menos de 24 horas en el Valle de Guadalupe con Lisette y Arnulfo.
Cortito, improvisado, pero con toda la intención del mundo. Porque cuando una se da permiso de escaparse tantito, pasan cosas bonitas… y otras memorables.
Salimos casi sin peinarnos (bueno, yo sí, porque una nunca sabe a quién se va a encontrar entre viñedos), con esa emoción norteña de “vámonos recio y vemos qué pasa”. Y lo primero que pasó fueron las ganas de un cafecito gringo.
Y luego nos dio hambre, en lo que subíamos el nuevo puente ya en Tijuana.
Nos dio hambre de la buena. (De nada sirvió mi licuado de proteína).
Llegar a La Cocina de Doña Esthela es como entrar a la casa de tu tía favorita… la que cocina con amor y sin miedo a la manteca. Y ahí estaban, los famosos hotcakes de elote. Esponjosos, dulces, doraditos… una cosa que te abraza el alma.
Tiene reconocimiento Michelin, y con toda la razón. Porque eso no es solo comida, es experiencia. Es cerrar los ojos con el primer bocado y decir: “sí valió la pena manejar hasta acá”. Entre risas, café y ese calorcito de cocina casera, arrancamos el día como se debe: agradeciendo. Y apuntando en nuestra memoria del paladar esa gordita de rajas poblanas.
Después, el plan era claro: vino. Y no cualquier vino. Llegamos a Casa Magoni, donde ese árbol enorme parece puesto ahí por Diosito para recordarte que la vida también es pa’ sentarse sin prisa.
Ahí, entre copas de vino que saben a tierra, a sol y a historia, se nos fue el tiempo. Porque cuando estás con la gente correcta, el reloj se vuelve sugerencia. Probamos, brindamos, platicamos… y en cada sorbo había algo más que vino: había intención. (Ese Chardonnay y ese Cabernet lo dijeron todo).
Brindamos con la intención de estar presentes. De reírnos fuerte. De decir cosas que normalmente dejamos para después.
Y es que hay lugares que te bajan la velocidad del mundo… y ese árbol fue uno de ellos.
(Aproveché para dejarles una copias de La Revista Binacional en donde les hicimos un artículo por el aniversario de Don Camilo Magoni, pionero enólogo del Valle).

Seguimos el recorrido hacia Viña de Frannes, donde todo se siente más fino, más estructurado… como si el vino te hablara de tú pero con acento francés.
Su Cabernet… híjole. De esos que te hacen levantar la ceja y decir “espérate… esto está serio”.

Profundo, elegante, con carácter. Como esas personas que no necesitan hablar fuerte para hacerse notar.
Arnulfo nos explicaba las intenciones del dueño de Frannes, y de su intención de lograr ese vino de 100 puntos.
Ahí ya íbamos entrando en ese mood donde todo es más bonito. Donde las fotos salen mejor, las risas son más largas y los silencios… más cómodos.
Y entonces llegamos a Montevalle. Y déjenme decirles algo: hay lugares bonitos… y luego está este. Escondido, íntimo, como si fuera un secreto bien guardado.

La cena con la chef Aiko en el restaurant LIEBRE fue otro nivel. Cada platillo parecía pensado para que te detuvieras, lo vieras, lo olieras… y luego lo disfrutaras sin culpa. Porque sí, uno va al Valle a comer y a beber… pero también a sentir.

Después, el jacuzzi. El vaporcito, la noche cayendo suavecito… y nosotros tres, platicando de la vida como si no hubiera mañana. De sueños, de planes, de lo que duele y de lo que sana. Porque a veces solo necesitas eso: un espacio bonito, buena compañía y cero prisa.

Y ahí entendí algo.
Este no fue un viaje cualquiera.
Fue un brindis con intención.
Porque sí… quiero volver
Menos de 24 horas. Eso fue todo. Pero salí con el corazón lleno, con la mente más ligera y con esa sensación rica de haber vivido algo que se queda.
Cosas que vale la pena mencionar:
-las botas de Lisette 👢
-el “shortcut” al Valle pasando Rosarito
-el plan de cercar el terreno
-el sombrero de piel de vaca aún con el sello ganadero 🧑🌾
-los perros en Magoni 🐕🐕🦺 firulais (free of lice)
-el camino a Doña Estela lleno de hoyos en la tierra (que hicieron trabajar a mi brasier y su sostén) 😜
-ese árbol majestuoso de Magoni con sus bocinas colgando como esferas (es un encino con mas de 400 años de edad. Lo hice “google”)
-el clima que decía el WeatherChannel q estaría a 100• y no eran ni 80
-Los cerros que rodean Viña de Frannes
-El recibimiento en Montevalle
-Los carritos de Golf
-El croar de las ranas
-El carajillo sin 43 como que era 23
-El techo de las cabañas con ventana para ver las estrellas
-las aguas tibias del jacuzzi y la buena plática
-el tiempo pasa demasiado rápido entre buena compañía
El Valle de Guadalupe no solo se visita… se siente.
Y yo, la verdad, ya quiero volver. (Thanks Nufi).








































