¡Cállate, María!

Estaba yo, muy digna, leyendo sobre algo que se llama difusión cognitiva. Suena elegante, ¿no? Como si lo hubiera dicho una psicóloga sueca con lentes redondos y una taza de té.

La difusión cognitiva, para explicarlo sin que María empiece a interrumpir, es básicamente aprender a no creerle todo lo que tu cerebro dice. A observar los pensamientos sin subirte a la montaña rusa emocional que ellos mismos construyen.

Y justo ahí pasó.

Mientras leía, mi cerebro empezó a hablar. A opinar. A exagerar. A sacar conclusiones dramáticas sin pruebas. Y pensé:

Necesito ponerle nombre a esta voz. (La verdad el artículo era lo que sugería: bautiza a tu cerebro).

No sé por qué, pero el primer nombre que se me vino a la cabeza fue María. No tengo idea porque.

Perdón a todas las Marías del mundo, esto no es personal. Pero mi cerebro gritón, catastrófico y creativo se llama María.

Desde ese momento, cada vez que empieza su show, yo solo le digo:

“Cállate, María.”

Y funciona.

María es esa parte de mi cerebro que cree que si alguien no contestó un mensaje en cinco minutos, claramente me odia.

María es la que piensa que si cometí un error pequeño, todo mi prestigio profesional se vino abajo.

María es la que se despierta a las tres de la mañana para recordarme algo vergonzoso que dije en 2009.

María no duerme. María no se cansa. María dramatiza.

La difusión cognitiva dice que los pensamientos no son hechos. Que no todo lo que pensamos es verdad. Que el cerebro es una máquina maravillosa, sí, pero también una chismosa profesional. Y ponerle nombre a esa voz interna crea distancia. Ya no soy yo pensando que todo está mal. Es María hablando.

Y yo no siempre le hago caso a María.

Antes, cuando María decía:

“No eres suficiente.”

Yo me lo creía.

Ahora, cuando María empieza con:

“Seguro lo hiciste mal.”

Yo le contesto:

“Gracias por tu opinión no solicitada, María.”

Hay algo profundamente liberador en dejar de fusionarte con tus pensamientos. En darte cuenta de que no eres tus miedos, ni tus exageraciones, ni tus escenarios apocalípticos.

Eres quien los escucha. Y a veces, quien los manda a callar.

Porque María tiene talento para exagerar. Si le duele la cabeza, es un tumor. Si alguien frunce el ceño, es rechazo. Si algo tarda, es fracaso. María vive en modo telenovela de Televisa.

Perooo, María no es mala. Ella cree que me protege. Cree que anticipando el peor escenario me está cuidando. El problema es que no sabe cuándo parar.

Así que aprendí a usar la difusión cognitiva como un control remoto. Cuando María se pone intensa, bajo el volumen. No la apago del todo, porque tampoco se trata de pelear con el cerebro. Solo la observo y pienso:

“Ah, que la canción. María está exagerando otra vez.”

Decir “cállate María” no es agresión interna. Es autocuidado. Es una forma amable de recordarme que no todo pensamiento merece mi atención. Que puedo elegir no engancharme.

Y lo mejor es que cuando lo hago con humor, pierde poder. María se queda sin público. Sin drama. Sin escenario.

Desde que María tiene nombre, ya no manda. Ahora convive. A veces habla, yo escucho. A veces habla, yo sonrío. A veces habla, y yo sigo con mi vida.

Porque yo no soy María.

Yo soy la que decide si le cree o no.

Y si tú tienes una voz interna que exagera, que juzga, que asusta, ponle nombre. El que quieras. Llámale Crispín, Lola, Justino, o como sea. Y cuando empiece su discurso intenso, respira y dile con cariño y firmeza:

“Cállate.”

Funciona mejor de lo que crees.

Nos vemos a la próxima.. y gracias por leerme.

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