Proximity Rival (no se como decirlo en español)

Proximity Rival: cuando el enemigo vive en tu zona de confort (y a veces en tu lista de favoritos)

Dicen que uno es el promedio de las cinco personas con las que más convive. Si eso es cierto, yo durante muchos años debí haber sido una mezcla de optimismo, esfuerzo… y competencia no solicitada.

Hoy quiero hablar de un concepto que descubrí hace relativamente poco, pero que ha estado presente en mi vida desde que tengo memoria: el proximity rival.

Ese personaje que está cerca de ti, muy cerca, no porque te admire, te quiera o te apoye, sino porque necesita medirse contigo. Compararse. Competir. Y, si es posible, tener asiento en primera fila para ver tus tropiezos.

Sí, ese.

Si eres como yo, probablemente los has tenido desde la infancia. Yo los recuerdo en la escuela: la compañera que preguntaba cuánto habías sacado en el examen, no por curiosidad académica, sino para saber si podía sonreír con superioridad. O la que celebraba tu error con un “ay, qué raro, tú siempre sacas buenas calificaciones”.

Gracias por el apoyo emocional, amiga.

Con los años, los proximity rivals evolucionan. Se vuelven más sofisticados. Ya no preguntan por tu calificación; ahora preguntan por tu negocio, tus proyectos, tus ingresos, tu vida personal… todo con esa sonrisa amable que, si uno presta atención, viene acompañada de una ligera decepción cuando te va bien.

Porque el proximity rival no quiere verte mal exactamente. Solo quiere que no estés mejor que él.

Lo interesante (y lo incómodo) es que muchas veces estas personas no son extraños. No son los “enemigos” obvios de la vida. A veces son amigos. Colegas. Familia. Personas que quieres.

Y ahí es donde se complica la cosa.

Porque poner distancia entre un desconocido negativo es fácil. Bloquear, dejar de frecuentar, desaparecer con elegancia. Pero cuando se trata de alguien cercano, alguien con quien tienes historia, afecto o lealtad… entonces aparece el conflicto interno.

“Pero es que me quiere.”
“Pero es que siempre ha sido así.”
“Pero es que qué va a pensar si me alejo.”

Mientras tanto, tú sigues compartiendo tus sueños con alguien que los convierte en competencia. Sigues contando tus planes a alguien que secretamente espera que no funcionen. Sigues abriendo tu vulnerabilidad a alguien que toma nota… por si algún día la necesita.

Durante muchos años, yo fui lo que hoy llaman una people pleaser. Traducido al español: la que dice que sí a todo, la que no quiere incomodar, la que prefiere tragarse el malestar antes que generar un momento incómodo.

Y déjenme decirles algo con la sabiduría que dan los años: ser complaciente no te trae paz. Te trae cansancio. Resentimiento. Y una agenda llena de personas que no necesariamente están ahí por las razones correctas.

Hoy tengo 53 años. Y hay algo maravilloso que sucede cuando cruzas cierta edad: se te empieza a acabar la paciencia… y también el miedo.

Ahora digo que no.

No a las conversaciones que se sienten como interrogatorio.
No a las relaciones donde hay más comparación que celebración.
No a las personas que aparecen solo cuando algo te sale mal.
No a los comentarios disfrazados de “broma” que en realidad son pequeñas puñaladas emocionales.

Y lo más importante: no a la culpa por poner límites.

Porque durante mucho tiempo pensé que poner distancia era ser fría, egoísta o exagerada. Hoy entiendo que es autocuidado. Que no todo el mundo merece acceso a tu energía, a tus sueños o a tus procesos.

Especialmente los proximity rivals.

Esas personas suelen mantenerse cerca porque tu vida les sirve de referencia. Eres su termómetro. Su comparación. Su medida. Y cuando tú creces, cambias o te alejas, se sienten incómodos.

Lo siento. O bueno… no tanto.

Otra lección importante que aprendí es esta: no tienes que hacer un anuncio oficial. No necesitas una conversación dramática ni un discurso de despedida. A veces la distancia se crea con pequeñas decisiones.

Compartir menos.
Responder menos.
Invitar menos.
Explicar menos.

Y, sobre todo, dejar de buscar su aprobación.

Porque el proximity rival no cambia cuando tú te esfuerzas más en agradarle. Cambia cuando deja de tener acceso a tu escenario.

¿Y el sentido del humor? Fundamental.

Hoy, cuando detecto una pregunta con exceso de curiosidad competitiva, sonrío y respondo en modo minimalista.
“¿Cómo va el proyecto?”
“Bien.”
“¿Y cuánto están facturando?”
“Lo suficiente para dormir tranquila.”

Fin de la entrevista.

La vida es demasiado corta para vivirla en modo comparación. Demasiado corta para rodearte de personas que celebran tus caídas en silencio. Demasiado valiosa para compartir tus sueños con quien los ve como una competencia.

A los 53, ya no me interesa ganar la aprobación de todo el mundo.

Me interesa la paz.

Me interesa la gente que aplaude sin comparar.
La que celebra sin medir.
La que suma sin competir.

Y a los proximity rivals… les deseo lo mejor.

Pero de lejos.

Proximity Rival: When the Enemy Lives in Your Comfort Zone (and Sometimes on Your Favorites List)

They say you are the average of the five people you spend the most time with. If that’s true, for many years I must have been a mix of optimism, hard work… and unsolicited competition.

Today I want to talk about a concept I discovered relatively recently, but which has been present in my life for as long as I can remember: the proximity rival. That person who is close to you, very close, not because they admire, love, or support you, but because they need to measure themselves against you. Compare themselves. Compete. And, if possible, have a front-row seat to witness your stumbles.

Yes, that one.

If you’re like me, you’ve probably had them since childhood. I remember them in school: the classmate who would ask how much you got on the test, not out of academic curiosity, but to see if they could smile with superiority. Or the one who celebrated your mistake with, “Oh, how strange, you always get good grades.”

Thanks for the emotional support, friend.

Over the years, proximity rivals evolve. They become more sophisticated. They no longer ask about your grades; now they ask about your business, your projects, your income, your personal life… all with that friendly smile that, if you pay attention, comes with a slight disappointment when things are going well for you.

Because the proximity rival doesn’t exactly want to see you fail. They just don’t want you to be better off than them.

The interesting (and uncomfortable) thing is that many times these people aren’t strangers. They aren’t life’s obvious “enemies.” Sometimes they’re friends. Colleagues. Family. People you care about.

And that’s where things get complicated.

Because putting distance between yourself and a negative stranger is easy. Block them, stop seeing them, disappear gracefully. But when it’s someone close, someone with whom you have a history, affection, or loyalty… then the internal conflict arises.

“But they love me.”

“But they’ve always been like this.” “But what will they think if I distance myself?”

Meanwhile, you keep sharing your dreams with someone who turns them into competition. You keep telling your plans to someone who secretly hopes they won’t work out. You keep exposing your vulnerability to someone who takes notes… just in case they need them someday.

For many years, I was what they now call a people pleaser. In other words: the one who says yes to everything, the one who doesn’t want to make anyone uncomfortable, the one who prefers to swallow their discomfort rather than create an awkward moment.

And let me tell you something with the wisdom that comes with age: being a people pleaser doesn’t bring you peace. It brings you exhaustion. Resentment. And a calendar full of people who aren’t necessarily there for the right reasons.

Today I’m 53 years old. And there’s something wonderful that happens when you reach a certain age: you start to run out of patience… and also fear.

Now I say no.

No to conversations that feel like interrogations.

No to relationships where there’s more comparison than celebration. No to people who only show up when something goes wrong.

No to comments disguised as “jokes” that are actually little emotional stabs.

And most importantly: no to feeling guilty for setting boundaries.

Because for a long time I thought that creating distance was being cold, selfish, or dramatic. Today I understand that it’s self-care. That not everyone deserves access to your energy, your dreams, or your processes.

Especially proximity rivals.

These people tend to stay close because your life serves as a reference point for them. You’re their barometer. Their comparison. Their measure. And when you grow, change, or distance yourself, they feel uncomfortable.

I’m sorry. Or well… not really.

Another important lesson I learned is this: you don’t have to make an official announcement. You don’t need a dramatic conversation or a farewell speech. Sometimes distance is created with small decisions.

Share less.
Reply less.
Invite less.

Explain less.

And, above all, stop seeking their approval.

Because your proximity rival doesn’t change when you try harder to please them. They change when they lose access to your stage.

And a sense of humor? Essential.

Today, when I detect a question tinged with competitive curiosity, I smile and answer in a minimalist way.

“How’s the project going?”

“Good.”

“And how much are you making?”

“Enough to sleep soundly.”

End of interview.

Life is too short to live in comparison mode. Too short to surround yourself with people who silently celebrate your failures. Too precious to share your dreams with those who see them as competition.

At 53, I’m no longer interested in winning everyone’s approval.

I’m interested in peace.

I’m interested in people who applaud without comparing.

Those who celebrate without measuring.

Those who contribute without competing.

And to my proximity rivals… I wish them all the best.

But from a distance.

Un instante

Hay momentos en los que la vida se detiene sin avisar. Un segundo todo parece normal, predecible, incluso rutinario. Y al siguiente, algo cambia. Una noticia. Una pérdida. Una decepción. Un susto. Una ausencia. Un silencio que antes no existía.

Entonces entendemos algo que siempre habíamos escuchado, pero que nunca habíamos sentido de verdad: la vida puede cambiar en un instante.

A veces esos cambios nos rompen un poco por dentro. Nos llenan de tristeza, de preguntas, de una sensación extraña de fragilidad. Nos hacen darnos cuenta de que no tenemos el control que creíamos tener. Y en ese descubrimiento, el mundo puede sentirse más pesado, más gris, más difícil de habitar.

Pero también hay otra verdad escondida dentro de esos momentos.

Cuando la vida nos sacude, nos obliga a ver las cosas diferente.

De pronto, las situaciones que antes parecían enormes pierden importancia. Las preocupaciones que nos robaban el sueño se vuelven pequeñas. Las discusiones innecesarias, (sobre todo de política en Facebook), las expectativas de perfección, la prisa constante… todo eso empieza a verse desde otra perspectiva.

Y aparece una pregunta profunda:
Si todo puede cambiar en un instante… ¿qué estoy haciendo con mis días?

La tristeza tiene su lugar. Es humana. Es necesaria. Es una forma de honrar lo que duele, lo que se perdió, lo que no fue como esperábamos. No se trata de ignorarla ni de fingir que no existe. Pero tampoco podemos quedarnos a vivir ahí.

Porque la vida, incluso cuando duele, sigue pasando.

Y cada día que pasa es una oportunidad para elegir cómo queremos vivirlo.

Quizá el aprendizaje más importante es este: los días no están hechos solo para sobrevivirse, están hechos para disfrutarse.

No hace falta un gran viaje, ni un logro extraordinario, ni un momento perfecto. A veces el verdadero cambio comienza cuando dejamos que nos importen las cosas simples.

Las cosas simples no son pequeñas. Son la vida misma.

Cuando dejamos de esperar que la felicidad llegue en grandes eventos y empezamos a encontrarla en lo cotidiano, algo dentro de nosotros se aligera. La vida deja de sentirse como una carrera y empieza a sentirse como un camino.

La vida cambia en un instante. Eso es cierto.

Pero también puede mejorar en un instante.

En el momento en que decidimos respirar más lento.
En el momento en que dejamos de posponer la alegría.
En el momento en que elegimos ver alrededor y reconocer lo que sí tenemos.

Y quizá ese sea el nuevo propósito:
No esperar a que todo sea perfecto para estar bien.
No dejar la felicidad para después.
No vivir como si el tiempo fuera infinito.

Hoy es un día.

Y los días, incluso los imperfectos, merecen ser vividos con presencia, con gratitud y con la decisión consciente de encontrar belleza en lo simple.

Porque al final, la vida no se construye en los grandes momentos.

Se construye en los pequeños instantes que decidimos no dejar pasar.

Nos vemos a la próxima.

A creerle a las niñas

Si les creyéramos a las niñas, nos ahorraríamos tantos horrores.

Hay algo profundamente torcido en el mundo adulto. Algo que no cuadra. Algo que dice mucho de nosotros y nada bueno. Cada vez que una niña habla, duda. Cada vez que una niña acusa, cuestionamos. Cada vez que una niña cuenta su verdad, lo primero que hacemos no es protegerla… es pedirle pruebas.

Pruebas de su dolor.
Pruebas de su trauma.
Pruebas de algo que jamás debió vivir.

Cuando salió a la luz todo lo relacionado con Epstein y su red sexual y de tráfico de menores, mucha gente se horrorizó. Con razón. Pero lo verdaderamente aterrador no fue solo lo que pasó, sino cuánto tiempo pasó antes de que alguien escuchara. Porque esas niñas hablaron. No fue silencio. Fue incredulidad.

Y entonces surge la pregunta incómoda:
¿por qué necesitamos pruebas y más pruebas cuando quien habla es una niña?

Nadie le pide pruebas a un adulto poderoso cuando sonríe en una foto elegante. Nadie le exige evidencias emocionales a quien tiene dinero, apellido o influencia. A ellos se les cree por default. A las niñas no. A ellas se les examina como si estuvieran rindiendo un examen que, si fallan, las condena para siempre.

¿Y si exagera?
¿Y si lo malinterpretó?
¿Y si lo inventó?

Qué curioso que esas preguntas siempre caen del mismo lado.

Si les creyéramos desde el principio, cuántos abusos se habrían evitado. Cuántas infancias se habrían salvado. Cuántos depredadores habrían sido detenidos antes de convertirse en redes enteras protegidas por poder, dinero y silencio.

Porque el abuso no crece en la oscuridad solamente. Crece en la duda. En el “mejor esperemos”. En el “no hay pruebas suficientes”. En el “no arruinemos la reputación de alguien importante”, o el tan horrible “qué dirán”.

Como si la reputación de un adulto valiera más que la vida emocional de una niña.

Lo más cruel es que a las víctimas se les exige coherencia perfecta. Que recuerden fechas, horas, detalles. Que no se contradigan. Que no lloren demasiado… pero tampoco muy poco. Que estén rotas, pero no incómodas. Que sufran, pero de manera aceptable.

Y cuando no cumplen con ese guion imposible, se duda otra vez.

Tal vez el problema no es la falta de pruebas. Tal vez el problema es que no queremos creer. Porque creer implicaría aceptar que el mundo no es tan seguro como nos gusta pensar. Que el peligro no siempre viene de un extraño en la calle, sino muchas veces de alguien invitado a la mesa.

Creerle a una niña es un acto de valentía colectiva. Es decir: te veo, te escucho y tu palabra importa. Es romper con siglos de silencios cómodos. Es aceptar que proteger es más importante que quedar bien.

Si les creyéramos desde el primer momento, no estaríamos reaccionando tarde. No estaríamos contando víctimas. No estaríamos diciendo “cómo nadie se dio cuenta”.

Alguien se dio cuenta.
Ellas lo dijeron.

La pregunta real no es ¿por qué no había pruebas suficientes?
La pregunta es ¿por qué nunca fue suficiente su palabra?

Porque mientras sigamos dudando de las niñas, los monstruos seguirán confiados. Y el silencio seguirá siendo el mejor cómplice del abuso.

Yo, como niña que fui y como niña que llevo dentro, SI LES CREO.

Nos vemos a la próxima.

“BELIEVE THE GIRLS”


If we believed the girls, we would spare ourselves so many horrors.

There is something deeply twisted in the adult world. Something that doesn’t add up. Something that says a lot about us, and none of it good. Every time a girl speaks, we doubt her. Every time a girl accuses, we question her. Every time a girl tells her truth, the first thing we do is not protect her… it’s to ask for proof.

Proof of her pain.
Proof of her trauma.
Proof of something she should never have had to experience.

When everything related to Epstein and his sex and child trafficking ring came to light, many people were horrified. Rightly so. But the truly terrifying thing wasn’t just what happened, but how long it took before anyone listened. Because those girls did speak. It wasn’t silence. It was disbelief.

And then the uncomfortable question arises:
Why do we need proof upon proof when the person speaking is a girl?

Nobody asks a powerful adult for proof when they smile in an elegant photo. Nobody demands emotional evidence from someone who has money, a prestigious last name, or influence. They are believed by default. Not girls. They are examined as if they were taking an exam that, if they fail, condemns them forever.

What if she’s exaggerating?
What if she misinterpreted it?
What if she made it up?

How curious that these questions always fall on the same side.

If we had believed them from the beginning, how many abuses would have been prevented? How many childhoods would have been saved? How many predators would have been stopped before they became entire networks protected by power, money, and silence?

Because abuse doesn’t only grow in darkness. It grows in doubt. In “let’s wait and see.” In “there isn’t enough evidence.” In “let’s not ruin the reputation of someone important.” Its in the “let’s keep this in the family”.

As if an adult’s reputation were worth more than a girl’s emotional well-being.

The cruelest thing is that victims are required to be perfectly consistent. That they remember dates, times, details. That they don’t contradict themselves. That they don’t cry too much… but not too little either. That they be broken, but not inconvenient. That they suffer, but in an acceptable way.

And when they don’t follow that impossible script, the doubts resurface.

Perhaps the problem isn’t the lack of evidence. Perhaps the problem is that we don’t want to believe. Because believing would mean accepting that the world isn’t as safe as we like to think. That danger doesn’t always come from a stranger on the street, but often from someone invited to the dinner table.

Believing a girl is an act of collective courage. It means saying: I see you, I hear you, and your word matters. It’s breaking with centuries of comfortable silences. It’s accepting that protecting is more important than saving face.

If we believed them from the very beginning, we wouldn’t be reacting too late. We wouldn’t be counting victims. We wouldn’t be saying, “How did no one notice?”

Someone did notice.
They said so.

The real question isn’t why there wasn’t enough evidence.
The question is why their word was never enough.

Because as long as we continue to doubt girls, the monsters will remain confident. And silence will continue to be the best accomplice of abuse.

I, as the little girl I was, and the little girl still in me, I BELIEVE THEM.

See you next time.