Hay amistades que llegan poco a poco, con citas agendadas, cafés planeados y mensajes constantes. Y luego está Marisa Barrio.
Marisa no llegó a mi vida… irrumpió en ella. De la forma más inesperada, en un retiro religioso llamado ACTS, en la diócesis de El Paso, en el 2015. Un lugar donde uno va buscando respuestas espirituales y termina encontrando algo mucho más tangible: una persona que, sin explicación lógica, se convierte en parte de tu alma.
Así nos pasó.
Desde entonces, siempre he dicho que somos hermanas separadas al nacer. Y no, no es exageración. Aunque ella sea Boomer y yo GenX, hay una conexión que no entiende de generaciones. Ella es esa hermana mayor que nunca tuve… la que te guía sin imponerse, la que te hace reír sin intentarlo, la que con solo respirar ya te cambia el humor.
Marisa tiene una manera de vivir que admiro profundamente. Ama la vida con una intensidad tranquila, sin prisa pero sin pausa. Su hobby de tomar vino no es solo eso, es casi un ritual de celebración constante. Viaja por el mundo como si cada destino fuera una extensión de su casa. Y luego está su amor por su marido Fede, por sus hijos, y ahora por sus nietos… un amor que no necesita palabras porque se le nota en cada gesto, en cada historia, en cada foto.
Tenía siete años sin verla.
Siete.
La última vez que estuvo en San Diego fue antes de la pandemia, en otro mundo, en otra vida. Y sin embargo, cuando supe que venía de nuevo, no pensé en los años. Pensé en el tiempo que sí íbamos a tener.
Veinticuatro horas.
Eso decía el itinerario.
Claro, Southwest Airlines decidió recordarnos que la vida nunca es exacta y se retrasó 19 minutos. Así que en realidad fueron 23 horas con 41 minutos.
Y aunque suene ridículo medir una amistad en minutos, créanme… cuando extrañas una amistad así, cada minuto cuenta.
Porque Marisa y yo no somos de esas amigas que hablan diario. No somos de mensajes constantes ni de llamadas largas. Podemos pasar semanas, meses… años sin vernos. No sabemos qué está haciendo la otra en tiempo real. No planeamos. No organizamos.
Solo nos encontramos.
Y cuando lo hacemos, es como si nunca nos hubiéramos ido.
Nuestra relación vive en ese espacio raro y hermoso donde no hay exigencias. Donde no hay reclamos. Donde no hay necesidad de explicación. Yo no sé dónde está muchas veces… hasta que veo en Instagram que anda por algún rincón del mundo con Safety, the Travel Pup. Y eso basta. Síganlos en Instagram:
Estas 23 horas con 41 minutos fueron exactamente lo que necesitábamos. No hubo lágrimas. No hubo conversaciones profundas de esas que buscan sanar el pasado. No hubo tiempo para eso.
Y qué bueno.
Porque no hacía falta.
Nos reímos. Nos reímos como si el tiempo no existiera, como si los siete años fueran un mal cálculo. Como si la vida, por un momento, nos hubiera regresado a ese retiro en El Paso donde todo empezó.
La disfruté al cien por ciento.
Sin distracciones. Sin pendientes emocionales. Sin esa urgencia de querer recuperar el tiempo perdido. Porque entendí algo importante: con Marisa, el tiempo no se pierde.
Se pausa.
Y cuando regresa, lo hace completo.
Hace unas horas la dejé en su hotel. Tiene un evento de vinos con los Confrérie des Chevaliers du Tastevin , por supuesto que sí, porque si alguien sabe disfrutar la vida, es ella, y mientras me despedía, sentí ese pequeño vacío que solo dejan las personas que verdaderamente importan.
Y fue en ese momento, manejando de regreso, cuando me cayó el veinte.
No me había dado cuenta… pero
¡me hace falta Barrio!
Me hace falta su manera de ver la vida sin complicaciones (al menos que haya elevadores), su presencia que no exige pero que llena. Me hace falta esa sensación de saber que hay alguien en este mundo que no necesita estar cerca para estar.
Quizá así son las amistades que realmente valen.
No son las que están todos los días.
Son las que, cuando aparecen, te recuerdan quién eres.
Y hoy, después de casi 24 horas con Marisa Barrio, lo tengo claro:
Hay personas que no ves seguido… pero que nunca se van.
Lo sé, lo sé… me desaparecí unos días. No es que me haya ido a una isla secreta sin WiFi, aunque ganas no faltaron, pero entre trabajo, eventos y la vida que no avisa cuando se acelera, dejé este espacio en pausa. Y sí, lo extrañé. Porque escribir aquí no es solo cumplir, es pensar, es cuestionar, es detenerme un momento en medio del ruido.
Y justo de eso quiero hablar hoy, del ruido.
Siento que cada vez pensamos menos por nosotros mismos. Y no, esto no es un rant contra la tecnología ni contra la inteligencia artificial, al contrario, creo que son herramientas increíbles cuando se usan bien. El problema no es la herramienta, es cómo decidimos usarla… o peor aún, cuando dejamos de decidir.
Hoy todo mundo opina, pero no necesariamente piensa. Y no es lo mismo. Pensar implica procesar, cuestionar, dudar, incluso incomodarse. Opinar, en cambio, muchas veces se ha vuelto repetir. Repetir lo que vimos en un video de 30 segundos, repetir lo que dijo alguien con muchos seguidores, repetir lo que “se siente correcto” porque todos lo están diciendo.
Y ahí es donde entran los famosos influencers.
No tengo nada en contra de ellos como concepto. Hay gente muy talentosa, creativa y hasta educativa en ese mundo. Pero también hay una realidad incómoda, muchas personas están viviendo su vida como si alguien más les estuviera escribiendo el guion.
Qué comprar, qué comer, qué pensar, qué indignarse, qué apoyar, qué cancelar… todo viene con instrucciones. Y lo más preocupante es que se sigue sin cuestionar.
A veces me da risa, pero también me da cosa, ver cómo una persona sube algo y de repente miles hacen lo mismo, mismo outfit, mismo audio, misma opinión, misma cara de sorpresa. Y uno dice, bueno, está divertido, es una tendencia. Pero cuando eso se traslada a ideas, a valores, a decisiones de vida… ahí ya no está tan chistoso.
Porque entonces ya no estamos hablando de entretenimiento, estamos hablando de influencia real.
Y ojo, todos somos influenciables, eso es humano. Pero hay una diferencia entre inspirarte y obedecer sin pensar. Entre tomar algo que te gusta y adaptarlo a tu vida, o copiarlo tal cual porque “así debe ser”.
Hay momentos en los que de verdad parece que vivimos en una especie de culto moderno. No con túnicas ni rituales raros, sino con algoritmos. Donde si no piensas como cierto grupo, te “cancelan”, y si no sigues la tendencia, te quedas fuera. Y entonces la gente, por miedo a no encajar, deja de ser auténtica.
Y ahí es donde perdemos.
Porque pensar por uno mismo no es solo un acto intelectual, es un acto de identidad. Es decir, esto soy, esto creo, esto me funciona, aunque no sea popular. Y eso, hoy en día, requiere valentía.
Antes la presión venía del círculo cercano, familia, amigos, comunidad. Ahora viene de miles, a veces millones de personas que ni conoces. Y aun así, tienen peso sobre lo que decides hacer o decir.
Es fuerte, si lo piensas bien.
Y lo más curioso es que vivimos en la época con más acceso a información en la historia, pero también en una donde menos se cuestiona. Todo está ahí, pero preferimos consumirlo rápido, sin digerir, sin analizar.
Como si pensar fuera opcional.
Como si alguien más ya lo hubiera hecho por nosotros.
Y no debería ser así.
No se trata de ir contra la corriente por deporte, ni de creer que uno siempre tiene la razón. Se trata de detenerse un momento y preguntarse, esto realmente lo pienso yo, o solo lo estoy repitiendo. Esto realmente me gusta, o me dijeron que me tenía que gustar. Esto realmente me representa, o solo me da validación.
Son preguntas simples, pero poderosas.
Y sí, a veces pensar cansa. Porque implica salir de la comodidad, aceptar que tal vez estabas equivocado, o darte cuenta de que estabas siguiendo algo sin sentido. Pero también es liberador.
Porque cuando realmente decides por ti, dejas de vivir en automático.
No dejas de escuchar, no dejas de aprender, pero filtras. Te quedas con lo que suma y sueltas lo que no. Y eso cambia todo.
Yo no creo que la solución sea dejar las redes, ni ignorar lo que pasa alrededor. Creo que la solución es algo mucho más básico, pero también más difícil, recuperar el criterio propio.
Y eso no se compra, no se descarga, no te lo da nadie con muchos followers.
Eso se construye.
Así que sí, regresé después de unos días sin escribir, pero con muchas ideas dando vueltas. Y si algo me llevo de esta pausa es esto, no dejemos que el ruido piense por nosotros.
Porque cuando dejamos de pensar, dejamos de ser.
Y eso sí que no está de moda.
Thinking is Rebellion
I know, I know… I disappeared for a few days. It’s not like I escaped to some secret island without WiFi, although honestly, I wouldn’t have minded. Life just sped up, work, events, everything at once, and this space had to pause for a bit. And yes, I missed it. Because writing here isn’t just about showing up, it’s about thinking, questioning, slowing down for a moment in the middle of all the noise.
And that’s exactly what I want to talk about today, the noise.
I feel like we’re thinking less and less for ourselves. And no, this isn’t a rant against technology or artificial intelligence. If anything, those are incredible tools when used right. The issue isn’t the tool, it’s how we choose to use it… or worse, when we stop choosing altogether.
These days, everyone has an opinion, but not everyone is actually thinking. And those are not the same thing. Thinking requires processing, questioning, doubting, even feeling uncomfortable. Having an opinion, on the other hand, has often become just repeating. Repeating what we saw in a 30-second video, repeating what someone with a large following said, repeating what “feels right” because everyone else is saying it.
And that’s where influencers come in.
I have nothing against them as a concept. There are incredibly talented, creative, even educational voices out there. But there’s also an uncomfortable truth, a lot of people are living their lives as if someone else is writing the script.
What to buy, what to eat, what to think, what to be outraged about, what to support, what to cancel… it all comes with instructions. And the most concerning part is how rarely those instructions get questioned.
Sometimes it’s funny, but also a little unsettling, to see how one person posts something and suddenly thousands are doing the exact same thing, same outfit, same audio, same opinion, same surprised face. And you think, okay, it’s harmless, it’s just a trend. But when that behavior moves into ideas, values, life decisions… it stops being funny.
Because then we’re no longer talking about entertainment, we’re talking about real influence.
And to be fair, we are all influenceable, that’s human. But there’s a difference between being inspired and obeying without thinking. Between taking something you like and making it your own, or copying it exactly because “that’s how it’s supposed to be.”
There are moments when it genuinely feels like we’re living in a kind of modern-day cult. No robes, no strange rituals, just algorithms. Where if you don’t think a certain way, you get “canceled,” and if you don’t follow the trend, you’re left out. And so people, out of fear of not belonging, stop being authentic.
And that’s where we lose.
Because thinking for yourself isn’t just an intellectual act, it’s an act of identity. It’s saying, this is who I am, this is what I believe, this is what works for me, even if it’s not popular. And today, that takes courage.
It used to be that pressure came from your immediate circle, family, friends, your community. Now it comes from thousands, sometimes millions of people you don’t even know. And somehow, they still carry weight in what you decide to do or say.
It’s intense, when you really think about it.
And here’s the irony, we live in the most information-rich era in history, yet also in one where less is actually questioned. Everything is available, but we consume it quickly, without digesting it, without analyzing it.
As if thinking were optional.
As if someone else had already done it for us.
And it shouldn’t be that way.
This isn’t about going against the current just for the sake of it, or believing you’re always right. It’s about pausing for a moment and asking yourself, do I really think this, or am I just repeating it? Do I actually like this, or was I told I should? Does this represent me, or does it just give me validation?
Simple questions, but powerful ones.
And yes, thinking can be exhausting. Because it forces you out of comfort, makes you admit when you were wrong, or realize you were following something that made no sense. But it’s also freeing.
Because when you truly decide for yourself, you stop living on autopilot.
You don’t stop listening, you don’t stop learning, but you filter. You keep what adds value and let go of what doesn’t. And that changes everything.
I don’t believe the solution is to disconnect from social media or ignore the world around us. I think it’s something much more basic, and much harder, reclaiming your own judgment.
And that’s not something you can buy, download, or get from someone with a million followers.
That’s something you build.
So yes, I’m back after a few days of not writing, but with a lot on my mind. And if there’s one thing I’m taking from this pause, it’s this, don’t let the noise think for you.