Los Dados

Hace unos días estuve en un evento en el San Diego Zoo, RITZ 2026 (gracias a la invitación de Enrique y gracias a Arnulfo que me llevó) .

Rendezvous In The Park (R•I•T•Z) es el evento del San Diego Zoo donde recaudan dinero para los programas de educación dentro del mismo.

Ese día me encontré con algo que me dejó pensando más de lo que debería.

No fue una obra de arte impresionante.

No fue una joya antigua.

Ni siquiera fue una pieza tecnológica futurista.

Fue algo mucho más profundo.

Dos dados hechos con excremento de camello.

Sí.

Dados.

De.

Caca.

Los vi en la subasta, perfectamente exhibidos. Transparentes, elegantes, encapsulados en resina y acompañados por una descripción tan seria y sofisticada que parecía que estaba leyendo sobre el descubrimiento de una nueva galaxia.

Entonces llegué a la parte que terminó de romperme.

Valor estimado: 500 dólares.

Quinientos.

Dólares.

Por caca.

Y fue ahí cuando sentí que algo cambió para siempre dentro de mí.

Porque llevo años creyendo que entiendo cómo funciona el mundo. Trabajo, ahorro, comparo precios, me espero a las ofertas y hago cálculos mentales antes de comprar cualquier cosa que cueste más de lo que quisiera admitir.

Pero aparentemente existe una realidad paralela donde alguien puede decir:

“Voy a pagar 300 dólares por unos dados de caquita de camello”

Y la sociedad responde:

“Excelente inversión”.

No sé ustedes, pero a mí me parece fascinante.

Porque mientras veía esos dados, me di cuenta de que el valor es una de las cosas más extrañas que hemos inventado los seres humanos.

El dinero no vale por el papel.

Los diamantes no valen por ser piedras.

El arte no vale por la pintura.

Todo vale porque suficientes personas decidieron creer en una historia.

Y si una buena historia puede convertir un pedazo de papel en dinero, también puede convertir una caca en un artículo de colección.

Piensen en eso.

En algún momento de la historia alguien tuvo que sentarse y decir:

“Tengo una idea.”

“¿Cuál?”

“Encapsular excremento de camello en resina y hacer dados.”

Y no solo eso.

Alguien más respondió:

“Suena increíble.”

Y otro agregó:

“¿Cuánto cuestan?”

Ese es el verdadero milagro de la humanidad.

No las pirámides.

No internet.

No haber llegado a la Luna.

El verdadero milagro es nuestra capacidad para darle significado a cualquier cosa.

Porque la neta: si yo les digo que encontré una piedra en la calle y quiero venderla en 300 dólares, probablemente me digan que estoy loca.

Pero si les digo:

“Esta piedra representa la conexión ancestral entre el ser humano y la naturaleza, fue recolectada bajo un ritual simbólico y preserva la esencia de una tradición milenaria.”

Ya no es una piedra.

Ahora es una experiencia.

Y quizá hasta me preguntan si acepto tarjeta.

Los dados de caca me hicieron pensar mucho en eso.

En cómo vivimos persiguiendo objetos, marcas y símbolos, creyendo que su valor es absoluto, cuando en realidad casi todo depende del significado que decidimos darle.

Hay personas pagando fortunas por relojes.

Otros coleccionan tenis.

Algunos compran vinos que jamás abrirán.

Y otros, aparentemente, desean tener heces de camello encapsuladas para exhibirlas en su sala.

Y la verdad es que ninguno está equivocado.

Porque el valor nunca estuvo en el objeto.

Está en la historia.

En la emoción.

En lo que representa.

Mi amigo Arnulfo me dijo “Han de tener una historia.”

Ese domingo la busqué en google.

Resulta que estos dados están inspirados en antiguas tradiciones de Mesopotamia, una de las primeras grandes civilizaciones de la humanidad.

Hace miles de años, los juegos de azar y ciertos objetos se juego se elaboraban con materiales que hoy nos parecerían extraños: huesos, piedras, semillas y, sí, incluso heces secas de animales.

De repente todo cambió.

Ya no estaba viendo simplemente dos cubos con caca adentro.

Estaba viendo una pequeña cápsula de historia.

Una representación de cómo jugaban y se entretenían personas hace miles de años.

Una conexión inesperada con nuestros antepasados.

Y aun así…

mi cerebro seguía repitiendo:

Son dados de caca.

Porque hay límites para mi capacidad de sofisticación.

Pero quizá esa sea precisamente la lección.

Las cosas no valen por lo que son.

Valen por las historias que cargan.

Por eso guardamos boletos viejos, fotografías borrosas o camisetas que ya no usamos.

Por eso una herencia familiar puede valer más que el oro.

Y por eso, en una subasta de RITZ 2026, unos dados hechos con excremento de camello pueden costar 500 dólares.

Porque al final, el valor no está en el objeto.

Está en la increíble habilidad humana de ver algo tan chistoso…

y decidir que significa algo extraordinario.

Nos vemos a la próxima.

LA IGNORANCIA

Siempre he pensado que la ignorancia es como la sal. Una poquita en la comida puede ser tolerable. Mucha y arruina todo el platillo.

El problema no es no saber. Nadie nace sabiendo. Yo no nací sabiendo cómo hacer una revista, cómo dirigir una empresa o cómo sobrevivir a una reunión de tres horas que pudo haber sido un correo electrónico de dos párrafos. Todos aprendemos sobre la marcha.

El verdadero peligro aparece cuando alguien no sabe… pero cree que lo sabe todo.

Ahí es donde comienzan los problemas.

Y cuando esa ignorancia se instala en los gobiernos, en los dueños de empresas o en quienes toman decisiones que afectan la vida de miles de personas, deja de ser una simple falta de conocimiento y se convierte en un riesgo público.

Porque una persona ignorante puede equivocarse. Pero una persona ignorante con poder puede llevarse a todos entre las patas.

Todos hemos conocido a alguien así. Ese jefe que nunca ha hecho el trabajo de sus empleados, pero está convencido de que sabe hacerlo mejor que todos. Ese funcionario que toma decisiones sobre comunidades que jamás ha visitado. Ese líder que rechaza datos, estudios y opiniones expertas porque prefiere confiar en “lo que le dice su instinto”.

Y les confieso, yo también confío en mi instinto. Gracias a él sé cuándo un taco está bueno y cuándo me van a cobrar demasiado por una ensalada. Pero para gobernar un país, dirigir una empresa o tomar decisiones importantes, hace falta un poquito más que corazonadas.

Hace falta preparación.

Hace falta escuchar.

Hace falta tener la humildad de admitir cuando uno no sabe algo.

La ignorancia suele caminar tomada de la mano de la arrogancia. Es una combinación peligrosa. Porque mientras la gente inteligente sigue aprendiendo, haciendo preguntas y corrigiendo errores, los ignorantes suelen estar demasiado ocupados explicándole al mundo por qué ellos tienen razón.

Y lo más preocupante es que la ignorancia moderna ya no viene disfrazada de desconocimiento. Ahora viene disfrazada de certeza absoluta.

Vivimos en una época donde muchas personas leen un titular, ven un video de treinta segundos o escuchan una opinión en redes sociales y automáticamente se convierten en expertos en economía, salud, inmigración, educación, política exterior y hasta física cuántica.

Antes la gente estudiaba años para convertirse en especialista.

Ahora algunos se convierten en especialistas entre un video de gatitos y una receta de pastel de zanahoria.

Por eso valoro tanto la curiosidad. Esa capacidad de decir: “No sé, pero voy a investigar”. Es una frase sencilla que podría resolver muchos problemas en el mundo.

Porque la ignorancia no es el enemigo.

El enemigo es la decisión consciente de permanecer ignorante.

(Y eso que no he tocado el tema del abuso de la inteligencia artificial). Mas brutos nos vamos a volver.

Y para cerrar con un ejemplo perfecto, todavía hay personas que creen que Born in the U.S.A. es una canción de orgullo patriótico estadounidense. La ponen en eventos políticos, la usan como himno nacional no oficial y la cantan a todo pulmón.

Lo curioso es que la canción en realidad es una crítica a la manera en que el gobierno trató a los veteranos de la Guerra de Vietnam y a los problemas sociales que enfrentaron al regresar a casa. Pero claro, eso requeriría escuchar la letra completa y no solamente el coro. Y ahí, precisamente, es donde la ignorancia vuelve a hacer de las suyas.

No con saberte el coro significa que te sabes la canción.

Gracias por leerme y nos vemos a la próxima.

Ignorance

I’ve always thought ignorance is a lot like salt. A little bit might be tolerable. Too much, and it ruins the entire dish.

The problem isn’t not knowing. Nobody is born knowing everything. I certainly wasn’t born knowing how to publish a magazine, run a business, or survive a three-hour meeting that could have been a two-paragraph email. We all learn as we go.

The real danger appears when someone doesn’t know something… but is absolutely convinced they know everything.

That’s when the trouble starts.

And when that kind of ignorance finds its way into governments, corporate boardrooms, or the hands of people making decisions that affect thousands, or even millions, of lives, it stops being a personal flaw and becomes a public risk.

Because an ignorant person can make a mistake.

An ignorant person with power can take everyone down with them.

We’ve all met someone like that. The boss who has never done the job of the people reporting to them but is convinced they could do it better than anyone else. The politician making decisions about communities they’ve never visited. The executive who dismisses data, research, and expert opinions because they prefer to trust their “gut feeling.”

Now, don’t get me wrong. I trust my instincts too. They’ve helped me determine whether a taco stand is worth stopping for and whether I’m about to pay way too much for a salad.

But running a country, leading a company, or making decisions that impact people’s lives requires a little more than intuition.

It requires preparation.

It requires listening.

It requires the humility to admit when you don’t know something.

Ignorance and arrogance tend to travel together. They’re a dangerous pair. While intelligent people keep learning, asking questions, and adjusting their views when presented with new information, the ignorant are often too busy explaining why everyone else is wrong.

What worries me most is that modern ignorance no longer disguises itself as lack of knowledge.

Today, it disguises itself as absolute certainty.

We live in a time when people read a headline, watch a thirty-second video, or scroll through a social media post and suddenly become experts in economics, healthcare, immigration, education, foreign policy, and apparently quantum physics.

There was a time when people spent years studying to become experts.

Now some become experts somewhere between a cat video and a recipe for carrot cake.

That’s why I value curiosity so much. The willingness to say, “I don’t know, but I’m going to find out.” It’s a simple sentence that could solve a surprising number of the world’s problems.

Because ignorance itself is not the enemy.

The enemy is choosing to remain ignorant.

(And I haven’t even started on the misuse of artificial intelligence yet.) We’re about to get even dumber.

And perhaps the perfect example is the number of people who still believe Born in the U.S.A. is a patriotic anthem celebrating American pride. It gets played at political rallies, sporting events, and patriotic gatherings as if it were a victory march.

In reality, the song is a sharp critique of how the U.S. government treated Vietnam veterans and the struggles they faced when they returned home. But understanding that would require listening to the lyrics instead of just shouting the chorus. And that, unfortunately, is where ignorance often does its best work.

Just because you can sing the chorus does not mean you know the whole song.

Thank you for reading this. See you next time.