El Colador

Hay cosas en la cocina que nunca faltan. La cuchara, el cuchillo, la sartén… y el colador.

Ese humilde utensilio que casi nunca es protagonista, pero que puede hacer toda la diferencia entre una receta buena y una receta perfecta.

Porque cocinar no solamente consiste en mezclar ingredientes. También hay que saber qué dejar pasar y qué detener.

Y últimamente he pensado que la vida es exactamente igual.

Conforme vamos avanzando, necesitamos aprender a usar nuestro propio colador.

Porque no todo lo que llega a nuestra vida tiene que quedarse.

Hay personas que llegan para enseñarnos. Otras para acompañarnos durante una etapa. Algunas para abrirnos puertas y otras, aunque no nos guste admitirlo, para enseñarnos qué cosas jamás queremos volver a permitir.

Pero a veces no usamos el colador.

Dejamos pasar todo.

Las opiniones de los demás. Las críticas. Las inseguridades. Las personas que constantemente nos dicen que no podemos. Los que minimizan nuestros sueños. Los que solamente aparecen cuando necesitan algo. Los que nos quitan energía y después nos preguntamos por qué estamos tan cansados.

Y ahí vamos… acumulando grumos.

Hasta que un día nos damos cuenta de que la mezcla ya no está funcionando.

Entonces queremos arreglarla.

Y empieza el trabajo difícil de sacar los grumos uno por uno.

Como cuando haces una salsa y, por no haber usado el colador desde el principio, ahí estás con una cuchara tratando de rescatarla. Sacando las semillas una por una.

¡Qué flojera!

Y qué innecesario.

Porque el colador estaba ahí desde el principio.

Creo que con las personas pasa lo mismo.

Cuando somos jóvenes queremos caerle bien a todo el mundo. Queremos ser aceptados, tener muchos amigos, no incomodar y, muchas veces, evitamos decir que no.

Pero con los años aprendemos algo muy importante:

La paz vale más que la cantidad.

Y entonces empezamos a filtrar.

No porque nos creamos mejores que nadie. Simplemente porque aprendemos a valorar nuestro tiempo, nuestra energía y nuestra tranquilidad.

Hay personas que suman y personas que restan.

Hay quienes celebran nuestros triunfos y quienes solamente están esperando nuestro fracaso.

Hay quienes nos impulsan a crecer y quienes necesitan que permanezcamos pequeños para sentirse cómodos.

A esos hay que pasarlos por el colador.

Y dejarlos ir.

Pero también debemos aprender a filtrarnos nosotros mismos.

No todo pensamiento merece nuestra atención. No todo miedo debe convertirse en una decisión. No todo “no puedo” es verdad.

A veces nuestros propios grumos son los que necesitamos eliminar.

Qué curioso que algo tan sencillo pueda enseñarnos una lección tan grande.

Un colador no pelea con lo que no deja pasar. Simplemente cumple su función.

No se enoja. No explica. No pide permiso.

Solo filtra.

Quizás eso es lo que necesitamos hacer más en la vida.

Filtrar sin culpa.

Dejar pasar lo que nos nutre.

Conservar lo que nos hace bien.

Y dejar ir aquello que solamente hace más pesada nuestra mezcla.

Porque cuando aprendemos a usar el colador a tiempo, la vida se vuelve mucho más ligera.

Y la receta… queda mucho mejor.

Así que esta semana, quizá valga la pena preguntarnos:

¿Qué necesito dejar pasar y qué necesito detener?

Tal vez no necesitamos cambiar la receta de nuestra vida.

Tal vez simplemente necesitamos, por fin, usar el colador.

Nos vemos a la próxima

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