12 INTENCIONES

Aquí van 12 INTENCIONES (propósitos) para el 2026, aunque más bien parece una brújula que una lista, más aspiración que obligación:


1. Dejar de podar mis alas para caber en jardines ajenos. Si algo me queda grande, que sea el cielo (o mis pantalones)


2. Hablarme como se le habla a una mujer sabia: con respeto, pausa y sin prisa por corregirme, como me gustaría que me hablaran los demás


3. Cerrar puertas sin hacer ruido, entendiendo que no todo final necesita aplausos ni explicación. Hasta descalza se puede ir uno y no pasa nada.


4. Convertir el cansancio en señal, no en culpa. Porque es muy sano decir “me voy a dormir temprano y levantar tarde porque necesito estar bien”. Voy a escuchar al cuerpo antes de que tenga que gritar.


5. Coleccionar silencios que sanan y soltarlos cuando ya no me pertenezcan. Voy a hacer un esfuerzo por escuchar sin interrumpir ni adivinar lo que me están platicando. Gracias por quererme con ese defecto.


6. Elegir mesas donde no tenga que traducirme. Donde mi historia se entienda sin subtítulos. Lo que ven es lo que hay.


7. Hacer espacio para lo que aún no entiendo, confiando en que la claridad también llega caminando. No voy a sentarme a esperar la respuesta, me va a llegar mientras hago las cosas.


8. Vestirme de verdad, incluso cuando nadie me vaya a ver. Porque la dignidad también es un acto íntimo. Y yo quiero verme bien al espejo.


9. Aprender a decir “no” como quien cuida un tesoro: con firmeza, sin culpa, con amor propio. Aunque cause incomodidades.


10. Dejar que algunas respuestas se queden preguntas. No todo misterio pide ser resuelto. Muchas veces perdemos tanto tiempo solucionando problemas que nos son ajenos o no nos ayudan a avanzar.


11. Celebrar mis contradicciones, porque de ahí nace lo humano y lo creativo. Equivocarme siempre es la mejor lección.


12. Caminar el 2026 sin armadura, confiando en que la vulnerabilidad también sabe defenderse. Y que pase lo que tenga que pasar.

Que el 2026 te lea en silencio.
Y que tú te reconozcas.

Y a todos los que estuvieron conmigo en el 2025, ya sea en persona, en whatsapp, en Zoom, en viajes, en sueños, en chats, en las buenas y en las malas…. gracias. Los voy a necesitar este 2026 tambien.

¡Feliz Año Nuevo!

La Nostalgia de los Cohetes

No esperaba llorar en Disneyland.
Mucho menos frente al castillo.

La Navidad siempre tiene esa trampa: uno cree que va a celebrar el presente, pero termina encontrándose con el pasado. Las luces, la música, los aromas dulces en el aire… todo conspira para abrir cajones que uno cree bien cerrados. Y entonces sucedió. Los cohetes comenzaron a iluminar el cielo sobre el castillo de Disneyland y, al mismo tiempo, una canción melancólica empezó a sonar. Sin aviso, algo dentro de mí se quebró suavemente.

No fue tristeza. Fue memoria.

La música, lenta, nostálgica, casi susurrada, parecía abrazar cada explosión de luz en el cielo. No acompañaba el espectáculo: lo guiaba.

Cada nota me llevaba más lejos, más atrás en el tiempo, a una época donde la vida era simple y la felicidad no necesitaba explicaciones. Volví a ser niña. Volví a caminar de la mano de mi hermana, a correr con mis primos, a reírnos sin razón aparente. Volví a ese tiempo en el que lo único importante era estar juntos.

Recuerdo nuestras carcajadas, las filas interminables que no parecían largas, el cansancio que no pesaba. Recuerdo la sensación de seguridad absoluta, esa que solo se tiene cuando eres niño y no sabes, ni te importa, lo complicado que puede volverse el mundo. Éramos un pequeño universo, completo y perfecto en su propia lógica.

Los cohetes seguían explotando y las canciones navideñas continuaban, tocando fibras que creía dormidas. Cada luz era un recuerdo. Cada acorde, una imagen: una Navidad más sencilla, un abrazo largo, una foto borrosa, un “¿otra vez?” dicho entre risas. Mi hermana ahí, siempre. Mis primos, cómplices de travesuras y sueños. Yo, sin saber que esos momentos se convertirían algún día en refugio.

Lloré porque entendí algo importante: no estaba llorando por lo que se fue, sino por lo que permanece. Porque esos recuerdos siguen vivos en mí. Porque esa niña sigue habitando mi corazón, aunque ahora camine con otras responsabilidades, otras heridas, otras certezas.

Disneyland tiene esa magia engañosa: te promete fantasía, pero te entrega verdad. Te recuerda quién fuiste, quién eres y todo lo que amas sin darte cuenta. El castillo no fue solo un castillo esa noche; fue una puerta. Y la canción, junto a los cohetes, fue la llave.

Cuando el último destello se apagó y la música se desvaneció, respiré hondo. Me sequé las lágrimas. Sonreí. Porque entendí que crecer no significa olvidar, y que la Navidad, a veces, no se celebra con regalos, sino con recuerdos que siguen brillando dentro de nosotros.

Esa noche, frente al castillo, regresé a mi niñez. Y esa niñez estaba hecha de risas, de primos, de mi hermana… y de una canción que me recordó que la magia sigue viva..

¡Feliz Navidad!

Les dejo un video de los cohetes (no es mío, es de Youtube).

https://youtu.be/fr7nuatT98s?si=uSAtHch5sLkJeWu3