El Rostro que vi en Chicago

La vi sin buscarla. O quizá sí, porque cuando uno camina con el alma un poco abierta, ciertas escenas te encuentran solas. Estaba ahí, parada en una esquina de Chicago, esperando el camión. Quietecita. Como si el tiempo no tuviera prisa con ella… o como si ella ya hubiera aprendido a no pelearse con el tiempo.

Era uno de esos días que duelen en los huesos. Siete grados Fahrenheit. El frío de verdad. El que no perdona. Y aun así, ahí estaba, sin botas para el invierno, con zapatos sencillos, gastados, de los que han caminado más historias que cuadras. Llevaba un abrigo oscuro, humilde, sin pretensiones. No intentaba verse joven. No intentaba verse fuerte. Simplemente era.

Su rostro me atrapó. No por la tristeza aunque había algo de melancolía, sino por la profundidad. Era un rostro que no pedía nada, pero lo decía todo. Arrugas que no parecían errores del tiempo, sino marcas de vida. Como mapas. Como capítulos.

Me dio nostalgia. Una nostalgia que no era mía, pero que reconocí. Esa que aparece cuando ves algo que te recuerda que todo pasa, que todo cambia, que todos , si tenemos suerte, llegamos a ese punto donde el cuerpo se cansa, pero el alma ya sabe cosas.

No sé qué estaría pensando mientras esperaba el camión. Tal vez en alguien que ya no la acompaña. Tal vez en una casa silenciosa. Tal vez en un día cualquiera que se parece demasiado al anterior. O tal vez en nada. Y pensar en nada, a veces, es un descanso merecido.

Estaba sola. Eso fue lo que más me dio sentimiento. Sola en una ciudad inmensa, ruidosa, indiferente. Pero no se veía abandonada. Se veía completa. Como alguien que ha aprendido a sostenerse a sí misma. Y eso, hoy en día, es una forma poderosa de fortaleza.

Me imaginé su historia. No una historia dramática de película, sino una real. De las que casi nunca se cuentan. Una vida hecha de sacrificios silenciosos. De levantarse temprano. De cumplir. De postergar sueños propios para que otros pudieran tener los suyos. De amar sin manual y de perder sin explicación.

Tal vez fue madre. Tal vez abuela. Tal vez trabajó toda su vida sin reconocimiento. Tal vez emigró. Tal vez no. Pero seguro vivió. Y vivir deja huella.

Mientras la veía y me comía un Cinnabon (porque el frío me pedía calorías), pensé en cómo medimos el éxito hoy. En lo rápido, en lo joven, en lo visible. Y ella, ahí parada, me recordó que hay otro tipo de riqueza: la que no se presume. La que se carga en la mirada. La que no necesita likes ni aplausos.

Esperar el camión puede parecer un acto pequeño. Pero en ese momento se convirtió en una metáfora enorme. Esperar sin quejarse. Esperar sin dramatizar. Esperar porque sabes que, al final, algo llega. Y si no llega, igual sigues de pie.

Quise preguntarle si tenía frío. Quise ofrecerle algo. Pero no lo hice. A veces el respeto también es saber ver sin metichar. Así que solo la guardé. En la memoria. En el corazón.

Le tomé una foto no para exhibirla, sino para recordarme que la belleza no siempre grita. Que muchas veces suspira. Que hay historias caminando a nuestro lado que no conocemos, pero que nos pueden enseñar más que mil discursos.

Esa mujer, esperando el camión en Chicago, me regaló una lección sin decir una palabra:

que la dignidad no envejece,

que la espera también es valentía,

y que seguir de pie, incluso con frío, incluso en soledad, ya es una forma de triunfo.

Desde ese día, cuando el frío apriete o la vida se ponga lenta, pensaré en ella.

¡Nos vemos a la próxima!

Saludos desde Chicago

Palabras que me gustan

El otro día estaba en TikTok, como quien no quiere la cosa, cuando me topé con una entrevista de Ben Affleck. Así, Ben Affleck, Hollywood, Batman, alfombras rojas, y de pronto sueltan que su palabra favorita en español es “sacapuntas”.
Sacapuntas.
No amor, no corazón, no tequila. Sacapuntas.

Me dio risa, pero también me hizo pensar. Porque la palabra no es elegante ni romántica, pero tiene algo… es fuerte, es concreta, es honesta. Es una palabra que dice exactamente lo que hace. Saca puntas. Fin. No promete más de lo que cumple. Y ahí fue cuando pensé: todos tenemos palabras favoritas, aunque no sepamos por qué.

Yo sí las tengo. Muchas. Y no porque suenen finas, sino porque me provocan algo. Algunas me abrazan, otras me hacen reír, otras me recuerdan a mi niñez, a mi familia, a sobremesas largas, a carcajadas sin reloj.

Yo amo las palabras porque me han metido en problemas pero también me han salvado la vida.

El español tiene eso: es exagerado, dramático, sabroso. No dice “un poco”, dice “poquito”. No dice “está mal”, dice “está de la fregada”. No se conforma con existir, necesita sentirse.

Así que inspirada por Ben Affleck y su sacapuntas, hoy decidí sentarme a escribir sobre mis palabras favoritas en español. No son las mejores, ni las más correctas, ni las más cultas. Son las que me gustan a mí. Las que me salen sin pedir permiso.

Aquí van, sin ningún orden lógico, como debe ser la vida:


1. Afán
2. Siniestro
3. Estrenar
4. Chafa
5. Antojo
6. Quejido
7. Chicharrones
8. Madrugada
9. Relajo
10. Carcajada
11. Compadres
12. Cacahuate
13. Aguantar
14. Comezón
15. Desvelada
16. Ideático
17. Desahogo
18. Taninos
19. Finiquito
20. Resonancia
21. Arracada
22. Cosquillas
23. Tranquilidad
24. Vinito
25. Gerundio

Mientras escribía esta lista me di cuenta de algo: nuestras palabras favoritas hablan mucho de nosotros. De lo que necesitamos, de lo que valoramos, de lo que extrañamos. No es casualidad que muchas de las mías tengan que ver con conexión, con emoción, con comunidad.

Tal vez por eso me encantó lo de Ben Affleck. Porque entre tanto glamour, eligió una palabra sencilla, casi infantil. Y eso me recordó que el lenguaje no es para impresionar, es para sentir.

Así que la próxima vez que alguien te pregunte cuál es tu palabra favorita, no contestes rápido. Piénsala. Seguramente ahí hay una pista de quién eres hoy.

Y si no sabes cuál es… empieza por sacapuntas. Quién quita y te cambie el día.

Nos vemos a la próxima.

Llaves y Candados

Llaves y candados

El otro día estaba en un evento. De esos donde la música suena de fondo, las voces en coro, las sonrisas se reparten casi por compromiso y el “¡tanto tiempo sin verte!” se escucha más de lo que realmente se siente. Caminaba entre mesas, abrazos, conversaciones cruzadas… y de pronto me di cuenta de algo: conocía a casi todos. Algunos de algún tiempo, otros de etapas recientes, otros de versiones de mí que ya no existen.

Y fue ahí, en medio de ese mar de caras conocidas, cuando se me vino a la mente una idea tan clara como incómoda: hay personas que son llave y hay personas que son candado.

No fue un pensamiento planeado ni filosófico. Simplemente llegó. Como llegan las verdades que no se pueden ignorar.

Las personas llave son esas que, sin darse cuenta, te abren puertas. A veces no hacen nada extraordinario. No te cargan, no te empujan, no te rescatan. Simplemente creen en ti.

Te escuchan sin juzgarte. Te dicen “sí se puede” cuando tú solo ves niebla. Te recomiendan, te conectan, te presentan, te mencionan cuando no estás en la sala. Son las que te abren caminos que ni siquiera sabías que existían.

Una persona llave no siempre está contigo todos los días. A veces aparece solo un momento, gira suavemente, y sigue su camino. Pero el efecto se queda contigo para siempre.

En ese evento pude identificar claramente quiénes habían sido llaves en mi vida. Personas que, en distintos momentos, me ayudaron a avanzar, a crecer, a atreverme. Algunas me ofrecieron oportunidades. Otras me ofrecieron algo todavía más valioso: confianza. Me dieron permiso, aunque no lo sabían, de soñar más grande.

Pero también estaban los candados.

Los candados no siempre son villanos. No llegan con malas intenciones ni con caras largas. De hecho, muchos sonríen, te abrazan y te preguntan cómo estás. Los candados suelen ser sutiles. Se esconden en comentarios como “eso está muy difícil”, “no creo que sea el momento”, “mejor quédate donde estás”, “¿para qué arriesgar?”.

Son esas personas que, cada vez que hablas de un nuevo proyecto, de una idea o de un sueño, sienten la necesidad de ponerle peso encima.

El candado no siempre te dice que no. A veces simplemente te hace dudar. Y la duda es una de las formas más efectivas de frenar a alguien.

Mientras observaba a todos en ese lugar, entendí algo más fuerte aún: hay personas que fueron llave en un momento de tu vida y que después se convierten en candado. Y viceversa. Porque la vida cambia, tú cambias, y las relaciones también. No todos están destinados a acompañarte en todas tus versiones.

Y eso está bien.

Lo difícil no es aceptar que existen llaves y candados. Lo difícil es reconocer cuándo alguien que quieres se ha convertido en un candado para ti. Porque aceptar eso implica tomar decisiones incómodas. Implica poner límites. Implica, a veces, tomar distancia sin odio, sin drama, pero con claridad.

También entendí algo muy importante ese día: uno mismo puede ser su propio candado. Cuántas veces no me he cerrado puertas yo sola por miedo, por inseguridad, por escuchar demasiado las voces externas.

Cuántas veces no me dije “mejor no”, “no soy suficiente”, “tal vez después”. El candado más fuerte no siempre viene de afuera. Muchas veces vive dentro de nosotros.

Por eso, además de rodearnos de personas llave, tenemos que aprender a convertirnos en nuestra propia llave. En alguien que se impulse, que se atreva, que se permita fallar y volver a intentar. En alguien que no se cierre el camino antes de recorrerlo.

Al salir del evento, con el ruido aún en la cabeza y los pensamientos más claros que nunca, me prometí algo: agradecer profundamente a las llaves que han pasado por mi vida, soltar sin rencor a los candados que ya no me permiten avanzar y, sobre todo, no convertirme yo en el candado de nadie más.

Porque todos estamos luchando nuestras propias batallas. Y si no vamos a abrir puertas, al menos no seamos quienes las cierran.

Al final del día, la vida es eso: un camino lleno de puertas. Algunas se abren con facilidad, otras requieren paciencia y otras, simplemente, no eran para nosotros. Pero mientras sigamos buscando llaves, afuera y dentro, siempre habrá una forma de avanzar.

Y tú, ¿eres llave… o candado?

¡Cállate, María!

Estaba yo, muy digna, leyendo sobre algo que se llama difusión cognitiva. Suena elegante, ¿no? Como si lo hubiera dicho una psicóloga sueca con lentes redondos y una taza de té.

La difusión cognitiva, para explicarlo sin que María empiece a interrumpir, es básicamente aprender a no creerle todo lo que tu cerebro dice. A observar los pensamientos sin subirte a la montaña rusa emocional que ellos mismos construyen.

Y justo ahí pasó.

Mientras leía, mi cerebro empezó a hablar. A opinar. A exagerar. A sacar conclusiones dramáticas sin pruebas. Y pensé:

Necesito ponerle nombre a esta voz. (La verdad el artículo era lo que sugería: bautiza a tu cerebro).

No sé por qué, pero el primer nombre que se me vino a la cabeza fue María. No tengo idea porque.

Perdón a todas las Marías del mundo, esto no es personal. Pero mi cerebro gritón, catastrófico y creativo se llama María.

Desde ese momento, cada vez que empieza su show, yo solo le digo:

“Cállate, María.”

Y funciona.

María es esa parte de mi cerebro que cree que si alguien no contestó un mensaje en cinco minutos, claramente me odia.

María es la que piensa que si cometí un error pequeño, todo mi prestigio profesional se vino abajo.

María es la que se despierta a las tres de la mañana para recordarme algo vergonzoso que dije en 2009.

María no duerme. María no se cansa. María dramatiza.

La difusión cognitiva dice que los pensamientos no son hechos. Que no todo lo que pensamos es verdad. Que el cerebro es una máquina maravillosa, sí, pero también una chismosa profesional. Y ponerle nombre a esa voz interna crea distancia. Ya no soy yo pensando que todo está mal. Es María hablando.

Y yo no siempre le hago caso a María.

Antes, cuando María decía:

“No eres suficiente.”

Yo me lo creía.

Ahora, cuando María empieza con:

“Seguro lo hiciste mal.”

Yo le contesto:

“Gracias por tu opinión no solicitada, María.”

Hay algo profundamente liberador en dejar de fusionarte con tus pensamientos. En darte cuenta de que no eres tus miedos, ni tus exageraciones, ni tus escenarios apocalípticos.

Eres quien los escucha. Y a veces, quien los manda a callar.

Porque María tiene talento para exagerar. Si le duele la cabeza, es un tumor. Si alguien frunce el ceño, es rechazo. Si algo tarda, es fracaso. María vive en modo telenovela de Televisa.

Perooo, María no es mala. Ella cree que me protege. Cree que anticipando el peor escenario me está cuidando. El problema es que no sabe cuándo parar.

Así que aprendí a usar la difusión cognitiva como un control remoto. Cuando María se pone intensa, bajo el volumen. No la apago del todo, porque tampoco se trata de pelear con el cerebro. Solo la observo y pienso:

“Ah, que la canción. María está exagerando otra vez.”

Decir “cállate María” no es agresión interna. Es autocuidado. Es una forma amable de recordarme que no todo pensamiento merece mi atención. Que puedo elegir no engancharme.

Y lo mejor es que cuando lo hago con humor, pierde poder. María se queda sin público. Sin drama. Sin escenario.

Desde que María tiene nombre, ya no manda. Ahora convive. A veces habla, yo escucho. A veces habla, yo sonrío. A veces habla, y yo sigo con mi vida.

Porque yo no soy María.

Yo soy la que decide si le cree o no.

Y si tú tienes una voz interna que exagera, que juzga, que asusta, ponle nombre. El que quieras. Llámale Crispín, Lola, Justino, o como sea. Y cuando empiece su discurso intenso, respira y dile con cariño y firmeza:

“Cállate.”

Funciona mejor de lo que crees.

Nos vemos a la próxima.. y gracias por leerme.