No he tenido tiempo de leer un buen libro y la verdad culpo a TikTok. Pero si leo cosas que la gente publica.
A veces son memes muy chistosos (o muy simples que no me dan risa, jaja) pero luego, de vez en cuando, me encuentro uno que me llega hasta el fondo de mi corazón y me deja pensando.
Leí lo siguiente esta semana:
“Nunca tengas tanta sed que bebas de todo vaso que te ofrezcan. Así te envenenan”
Y pues la verdad, eso de “nunca tengas tanta sed que bebas de todo vaso que te ofrezcan” no es solo cosa de bebidas, es un consejo sabio disfrazado de refrán. Básicamente te está diciendo: **¡no andes aceptando cualquier cosa solo porque estás necesitado!**
Imagínate que traes una sed ‘de aquellas’, tipo “cruzaste el desierto en chanclas”. Llega alguien y te da un vaso con líquido. Pero tú, sin olerlo, sin ver si tiene burbujas raras o si el vaso está medio sospechoso… ¡te lo empinas de un jalón! Y tómala: era veneno, o peor, una cheve caliente.
Pues así pasa en la vida: hay momentos donde tienes hambre de amor, de atención, de trabajo, de amistad, de oportunidades… y si no te pones abusado, acabas aceptando cosas o personas que no te hacen bien solo por llenar el huequito.
Y sí, lo que aceptaste con tanta emoción al principio, luego te anda intoxicando el alma, la dignidad y hasta el WiFi emocional. Te envenenas con malas relaciones, chamba tóxica, amistades falsas o decisiones que te salen más caras que una tanda mal organizada.
Así que el punto es: **sí, puedes tener sed, pero no andes bebiendo cualquier cosa nomás por desesperado.** Mejor espérate tantito, busca un buen trago (de agua potable, emocionalmente hablando) y no pongas en riesgo tu paz por saciar una necesidad momentánea.
¿Y si mejor no lo hacemos bien? Total, así es más fácil… ¿no?
A ver, seamos honestos: hacer las cosas bien es un arte, una ciencia, una disciplina… y una friega. No es que uno no quiera ser responsable, comprometido y profesional. No. Es que a veces —muchas veces— simplemente parece que la vida conspira para que no te den ganas de hacer absolutamente nada bien.
Primero que nada, hacer las cosas bien implica pensar. ¡Pensar! Y eso ya es pedir demasiado. Pensar significa planear, organizar, anticipar problemas y, peor tantito, solucionarlos. ¿Quién tiene tiempo para eso cuando uno apenas tiene energía para sobrevivir al lunes?
Además, hacer las cosas bien implica tiempo. Y no me refiero a una horita mientras ves memes. No, es tiempo de verdad. Horas de enfocarse, corregir errores, checar detalles, volver a empezar si algo salió mal. ¿Y si en lugar de todo eso me echo una siestecita de “cinco minutos” que mágicamente se convierte en tres horas? Suena más tentador.
Otro problema es la motivación. Uno empieza el lunes con toda la actitud: “¡Esta semana sí voy a hacer todo bien!” Y para el martes a las 11:00 a.m. ya estás cuestionando todas tus decisiones de vida mientras te preguntas si puedes sobrevivir solo con café y chismes de TikTok. ¿Qué pasó con el entusiasmo? Pues que se lo llevó la rutina, la flojera y el hecho de que nadie te aplaude cuando haces las cosas bien… pero todos notan cuando la riegas.
Hacer las cosas bien también requiere compromiso. Y el compromiso da miedo. Porque si te sale bien una vez, ¡ahora lo esperan siempre! O sea, ¡una sola vez haces algo bien y ya te quieren poner de ejemplo en la junta! No, gracias. Prefiero mantener las expectativas bajitas para que nadie se sorprenda cuando no entrego nada.
Además, ¿han notado que hacer las cosas mal a veces es hasta más divertido? Te echas un chisme mientras haces el trabajo a medias, improvisas, sobrevives al caos, y si te preguntan, siempre puedes decir: “¡Ups, se me fue el detalle!” y ya. Con carita de ternura y voz de víctima, se resuelve casi todo.
Ahora, no me malinterpreten. No estoy promoviendo la mediocridad (bueno, tal vez tantito). Solo digo que, en el fondo, todos sabemos que hacer las cosas bien es noble, correcto y admirable… pero no siempre es la opción más fácil. Y como buenos seres humanos que somos, siempre estamos buscando el camino de menor resistencia. Llámalo instinto de conservación, flojera estratégica o talento para la improvisación.
Cosas que me gustaría a veces no hacer bien:
Maquillarme y luego desmaquillarme en la noche
Contestar cuando tengo una opinión diferente
Estacionarme dentro de las lineas en los centros comerciales
Sacar la ropa de la secadora inmediatamente
Respetar mi turno en una fila
No saludar a los que se que no les caigo
Publicar en mis redes sociales con toda la honestidad
Gastar dinero solo en mi
Llorar por nada
Tener tiempo para mi
Dar explicaciones
Creer en el amor de nuevo, especialmente el propio
Dar propinas
Defenderme de los que me quieren tumbar
Tener expectativas
Así que la próxima vez que alguien diga: “Hazlo bien o no lo hagas”, yo solo responderé: “Entonces mejor no lo hago. Porque hacerlo bien… ¡está muy difícil y ahorita no quiero!”
Mi papá va a cumplir 30 años que se murió. Tenía 49 años. Quizá por eso lo he estado recordando estos días. No me pone triste porque ahora cuando pienso en él, es una lucha de mi mente por recordar su voz y su mirada. No me da tiempo de ponerme triste porque mi enfoque está en no olvidarlo.
Mientras pensaba en mi papá, saqué cuentas. Llegamos de Hermosillo a vivir a Mexicali en 1984. Mi papá murió en 1995.
No tienen idea lo que me afectó entender que solo vivimos 11 años en Mexicali con mi papá. Yo pensaba que era una eternidad lo que estuvimos con él. “Toda una vida”. Y pues, ahora viendo las cosas, no fue así.
Hay una verdad silenciosa que todos eventualmente enfrentamos: la fragilidad del tiempo. Cuando somos jóvenes, los días parecen interminables, los veranos se hacen eternos y esperar una semana por algo se siente como una vida entera. Pero a medida que envejecemos, el tiempo parece escaparse entre nuestros dedos cada vez más rápido. Los meses se difuminan, los años pasan en instantes, y nos preguntamos: ¿Dónde se fue el tiempo?
Esto no es solo imaginación; es una experiencia psicológica real. Una explicación radica en cómo percibimos el tiempo en relación con nuestra edad. A los cinco años, un solo año representa el 20% de tu vida. Pero a los 50, ese mismo año es solo el 2%. De esta manera, nuestro cerebro mide el tiempo proporcionalmente, lo que puede hacer que cada año que pasa se sienta más corto que el anterior. También está el tema de la novedad. De niños, casi todo lo que encontramos es nuevo: nuestro primer día de colegio, nuestra primera excursión a la playa, nuestra primera amistad. Estas nuevas experiencias crean recuerdos vívidos y una sensación de expansión en el tiempo.
Como adultos, muchos de nuestros días empiezan a seguir rutinas familiares y menos momentos sobresalen. El tiempo, entonces, se siente comprimido no porque transcurra más rápido, sino porque se forman menos recuerdos únicos. El ritmo de la vida moderna también influye. La tecnología nos mantiene constantemente conectados y en constante movimiento: correos electrónicos, mensajes de texto, plazos, notificaciones de redes sociales.
Siempre estamos demasiado ocupados como para tomarnos tiempo para simplemente estar. Nuestra atención se fragmenta, y cuando no nos tomamos el tiempo para estar presentes, los momentos pasan desapercibidos. Los días se llenan, pero no siempre con cosas que dejen impresiones duraderas.
Emocionalmente, la fragilidad del tiempo se hace más evidente al ver a las personas a nuestro alrededor crecer, a los niños convertirse en adolescentes, a los seres queridos fallecer.
Estas transiciones nos recuerdan que el tiempo no solo es precioso, sino también fugaz. Empezamos a medir el tiempo menos en minutos y más en recuerdos, logros y conexiones significativas. Pero en lugar de temer el rápido paso del tiempo, quizás podamos cambiar nuestra relación con él. La solución no es intentar ralentizar el tiempo, sino ser más conscientes de cómo lo empleamos.
Estar presente, crear nuevas experiencias, expresar gratitud y cultivar relaciones pueden ayudar a extender el tiempo de forma significativa.
Sal a caminar sin el teléfono.
Cena con alguien sin distracciones.
Empieza algo nuevo.
Lee mis blogs.
Vuelve a sentir curiosidad.
Cuando nos entregamos plenamente al momento, el tiempo se centra menos en el reloj y más en la profundidad de la experiencia. El tiempo seguirá avanzando: frágil, fugaz, imparable. Pero dentro de esa fragilidad reside un regalo silencioso: la oportunidad de vivir con dedicación. De llenar nuestras vidas no solo con el paso de los días, sino con la riqueza de estar verdaderamente vivos en ellos.
Gracias por leerme y una disculpa por no escribir (este blog) mas seguido.
La vida es como un sistema de navegación GPS. Marcamos nuestro destino, fijamos la vista en dónde queremos ir y emprendemos el viaje con confianza. A veces, el camino está despejado: carreteras lisas, semáforos en verde y caminos conocidos. Otras veces, nos topamos con desvíos inesperados, zonas de construcción o tomamos un giro equivocado. Pero, como un GPS, la vida no nos abandona. No nos dice: “Has fracasado. Vuelve al principio”. En cambio, anuncia con calma: “Rerouting o Redireccionando”.
De joven, creía que mi camino era recto y sencillo. Tenía sueños, metas y una visión clara del éxito. Pensaba que si seguía los pasos correctos (estudiar mucho, conseguir un buen trabajo, hacer los contactos adecuados), llegaría a mi destino sin problemas. Pero la vida tenía sus propios planes.
Recuerdo el primer gran desvío: perder a mi papá y abuelo y tío el mismo año. Me sentí varada, como si hubiera perdido la salida y hubiera terminado en un barrio desconocido. Me invadió el pánico y la duda me decía que nunca encontraría el camino de vuelta. Pero, como un GPS que se recalibra cuando te desvías de la ruta, encontré un nuevo rumbo…aprendí que la familia es lo mas importante.
Luego vinieron las relaciones: otro viaje lleno de giros inesperados. Me enamoré, imaginé una vida con alguien y planifiqué un futuro que parecía tan seguro. De nuevo, la vida me susurró: “Redireccionamiento”. Me tomé un tiempo para sanar, para comprenderme mejor y para redescubrir lo que realmente quería.
A veces, el redireccionamiento lleva más tiempo del esperado. Me frustra sentir que doy vueltas en círculos o retrocedo. Pero he aprendido que cada camino, incluso los inesperados, me enseña algo nuevo. Tal vez necesitaba ese giro equivocado para ganar perspectiva o desarrollar resiliencia.
Hay momentos en que me resisto obstinadamente, convencida de que mi camino es el único. El GPS nunca se enoja ni me juzga; simplemente recalcula, ofreciendo una nueva ruta cada vez que me desvío. La vida también es así. Es paciente y nos da innumerables oportunidades para reencontrarnos.
Una de las lecciones más importantes que he aprendido es confiar en el desvío. No significa fracasar, significa adaptarse. Significa soltar el plan rígido que tenía en la cabeza y permitirme explorar territorio inexplorado. A veces, la ruta panorámica es más hermosa que la carretera. A veces, el desvío me lleva a un lugar que nunca supe que debía visitar.
Así que ahora, cuando la vida me sorprende con un cambio repentino o un desafío inesperado, respiro hondo y recuerdo: “Redireccionar”. Es simplemente un nuevo camino hacia el mismo destino, o quizás uno mejor. No importa cuántas veces tenga que recalcular, seguiré adelante, sabiendo que el viaje es tan importante como el destino.
A city bursting with vibrant culture, exquisite cuisine, and unforgettable experiences. As it does every year, La Revista Binacional had a significant presence at the Super Bowl, blending Latino passion with the excitement of this monumental sporting event.
We arrived in a place where music fills the air, history whispers through the streets, and the electric hues of Mardi Gras mixed with the neon spectacle of this year’s Super Bowl. With a packed agenda, we set out to explore, indulging in alligator gumbo and savoring the legendary beignets that make this city a food lover’s paradise.
We came ready to take over New Orleans with our curiosity—only to find ourselves taken over instead.
A Welcome We Didn’t Expect
Our first official stop was MEDIA NIGHT at the New Orleans Saints stadium. We were staying at the famous Hotel Monteleone, a historic gem rumored to be haunted by the ghost of a child who roams its halls at night. With its ornate décor and old-world charm, it felt like stepping into 17th-century France.
Since the stadium wasn’t within walking distance, we called an Uber.
$8.98 from the hotel to the stadium? Seemed like a great deal.
Enter Steve.
A quintessential gringo—blond, friendly-looking—picked us up in a blue Honda Odyssey. The paint was a little worn, but then again, so was much of the city, its faded charm only adding to its character. The Louisiana plates read 650GLC.
Rafael and I struck up a conversation with him. He talked about his favorite things, we chatted about the Chargers and Drew Brees, and everything seemed normal. Obviously, he pegged us as out-of-towners—our accents and my back-and-forth in Spanish with Rafa made it clear.
Then, my phone buzzed.
The Uber app notified me that the driver—Steve—had changed the route.
I didn’t think much of it. After all, the city was swarming with security—police, soldiers, surveillance everywhere. What could possibly happen?
But then, I looked out the window.
My stomach dropped.
Steve slowed the van to a stop, and Rafa and I found ourselves under a bridge in what can only be described as skid row. The scene outside was grim—people sprawled out, strung out, lost in their own worlds.
Then Steve turned to us.
“Well, the app says I have to drop you off here.”
Excuse me?
“Well, my app says no. You need to take us to the stadium.”
Steve smirked. “Yeah… that’s not gonna happen.”
My mind started racing. Alright, fine. I’ll just request another ride from here.
“Well,” Steve said, “I’m not ending the trip, so you won’t be able to call another Uber.”
I pulled out my phone—he was right. As long as my ride was still “active,” I couldn’t request a new one. The only option available was to order an Uber for my kids back home, but not for myself.
And then he laid it out for us.
“So, you’ve got two options: get out here—which, trust me, won’t be good for you—or you give me all the cash you’ve got.”
I glanced at Rafa, waiting for his tough guy from the streets of Tijuana energy to kick in. He looked back at me and quietly handed me two dollars.
TWO.
I was fuming.
“I’ve got $15 and 500 pesos total,” I told Steve, hoping the pesos would throw him off.
He wasn’t interested. He wanted $20, but in the end, he settled for the $15 and let us go.
The second we got near the stadium, we jumped out of that van like our lives depended on it. We walked in silence for a few moments, and then, in a flood of frustration, we unleashed every bad word we knew.
But Rafa, with his steady calm, had done the smartest thing—stayed quiet, avoided confrontation, and got us out safely.
The worst part?
Our EGO took the biggest hit. We’d just been robbed by a guy who looked like Ned Flanders from The Simpsons.
Steve, the UBER driverNed Flanders
We had been too trusting. Too overconfident. And suddenly, I started thinking about all the young people—especially women—who get into Ubers and Lyfts, assuming they’re safe.
You really can’t trust anyone.
We had to down a beer to calm ourselves, and we had to laugh when Steve—our dear Steve—had the audacity to send me a link asking for a tip.
Uber didn’t handle my complaint until I was already out of New Orleans, but they’re refunding my money.
And that’s how New Orleans mugged us—yet still managed to enchant us.
Would I Go Back? Absolutely.
Next time, I want to bring my kids—to explore the cemeteries, talk to voodoo witches, and truly dive into the mystique of this swampy city where eating a crocodile taco is just another Tuesday.
Una ciudad famosa por su vibrante cultura, exquisita gastronomía y experiencias únicas. La Revista Binacional, como ya lo hace cada año, tiene una participación importante en cada Super Bowl donde fusionamos lo Latino con este deporte y evento tan importante.
Llegamos a la ciudad donde la cultura es rica, la música vibrante y los coloridos de mardi gras junto con lo fosforescente de los colores del super tazón de este año.
Fuimos con la agenda llena en la semana, comimos gumbo de cocodrilo y saboreamos beignets increíbles.
Llegamos con la intención de asaltar la ciudad con nuestra curiosidad, pero los asaltados fuimos nosotros.
El primer día, teníamos el MEDIA NIGHT en el estadio de los Saints de New Orleans. Nuestro hotel, el MONTELEONE, que por cierto dicen que está embrujado y se aparece un niño que se murió allí, nos hizo sentir que estábamos en Francia en el siglo 17.
No quedaba cerca del estadio por lo que fue necesario tomar un UBER.
$8.98 dólares del hotel al estadio se me hizo muy bien.
Nos subimos al Uber, de Steve, un gringo de verdad, muy rubio y tenía cara de buena gente. Era un Honda Odyssey azul (la pintura medio gastada, pero todo el pueblo es así, despintado) y las placas eran 650GLC de Louisiana.
Rafael y yo le platicamos y el también nos decía lo que le gustaba, hablamos de los Chargers y del Drew Brees.
Obviamente se dio cuenta que éramos de fuera, por nuestro acento tal vez mexicano y porque con Rafa yo hablaba en español.
Seguíamos platicando y en eso mi teléfono vibró y la app de UBER me avisa que el conductor (o sea el Steve) había cambiado la ruta.
No le hice mucho caso porque la verdad toda la ciudad estaba llena de vigilancia y policías y soldados para que todo fuera una seguridad increíble.
En eso, al ver por la ventana, mi corazón se me hundió y se me fue a la punta del dedo gordo del pie. Me acalambré.
Steve se estaciona y Rafa y yo vemos que estamos debajo de un puente donde se encontraba gente muy fea, drogada, ‘vagos’ y la verdad horrible.
“Pues la aplicación me dice que debo de bajarlos aquí”, nos dice Steve.
Y yo: “Pues mi app me dice que no. Que nos debes de llevar hasta el estadio”.
Y Steve nos dice: “Pues no se hace”
Y yo: “Pues voy a pedir un viaje de aquí al estadio y tú lo agarras”
Y me dice el Steve: “Pues no voy a culminar el viaje así que no vas a poder pedir otro Uber”
Rápidamente lo traté de hacer y efectivamente solo me dejaba pedir un Uber a mis hijos porque yo seguía activa en mi viaje actual.
“Entonces tienen dos opciones: bajarse aquí donde de seguro no les va bien porque es una area peligrosa de la ciudad o me pueden dar todo el efectivo que traigan”
Yo voltee a ver al Rafa porque pues siempre dice que es de las calles rudas de Tijuana y el otro callado. Me dice “traigo dos dólares” y me los da.
Yo estaba super enojada.
“Pues nomas traigo en total $15 dólares y $500 pesos”, le dije al Steve.
Steve quería $20 pero al final aceptó los $15 y a los pesos los ignoró.
Nos bajamos casi corriendo del Uber en cuanto llegamos al estadio y toda la caminada de la calle a la entrada del estadio íbamos encabr%$#@dos diciendo todas las malas palabras que nos sabemos.
Quiero agradecer al Rafa su tranquilidad porque eso nos protegió y entendí que fue muy inteligente quedarse callado y no pelearse.
Lo que mas nos dolió fue el EGO de que nos asaltara un güero con cara del Ned Flanders de los Simpson.
Ned FlandersSteve, el villano del UBER
Nos agarró super confiados y me puse a pensar en tantos jóvenes y sobre todo niñas que se suben muy tranquilas a los Ubers y Lyft.
No se puede confiar en nadie.
Nos tuvimos que tomar una buena cervecita para el susto y nos dio mucha risa que todavía el Steve me manda un enlace para que le diera su propina en la aplicación de UBER.
UBER recibió mi queja hasta que ya no estaba en New Orleans y me va a regresar todo el dinero.
Y es así como New Orleans nos asaltó, pero al mismo tiempo nos maravilló con lo diferente que es.
Si quiero volver, con mis hijos, para ahora si dedicarme a explorar los cementerios, platicar con las brujas acerca del vudú y realmente conocer la vida de esa ciudad empantanada donde echarte un taco de cocodrilo es lo más normal del mundo.
Hoy celebro un logro increíble: mi blog cumple 14 años. Catorce años escribiendo, compartiendo pensamientos, explorando ideas, conectando con personas de todo el mundo. Si me lo hubieran dicho aquel día en que publiqué mi primera entrada, llena de dudas y entusiasmo, no sé si lo habría creído. Pero aquí estamos, una década y media después, y lo único que puedo sentir es gratitud.
Cuando empecé este blog, lo hice con una mezcla de curiosidad y necesidad. Quería un espacio donde pudiera expresar mis pensamientos sin filtros, donde pudiera escribir sobre los temas que me inquietaban y me apasionaban. Nunca imaginé que encontraría una comunidad tan fiel, personas que han estado aquí desde los primeros días, leyendo cada publicación, dejando comentarios, compartiendo mis escritos. Catorce años no son poca cosa. Han pasado tantas cosas en este tiempo: cambios personales, avances tecnológicos, crisis globales, momentos de inspiración y de incertidumbre. Pero algo se ha mantenido constante: este espacio, este rincón en internet donde siempre puedo volver y sentirme en casa. A lo largo de los años, el blog ha evolucionado.
Al principio, escribía sin pensar demasiado en quién me leería. Con el tiempo, fui comprendiendo la responsabilidad que conlleva tener una audiencia, por pequeña o grande que sea. Mis palabras tienen impacto, mis ideas pueden resonar en otros. Eso me ha llevado a ser más reflexiva, a escribir con mayor intención, a cuidar el contenido que comparto. Pero si algo he aprendido es que escribir no es solo compartir, sino también recibir. Gracias a este blog, he tenido la oportunidad de conocer personas maravillosas, de aprender de sus experiencias, de intercambiar ideas. Algunos de ustedes han estado aquí desde el principio, otros se han unido en el camino, pero todos han dejado huella.
No hay manera de expresar cuánta gratitud siento por cada uno de ustedes que ha dedicado un poco de su tiempo a leerme. Sé que en estos tiempos hay un sinfín de distracciones: redes sociales, noticias, plataformas de streaming, entretenimiento en todas sus formas. Y, sin embargo, siguen viniendo aquí, siguen dejando sus comentarios, siguen formando parte de esta comunidad. Cada vez que recibo un mensaje de alguien que me dice que mis palabras le hicieron reflexionar, que encontró consuelo en una publicación, que se sintió acompañado en un momento difícil, recuerdo por qué empecé a escribir. (Tambien gracias a este blog pude asociarme con las mejores personas y lanzar LA REVISTA BINACIONAL).
Este blog es un espacio de conexión, de intercambio, de crecimiento mutuo. Sé que la fidelidad en internet es algo raro. Los intereses cambian, las plataformas evolucionan, las modas van y vienen. Por eso valoro tanto que, después de 14 años, sigan aquí. No sé qué hice para merecerlo, pero lo agradezco con todo el corazón.
Mientras celebro este aniversario, no puedo evitar pensar en el estado del mundo, en cómo han cambiado las cosas desde que empecé a escribir. En especial, mi cabeza no logra entender todo lo que está pasando en Estados Unidos y en la política global. Cuando abrí este blog, el mundo parecía moverse en una dirección diferente. Había retos, por supuesto, pero también esperanza. Ahora, la incertidumbre es la norma. La política en Estados Unidos se ha vuelto un campo de batalla constante, una lucha de poder donde parece que la verdad y la ética han pasado a un segundo plano. Veo los titulares y no sé si sentirme sorprendida o resignada. Me pregunto cómo llegamos aquí. ¿Cómo un país que ha sido un referente de democracia y libertad ha terminado sumido en tal polarización? ¿Cómo es posible que la desinformación y las teorías de conspiración tengan más peso que los hechos?
Me cuesta entenderlo, y me frustra no encontrar respuestas claras. Lo que más me inquieta es que esta crisis no se limita a un solo país. Es un reflejo de una tendencia global. La política se ha convertido en un espectáculo, en una guerra de egos donde lo que menos importa es el bienestar de las personas.
Nos hemos acostumbrado a vivir en un estado de alerta constante, a recibir noticias que parecen sacadas de una película de ficción. Pero a pesar de todo, quiero seguir creyendo en el poder del diálogo, en la posibilidad de cambio. Quiero pensar que aún hay espacio para la empatía, para la construcción de puentes en lugar de muros. No sé cómo será el futuro, pero sé que escribir es una forma de resistencia, una manera de mantener viva la conversación, de no rendirse ante la indiferencia.
No sé qué nos depara el futuro, ni para el mundo ni para este blog. Pero si algo he aprendido en estos 14 años es que la escritura es un refugio, una forma de ordenar el caos, de dar sentido a lo que parece incomprensible.
Seguiré aquí mientras tenga algo que decir, mientras haya lectores dispuestos a acompañarme en este viaje. No sé si llegaremos a los 20 años, pero por ahora, celebrar 14 es un recordatorio de que las palabras tienen poder, de que la conexión humana sigue siendo lo más valioso que tenemos. Gracias por estar aquí, por leerme, por hacer de este blog un espacio vivo. Este aniversario es tanto mío como de todos ustedes. Sigamos adelante, juntos.
El día comenzó muy bonito. Fui a desayunar con mi hermana antes de que se regresara a Mexicali y luego me ayudó con unas cajas y bolsas que estaban en mi cochera, pero realmente pertenecen al almacén de uno de mis socios.
Me fui al trabajo y traigo la inquietud que vi “caquitas” de ratón en mi cochera por donde estaban esas cajas viejas que tienen revistas y papelería.
Llegué al almacén y les dije que tenía ese pendiente. Algo presentía.
Comenzamos a sacar de una de las bolsas grandes, de esas militares, los focos y luces que usamos para los podcasts. (Ya vamos a empezar a hacer podcasts más seguido).
Rafael dijo “huele medio feo esta bolsa”.
Y yo, “¡la rata!”.
En eso se le ocurre voltear la bolsa para vaciarla y pues efectivamente.
Salió corriendo una rata del tamaño de mi perrita Yorkie y la perdimos. Y también cayó al piso otra, muerta.
Le tomé foto y la mandé en el chat de la oficina. Michelle, nuestra diseñadora, me preguntó, “¿y si está muerta? Porque esas ratas usan como mecanismo de defensa hacerse las muertas”.
Pues no supe. Rafael ya la había tirado, pero en la foto se puede ver como que se le dilataron las pupilas y todavía muy fresca (recién muerta pues).
Después de medio infartarme por la rata que pasó encima de mis pies, fui a la llantera porque tengo semanas que la llanta de mi carro pierde aire. Y pues sí, traía un tornillo. La desponché.
Me fui a comprar trampas de pegamento para las ratas y las puse en mi cochera por si dejaron familia las dos ratas que me llevé al almacén.
Llegué temprano a mi casa para seguir trabajando un poco y como a las 6 de la tarde me fui con mi hija a comer algo y a las tiendas.
Comimos rico, un lugar sencillo de Chula Vista que se llama D’Lish. Pedimos pasta y pizza antes de irnos a las tiendas.
Fuimos al Trader Joes por algunas cosas que faltaban en la casa, unos vinitos y unas cervecitas para surtir el refrigeradorcito.
De allí seguimos de compras (yo tenía que comprar el regalo del intercambio de la oficina) y luego ya llegué a Walgreens por una bolsa de regalo y nos fuimos a la casa a descansar.
“Luisa, ¿me marcas?”, le dije a mi hija porque no encontraba mi celular.
Nada.
Fui al carro a ver si estaba el celular y NADA.
Entré en un modo pánico.
FIND MY IPHONE, esa aplicación es lo mejor. Nos metimos del celular de mi hija y pudimos encontrar mi teléfono en el D’LISH.
Lo dejé allí cuando cené.
Marcamos por teléfono al restaurant para decirles que me lo guardaran y nadie contestó por lo que decidimos ir por él.
Me estresé demasiado, aunque sea una tontería pero significa CONTRATIEMPO y no tengo tiempo de perder tiempo.
También me di cuenta de que, por más de tres horas, no necesité mi celular. Me sentí orgullosa de eso, jajajaja.
Llegamos al estacionamiento del restaurant, en plaza Terra Nova y el FIND MY IPHONE seguía mostrando que se encontraba en el D’LISH.
El lugar estaba oscuro ya que habían cerrado hace como dos horas.
En eso sale del lugar una de las meseras. Ella se llamaba Martha. (Ella se llamaba así).
“Hola, dejamos el celular en el restaurant.”, le dice mi hija.
“Ah si, ya se. Pero ya cerré y puse la alarma. Mejor vengan mañana a las 11am”, dijo la mesera vestida navideña con un ugly sweater y un gorro de navidad.
Y yo, “Pero ya estoy aquí. ¿No me puedes abrir y darme el celular?”, yo con cara de Ten Piedad de esta Señora cansada.
“No. Ya puse la alarma y todo. Mañana hablen a las 10:30am y a las 11 am ya pueden pasar por él”.
Ya no le alegué. Le quería decir “No quieres que te pisen lo trapeado del piso, ¿o qué?” pero mejor me fui del lugar.
Mi hija y yo incrédulas con la falta de servicio a terceros. Yo si se lo hubiera dado. Me hubiera dado gusto entregarlo porque se siente muy feo y uno se siente muy estúpido cuando pierdes algo.
Me regresé a mi casa, al menos sabiendo que en un cajón de un restaurant italiano duerme mi iphone.
El día de hoy tuve todas las emociones habidas y por haber.
Lloré temprano, me reí mucho, me asusté con la rata, me dio asco. Me dio hambre, me cansé, gasté y disfruté hacerlo.
Y entre una limonada del D’Lish y una botella de agua empezada en mi casa cuando llegué, descuidé mi celular y por varias horas juraba que estaba en mi bolsa.
No supe la falta que me hacía hasta que me di cuenta de que no estaba conmigo.
FIN DE MI RELATO. (Espero que si me lo entreguen)
Gracias por leerme. NOS VEMOS EL PROXIMO MIERCOLES. 😊
Así me dijeron cuando me quejé de que el rímel ZAN ZUSI ya no es lo de siempre. Mi queja fue porque antes mis pestañas con ese rímel se veían espectaculares.
Sí, duraba para siempre hasta que usabas un aceite para desmaquillarte como por media hora.
Mis pestañas siempre han sido muy largas pero CERO rizadas y ese rímel era mi favorito (creo que me lo recomendaron mis primas de Hermosillo).
Cada que voy a la Dax o a Mexicali, compro rímel mexicano. Pero cuando vi que el producto cada vez es mas “chafa” lo primero que pensé es que bajaron la calidad.
Pero cuando me dijeron “no es el rímel” de manera pasiva agresiva, supe que la que cada vez está más amolada soy yo.
No sabía si reírme o llorar.
Pues sí, obviamente cada vez tengo menos colágeno.
Mis ojos han llorado más de lo debido en esta vida y por consecuencia, mis pestañas cada vez están más escasas y cansadas.
Hace unos años, estuve vendiendo un rímel llamado YOUNIQUE, me lo acaba de recordar mi amiga Elsa, pero luego hubo devaluaciones y el rímel se hizo muy caro.
Ese rímel me gustaba, pero si me daba poquita alergia el polvito.
Entonces me puse a buscar el rímel perfecto porque la verdad, como mujer que se pinta desde los 13 años, el rímel es de lo mas importante.
(Si, ya sé. Las pestañas postizas son mejor pero no puedo andar con ellas todo el día. Me tengo que rascar la córnea de pura desesperación).
Encontré tres marcas que más o menos me gustan:
PROSA, un rímel mexicano que encuentras en todas las farmacias y tienditas de abarrotes. Me encantó la brocha porque es grande y siento que con una sola pasada quedan bonitas las pestañas. El precio es muy barato, mucho menos de $5 dólares.
BETTER THAN SEX, un rímel que hace mucho me recomendaron, pero no le había hecho caso hasta hace poco, en mi búsqueda. Pues sí, se llama BETTER THAN SEX, o sea, MEJOR QUE SEXO. Pues no se que decir. No se me hizo la gran cosa (el rímel) o ya no me acuerdo lo otro. Pero pues, si saca del apuro y cumple con el requisito (el rímel) pero no se si mejor que el sexo, la verdad. No es nada barato (el rímel) y lo compré en Ulta.
BIG by SEPHORA, un rímel que llegó a mi por casualidad porque es una muestra que le regalaron a mi hija con su cuenta de la Sephora, pero al final me lo quedé yo. Me gustó mucho mas que el BETTER THAN SEX y lo que hice fue usar la brocha del PROSA con el rímel BIG. El precio es mas caro que el PROSA, pero mucho más barato que BETTER THAN SEX. Sephora si le atinó a esto.
Total, este blog, que por cierto me disculpo por haber dejado de escribir tantas semanas (pero es que no estaba ni inspirada de lo cansada que estaba) no es para describir productos de maquillaje.
El origen de este blog es que la frase NO ES EL RIMEL me hizo reflexionar que realmente es verdad. Uno cambia en el día a día y las cosas que antes eran lo máximo tal vez ahora no lo son.
Pero uno se aferra a quedarse en el mismo lugar. Se detiene y encuentra todos los pretextos para no cambiar y no dar otro paso.
La zona de confort, aunque ya no nos satisface, se hace muy difícil de abandonar.
NO ES EL RIMEL me recuerda a la frase “NO ERES TU, SOY YO”.
Si aplicas esa frase a cada aspecto de tu vida, ¿cuán diferente sería?
Por eso te enteras de parejas que deciden separarse.
Te das cuenta de que los trabajos y los negocios son temporales.
No temas cambiar, no temas dar ese paso, no temas aventarte y no temas arriesgarte.
Teme al quedarte donde estas si no estas 100% feliz.