Sabiduría Casual

Hay frases que llegan cuando menos las esperas.
No en un libro, no en una conferencia, sino escritas en unos pequeños post-its, pegados en la pared de un salón de uñas.

Esa mañana solo quería un respiro, un rato para desconectarme del trabajo, para dejar que alguien más se encargara de mis manos por un momento. Pero mientras esperaba que Kimmy terminara la última capa de esmalte y yo casi me quedaba dormida, decidí leer lo que estaba en la pared. Mis ojos se toparon con esas dos frases:

“We can’t have a foundation built on a lie.”
“If you don’t find a way to make money while you sleep, you will work till you die.”

Y me quedé ahí, en silencio, leyendo, como si el universo me hubiera puesto un espejo justo frente a mí.

La verdad como base

La primera frase me golpeó fuerte: no se puede construir una base sobre una mentira.
Y pensé en cuántas veces tratamos de hacerlo. En las relaciones, en los negocios, incluso con nosotras mismas.
Nos convencemos de que todo está bien, de que podemos sostener una estructura tambaleante si solo seguimos sonriendo o trabajando más duro. Pero la verdad, por más que intentemos esconderla, siempre encuentra la forma de salir a la luz.

Me di cuenta de que muchas de mis decisiones más difíciles en la vida han tenido que ver con eso: con atreverme a ser honesta, aunque doliera. Aceptar que ciertas asociaciones, amistades o proyectos simplemente no tenían un fundamento real. Que no podía seguir construyendo sobre ilusiones o promesas vacías.

En lo personal, me recordó que la paz no viene de lo que mostramos, sino de lo que somos cuando nadie nos ve. Y en lo profesional, me reafirmó algo que he aprendido con los años: que ningún negocio puede prosperar a largo plazo si no está cimentado en la verdad, en la transparencia y en la integridad.

Dinero, tiempo y libertad

La segunda frase también me dejó pensando: “If you don’t find a way to make money while you sleep, you will work till you die.”
Y no lo leí desde la ambición, sino desde la libertad.
Porque no se trata solo de dinero, sino de construir algo que tenga valor incluso cuando tú no estás ahí empujando cada detalle. De crear sistemas, equipos, ideas y proyectos que puedan caminar por sí mismos.

Me hizo pensar en mi propio camino —en todas las veces que he trabajado de sol a sol, persiguiendo metas, cerrando acuerdos, cuidando cada aspecto de mis proyectos— y en lo mucho que cuesta soltar el control. Pero también en la importancia de aprender a confiar: en el proceso, en las personas que te rodean y, sobre todo, en ti misma.

Aprender a generar valor sin desgastarte por completo es un arte. Y ese arte empieza cuando entiendes que tu tiempo y tu energía son tus recursos más valiosos.

Salí del salón con las uñas perfectas, (con un color vino tinto muy ad hoc para el otoño) y la mente llena de pensamientos.
A veces creemos que las grandes lecciones llegan en momentos solemnes, pero no: a veces aparecen en un pedazo de papel pegado con cinta, mientras el secador de uñas hace su trabajo.

Esas dos frases me recordaron que la verdad es el cimiento de todo lo que vale la pena —y que la libertad no se mide en horas trabajadas, sino en la capacidad de descansar sabiendo que lo que has construido puede sostenerse solo.

Quizás no podamos controlar todo, pero sí podemos elegir desde dónde construimos.
Y yo, desde este día, decido seguir edificando mi vida —personal y profesional— sobre algo tan simple y tan poderoso como la verdad.

Porque una base sólida no se hace de apariencias ni de promesas, sino de autenticidad, propósito y amor por lo que hacemos.
Y si a eso le sumamos la inteligencia de crear con visión… entonces sí, podemos descansar tranquilos, sabiendo que incluso mientras dormimos, nuestro trabajo sigue dando fruto.

NOS VEMOS A LA PROXIMA.

LA “TRAILITA”

La Trailita: Cuando el Asfalto se Vuelve Hogar (Temporal)

Estuvimos La Revista Binacional (Rafael García y yo) en el evento “Viva La Vida”, la gala donde Lifeline Community Services reúne a toda la gente de San Diego que los apoya y respalda. La Revista Binacional fue orgullosamente patrocinador de medios. Mi amiga Lisette Islas, la CEO de dicha fundación, fue la anfitriona perfecta en un lugar colorido, aromático y lleno de amor.

Enrique Meza, de US Bank, quien fue el patrocinador principal del evento (y amigo mío), nos contó una historia de esas que te recuerdan que la vida no es un comercial de televisión. Su cuento sobre La Trailita—esa casa rodante o remolque—y cómo su familia la usó como un punto de rescate para los parientes en apuros, es oro puro.

No estamos hablando de un acto de caridad del gobierno, ¡sino de una logística familiar de supervivencia! Es que escuchen esto: el tío que se divorcia, el primo que pierde la chamba, la prima que recién llega de otro país… ¿Qué hace la familia Meza? ¡Les asigna un turno en La Trailita! No es un Hilton, pero es un techo. Es una forma de decir: “Estás caído, pero no te vas a quedar en la calle. Aquí te paras, te sacudes y vuelves a empezar, pero bajo nuestra supervisión constante”.

Comparó esa “trailita” con lo que llamanos “lifeline” (esa ayuda vital para no morir) y lo ató al tema de la fundación en dicho evento.

Eso me recordó La Gran Pregunta que siempre me hago: ¿Por Qué Hay Menos Homeless en países Latinos si comparamos con Estados Unidos?

Y es que, al escuchar esta historia, se me prendió el foco y dije: ¡Ahí está la respuesta! ¿Por qué en nuestros países, a pesar de las crisis, los gobiernos ineptos y la escasez, no vemos ese ejército de personas viviendo en las banquetas como en el “primer mundo”? Porque aquí, la familia es el último bastión de la seguridad social.

Mientras que en USA son súper cool y valoran la “independencia” a los 18, lo que en realidad hacen es dejar a su gente sola. La palabra “independencia” nos da escalofríos, en especial a los padres de familia con hijos mayores de 18. En lo personal, mis hijos saben que aquí conmigo tienen su casa SIEMPRE. Si las cosas no les salen bien, que regresen. Si pierden dinero, que regresen. Si tienen que volver a empezar y necesitan ahorrar dinero, que regresen. Mientras tenga vida y techo, ellos tienen siempre esa ‘trailita’.

La Póliza de Seguro Llamada “Mi Familia”

En Latinoamérica, la familia funciona como una póliza de seguro obligatoria que nadie firmó, pero todos acatamos. A cambio de que te critiquen tu corte de pelo, te pregunten por tu vida sentimental y te digan que deberías buscarte un trabajo “de verdad”, tienes una red de contención que es casi infalible:

* El Sillón Cama: Siempre hay un sofá, un colchón inflable o un cuartito en la azotea disponible. Si te va mal, alguien te va a dar un rincón.

* La Olla Mágica: Nadie se muere de hambre. Las mamás y las abuelas siempre cocinan para un regimiento. Siempre hay un plato extra, aunque tengas que aguantar la sopa de fideo por tres semanas.

* La Chismografía de Recuperación: Te van a chusmear hasta que consigas trabajo. La presión social es un motor (molesto, pero efectivo) para que te eches “pa’lante”. No es un sistema perfecto, claro. Es invasivo, ruidoso y lleno de drama, ¡pero funciona! La dignidad de no dormir en la calle vale la pena aguantar a la tía criticona.

La Trailita Como Símbolo

La Trailita de la familia Meza es un símbolo glorioso de lo que significa ser latino: usar el ingenio, la poca infraestructura que tenemos, y la obligación moral de no dejar que la sangre se quede en el asfalto. Enrique Meza, con su trabajo promoviendo la inclusión financiera, entendió perfectamente que el primer paso para la inclusión, muchas veces, no viene de un banco, sino de un remolque viejo y de un par de manos dispuestas a ayudar.

Así que, ¡un aplauso por esas familias que tienen su propia Trailita de emergencia! Y a ti, ¿cuál ha sido el rincón temporal donde te has refugiado mientras te pones de pie? ¡Atrévete a contarlo!

(Enrique, gracias por ser mi inspiración esta semana.)

NOS VEMOS A LA PROXIMA.

Emprendimiento Puro

Hay quienes dicen que fumar un puro cubano es un lujo, una experiencia que requiere calma, paciencia y cierto nivel de sofisticación.

Yo digo que ser emprendedora es lo mismo, pero sin la calma y con mucho menos glamour. Porque si alguien me hubiera explicado que prender un negocio se parecía tanto a prender un puro, tal vez me hubiera comprado un encendedor más grande antes de empezar.

Para empezar, está el ritual de encenderlo. Un puro no se prende de golpe como un cerillo en la oscuridad. Hay que girarlo, cuidarlo, darle espacio para que el fuego agarre parejito.

Igual que cuando uno inicia un negocio: la idea brilla en tu cabeza, pero si no le das aire, tiempo y dedicación, se te apaga en la primera semana y lo único que queda es un olor raro a fracaso.

Después llega el primer jalón. Con el puro, ese momento inicial es engañoso: parece suave, pero en realidad puede darte un golpe inesperado en la garganta. Así pasa cuando arrancas un proyecto: el entusiasmo te hace pensar que todo será ligero y fácil, hasta que descubres trámites, permisos, clientes indecisos y proveedores que desaparecen misteriosamente cuando más los necesitas. Y ahí estás, tosiendo, preguntándote si valía la pena.

Pero claro, la clave está en la paciencia. Un puro cubano no se fuma en cinco minutos. No es cigarro de esquina, es experiencia lenta. Igual que emprender: si quieres resultados inmediatos, mejor vete por unas papitas. Los negocios toman tiempo, energía y, sobre todo, la capacidad de aguantar sin desesperarte cuando parece que nada avanza. Porque si lo fuerzas, se quema mal. Si lo dejas descuidado, se apaga. Lo mismo pasa con tu empresa.

Y no olvidemos lo caro del puro. Todo el mundo sabe que no es barato. Igual que ser emprendedora: inviertes en un logo, en una oficina, en mil cosas que la gente a tu alrededor te dice que “no son necesarias”. Ellos no entienden que detrás de ese gasto hay una apuesta, un sueño, y un poquito de locura. A veces te ven como si hubieras gastado tu sueldo en humo… y pues sí, pero un humo que te hace feliz.

Luego está el ambiente social. Con un puro cubano en la mano, la gente asume que sabes de la vida, que tienes historias interesantes, que perteneces a un club exclusivo. O que te crees la María Félix.

Con un negocio, la gente también asume cosas: que eres tu propio jefe (mentira, tus clientes son tus jefes), que no tienes horarios (mentira, trabajas 24/7), y que ya eres millonaria (mentira, a veces ni para el café y vieran mis calzones).

Lo mejor de todo, sin duda, es la satisfacción final. Terminar un puro cubano es quedarte con el sabor de algo fuerte, con carácter, que requirió tu tiempo y atención. Terminar una etapa en tu negocio, aunque sea chiquita, te deja la misma sensación: que valió la pena, que cada jalón tuvo su propósito, y que sobreviviste al humo, a la tos y al gasto.

Al final del día, ser emprendedora es como fumar un puro cubano: difícil de conseguir, complicado de mantener, pero delicioso de vivir. Eso sí, con la diferencia de que cuando el puro se apaga, ya no hay vuelta atrás. En cambio, cuando tu negocio se tambalea, siempre puedes darle otra chispa, otro intento, y volver a encenderlo.

Y créeme, aunque ambos procesos cuestan lágrimas (y a veces maquillaje corrido), la satisfacción de saborearlo hasta el final… vale la pena.

Nos vemos a la próxima. 💕

Esos Misterios sin Resolver

El fin de semana pasado hice un viaje a Mexicali. Como siempre, manejar por esas carreteras a solas me da tiempo para pensar, y normalmente pongo música para que el trayecto se me haga más corto. Pero esta vez decidí probar algo distinto: escuché un podcast. Encontré “Unsolved Mysteries” y me dejé llevar por la curiosidad. Lo que no sabía es que iba a terminar el camino pensando en lo frágil que es la confianza humana.

El primer episodio que me salió fue el del famoso caso de Chicago, a principios de los años 80, cuando un asesino envenenó con cianuro varias botellas de Tylenol. Personas inocentes, que solo buscaban un remedio para el dolor de cabeza o la fiebre, murieron sin imaginar que en esas cápsulas se escondía la muerte. Fue un crimen tan inesperado y absurdo que marcó la historia de la seguridad en productos de consumo. Nadie se lo esperaba, porque ¿quién podría imaginar que alguien, con tanta frialdad, manipularía un medicamento para hacerle daño a desconocidos?

Conforme escuchaba, me invadió un sentimiento extraño. Por un lado, me atrapaba la narrativa del misterio: nunca atraparon al culpable, nunca supieron con claridad quién se atrevió a cruzar esa línea de humanidad. Por otro lado, me llenaba de inquietud pensar que, en el fondo, confiamos a ciegas en tantas cosas todos los días. Compramos medicinas, alimentos, bebidas… y damos por hecho que alguien hizo bien su trabajo, que el mundo está en orden y que no habrá sorpresas mortales en algo tan rutinario.

Esa confianza invisible es lo que sostiene gran parte de nuestra vida. Sin darnos cuenta, caminamos por el mundo depositando fe en los demás: en que el piloto del avión sabe lo que hace, en que el cocinero de un restaurante lavó bien los ingredientes, en que el vecino no tiene malas intenciones, en que un desconocido no envenenó una pastilla. Y, sin embargo, cuando escuchas un caso como el del Tylenol, todo se tambalea. Te das cuenta de lo fácil que es quebrar esa seguridad, de lo vulnerable que somos.

Mientras avanzaba por la carretera rumbo a Mexicali, pensaba en lo doloroso que debió ser para las familias de las víctimas. Personas que jamás imaginaron que lo último que harían en su vida sería tomar un simple analgésico. Pensaba también en la perversidad que hay detrás de una mente capaz de planear algo así. No se trató de un crimen pasional ni de un arranque impulsivo: fue un acto calculado, frío, sin rostro, dirigido contra la humanidad entera. Porque cualquiera pudo haber sido la víctima. Ese detalle es el que más estremece: la aleatoriedad.

Y aquí es donde surge la pregunta más incómoda: ¿hasta qué punto podemos confiar en la humanidad? Queremos creer que el bien pesa más que el mal, que la mayoría de las personas son nobles y buscan vivir en paz. Y sí, probablemente así sea. Pero bastan unos cuantos actos oscuros para sembrar la desconfianza en millones. Desde aquel caso, el mundo de los medicamentos cambió para siempre: sellos de seguridad, empaques inviolables, campañas de prevención. Fue necesario blindar la confianza porque alguien decidió traicionarla.

Mi viaje terminó, llegué a Mexicali, comí delicioso y disfruté a mi familia. Pero en el fondo me quedé con esa sensación inquietante: vivimos en una especie de pacto silencioso de confianza mutua, y cuando alguien lo rompe, nos damos cuenta de lo frágil que es todo. Quizás esa es la verdadera lección de aquel crimen sin resolver: que la humanidad camina sobre hilos invisibles de fe, y que basta una tijera en manos equivocadas para recordarnos lo vulnerables que somos.

NOS VEMOS A LA PROXIMA.

LAS PARADOJAS

A ver, hablemos de la paradoja. Esa cosa que parece un trabalenguas mental pero que en realidad está en todos lados, aunque no la busques. Una paradoja es cuando algo suena verdadero y falso al mismo tiempo, y tu cerebro dice: “¡Espérate! ¿Qué?”.

Por ejemplo, el clásico: “Menos es más”. Si me lo dices de entrada, me río. ¿Cómo que menos es más? Pero luego lo piensas… y sí. A veces, con menos cosas, menos ruido, menos gente que no aporta, tienes más paz, más claridad y más espacio para lo que importa.

La paradoja es ese espejo que te obliga a pensar más allá de lo obvio. Es cuando te crees Sócrates y dices “yo solo sé que no sé nada” y no es que seas un ignorante, es que eres consciente de que el conocimiento es infinito.

Lo bonito de las paradojas es que no son para resolver, son para sentarse con ellas y dejar que te revuelvan las ideas. Nos recuerdan que el mundo no es blanco o negro, que hay grises, matices y hasta colores que no vemos.

Y también hay paradojas personales. Como esas veces en que para encontrarte, primero tienes que perderte. O cuando para avanzar, tienes que detenerte.

Las 20 paradojas mas comunes en nuestro día a día son las siguientes:

  1. PARADOJA DEL CRECIMIENTO: El crecimiento tarda pero sucede de volada.
  2. PARADOJA DE LA PRESUASION: Las personas más persuasivas son las que solo escuchan y no dicen nada.
  3. PARADOJA DEL ESFUERZO: Le pones todo el esfuerzo a algo para que parezca que es muy fácil.
  4. PARADOJA DE LA SABIDURIA: Entre mas sabemos, menos sabemos, diría Einstein.
  5. PARADOJA DE LA PRODUCTIVIDAD: Trabaja más y haces menos (Cuidemos la calidad vs cantidad)
  6. PARADOJA DE LA VELOCIDAD: Tienes que bajarle a la velocidad para ir mas recio. Al detenernos tomamos aire y de la misma manera mejores decisiones
  7. PARADOJA DEL DINERO: Tienes que perder dinero para ganar dinero. (Yeiii, voy a ganar muuucho entonces, jeje)
  8. PARADOJA DE LAS NOTICIAS: Entre mas noticias leas, menor es lo informado que estás.
  9. PARADOJA DE ICARO: Icaro, en la mitología griega, tenía alas y volaba alto. Un día voló muy cerca del sol, se quemaron sus alas y cayó a su muerte. (Lo que te hizo exitoso tambien te puede llevar a tu caída)
  10. PARADOJA DEL FRACASO: Tienes que fracasar para tener más logros. (No siempre, pienso yo)
  11. PARADOJA DE ENCOGERSE: Para crecer hay que hacerse menos. (No me gusta esto)
  12. PARADOJA DE TONY ROBBINS: Cuando inviertes, el admitir que no tienes ventaja competitiva es la mejor ventaja competitiva
  13. PARADOJA DE LA MUERTE: Conoce que hay muerte para disfrutar la vida.
  14. PARADOJA DE DECIR NO: Menos proyectos para hacer mas.
  15. PARADOJA DEL HABLA: Epictetus dijo “Tenemos dos orejas y una boca. Hay que escuchar el doble de lo que decimos”. O sea “a callar se ha dicho”
  16. PARADOJA DE LA AMISTAD: Amigo de todos es amigo de nadie. Yo, humildemente digo “no puedes ser pitcher y catcher al mismo tiempo”
  17. PARADOJA DE LA BUSQUEDA: Cuando estes buscando algo, detente un rato para poderlo encontrar.
  18. PARADOJA DEL CONTROL: Mas controlador, menos control.
  19. PARADOJA DEL CAMBIO CONSTANTE: El día que dejemos de cambiar hemos llegado al fin, decía Benjamin Franklin. Asi que a seguir cambiando, evolucionando, mejorando. 🙂
  20. PARADOJA DEL MIEDO: Lo que mas miedo nos de hacer es precisamente lo que tenemos que hacer. “El éxito está al otro lado del miedo”.

Así que la próxima vez que te encuentres con una frase que parece pelear consigo misma, no la deseches. Abrázala. Porque en esas contradicciones disfrazadas, a veces, está la verdad más grande.

O, dicho casualmente, “O sea SI pero NO”.

Gracias por leerme siempre.

Si fuera personaje de Disney

Presumiendo… o ¿Acompañando?

A veces me sorprendo. Estoy en mi casa, con una taza de café (no tan caliente como debería porque ya me distraje con otra cosa), viendo el celular, y ahí voy otra vez: “¿Y si subo una foto de esto?” ¿Una foto de qué? ¡De nada! De la taza. De mi cara. De mi pie asomado en la cobija. De que está lloviendo. De que no está lloviendo. De un “quote cringe” que nadie lee.

Y entonces me da la duda existencial:

¿Será que quiero presumir?

¿O será que estoy necesitando sentir que me acompañan al otro lado de la pantalla?

Porque yo no soy de las que suben cosas para dar envidia (bueno, tal vez un poquito cuando me como algo muy rico, o cuando el filtro me favorece mágicamente). Pero en serio, la mayoría del tiempo lo que quiero es… ¿qué? ¿Que me vean? ¿Que me digan algo? ¿Que me lean? ¿Que me manden un emoji de fueguito o un “jajajajaja me hiciste el día”?

Tal vez sí.

Tal vez es eso. Tal vez no es nada.

Tal vez no quiero presumir que estoy en tal lugar, ni que me salió bonita la foto (aunque si salió bonita, pues tampoco es mi culpa, benditos filtros), ni que tengo la vida resuelta, porque spoiler: no la tengo. A lo mejor lo que quiero es que me digas “yo también” o “qué rico” o simplemente “¡salud!”. Que alguien del otro lado del teléfono vea mi historia y piense: “ay, cómo me cae bien la Gina”.

Porque cuando subo algo no siento que grito “¡véanme!”, sino más bien “¡distráiganme de mi estrés!”. Es como lanzar un papelito por la ventana con una nota que dice “¿Hay alguien ahí?”. Y cuando me llega un mensaje, un corazón, o hasta ese simple 👍🏻 siento que sí, que no estoy tan mal, que tengo mi tribu digital, mis testigos de vida, mis cómplices virtuales.

Y ojo, no estoy triste. Estoy conectada. Aunque a veces, la verdad, sí estoy medio tristona, y también por eso subo cosas. No voy a negarlo. Como quien se ríe para no llorar. Pero a veces también me siento tan feliz que si no lo cuento, exploto. Así que lo comparto, no por presumir, sino porque esa felicidad pide eco.

¿Y sabes qué? Creo que está bien.

Si tú eres de los que publican cada desayuno, tu cara sin filtro (valiente), o cada vez que el sol se asoma por tu ventana, hazlo. Nadie sabe si lo haces para presumir, o si simplemente te estás regalando compañía. Y eso, en estos tiempos tan desconectados aunque todo el mundo esté en línea, vale oro.

Así que sí, seguiré subiendo cosas. Fotos, frases, pensamientos raros. No para mostrar que tengo una vida perfecta (spoiler dos: no la tengo), sino para recordarme que no estoy sola, que hay gente que me quiere… aunque sea con un like.

Y si algún día subo una foto de algo inesperado, no pregunten. Denle corazón. Es probable que solo necesite un “aquí estoy”.

Sola… en el bar

Hay algo gloriosamente rebelde, deliciosamente temerario y un poquitito dramático en sentarse sola en la barra de un restaurante y pedir un trago como lo hacen los hombres.

Es como decirle al mundo: “Sí, vine sola… y no necesito compañía para disfrutar esta cheve bien fría”.

Yo lo llamo mi ritual de empoderamiento. Un pequeño acto de independencia con aroma a nebbiolo y fondo de música bossa nova.

¿Por qué?

Porque sentarse sola en la barra no es cualquier cosa. Es una declaración, un performance, una coreografía secreta que empieza desde que empujas la puerta del restaurante con cara de “sé exactamente lo que estoy haciendo” (aunque por dentro estés dudando si debiste haberte puesto otra blusa).

Todo comienza con la entrada triunfal. Entro como si la barra me estuviera esperando. Paso firme, espalda derecha, ojos al frente… como si tuviera una cita con Toto Wolff en el asiento de al lado.

Spoiler: el único que me espera es el bartender y unos televisores donde estan pasando el beis. Busco mi lugar, ni muy esquina (porque parece que me escondo), ni en medio de gente.

Me siento justo donde puedo ver todo ya que mi pasatiempo favorito es ver gente.

En la barra, soy protagonista, soy la mujer misteriosa que todos creen que tiene una historia. Y sí la tengo, pero casi siempre estoy escribiendo las de los demás menos la mía.

La orden del poder: un trago sin disculpas. Trato de recordar los vinos que mi amigo Arnulfo nos ha enseñado a degustar. Llega el momento de pedir el trago. Y pido un Vodka Tonic porque aunque quiera un tinto, he aprendido que los vinos buenos se piden por botella y no quiero tomar tanto.

Pedir un trago sola no es para “buscar conversación”, es para saborear la libertad. Es para sentir que puedo pagar mi cuenta, mi trago y sin pedirle permiso a nadie. Como lo hacen los hombres… pero con más estilo y mas auto-justificación de que no tiene nada de malo.

Que curioso que es 2025 y hacer algo tan simple como llegar al bar sola tiene que venir acompañado de una justificación. Esa crianza tan estricta creo que morirá conmigo.

Sentarte sola en la barra te convierte en observadora profesional. Está el tipo que presume su reloj mientras le cuenta a la mesera su tercera historia de negocios fracasados. La pareja que ya no se habla pero se ven como diciendo “¿pedimos postre o ya nos separamos?”. El señor cansado del trabajo que no quiere llegar a su casa porque le espera otro tipo de problema.

Y claro, siempre hay uno que pregunta “¿vienes sola?” y dependiendo de quien es le contesto Si o No.

Es que eso de “venir sola” no es sinónimo de soledad. Es sinónimo de decisión. De poder estar contigo misma sin necesidad de validación externa. De saber que tú eres suficiente compañía para disfrutar una bebida, una cena y hasta un brindis por lo que viene.

Mi vodka tonic está delicioso. El gusto por el vodka es de mi abuelo Memo. No por que seamos rusos pero era uno de sus tragos favoritos ademas de los vinos tintos. Lo saboreo, tan refrescante al principio y luego comienza a dar calorcito rico.

Termino el trago como se termina un buen libro: con una sonrisa y una ceja levantada. Pido la cuenta sin apuros, dejo buena propina y me bajo del banco.

Salir sola, sentarte en la barra y pedir tu trago es un acto de poder, sí, pero también de placer. Es saber que no necesitas testigos para pasarla bien. Que puedes ser tu mejor cita, tu mejor compañía, y que no hay nada más sexy que una mujer que se toma el tiempo para disfrutar de sí misma… en la barra, con tacones, y con un trago que habla por ella.

No lo hago seguido, pero me gusta saber que siempre tengo esa opción.

Salud por eso.

NOS VEMOS EL PROXIMO MIERCOLES 🙂

🍸

La Rueda de la Fortuna

Hay algo casi mágico en subirse a una rueda de la fortuna. No importa si estás en una feria de pueblo, en el muelle de Santa Mónica, en Disney California Adventure o en Las Vegas con luces bailando a tu alrededor: la experiencia es la misma. Te subes, esperas a que todos encuentren su asiento, y entonces, lentamente, la rueda empieza a girar.

Y justo ahí, en ese momento en el que todo va lento, es donde me cayó el veinte: la rueda de la fortuna es una gran lección de vida. Porque no se trata de velocidad, ni de adrenalina, ni de llegar “más alto” primero. Se trata de paciencia, de confiar en el ritmo, y sobre todo, de disfrutar el paseo.

Vivimos en una era donde todo es inmediato. Un clic y ya compraste, otro clic y ya te contestaron. Pero hay cosas —las más valiosas, las que realmente importan— que no se pueden acelerar. El amor, la sanación, los proyectos con alma, las relaciones verdaderas, el crecimiento personal… todo eso toma tiempo. Como la rueda.

Y qué curioso, porque al principio uno quiere que se mueva rápido. Subes con emoción, con esa ansiedad bonita de lo nuevo. Pero la rueda no se apura. Se detiene, deja que otros suban. A veces te toca estar arriba del todo, viendo el mundo desde otra perspectiva. Otras veces estás abajo, esperando que vuelva a girar. Y eso es la vida. Una serie de subidas y bajadas, a su propio ritmo.

Yo he aprendido —a veces a la mala— que apresurar procesos solo trae frustración. Que cuando uno se impacienta, no disfruta. Que hay belleza en el ritmo natural de las cosas. Y que, como en la rueda, no puedes controlar cuánto tarda en llegar tu momento. Solo puedes decidir si lo vives con estrés… o con alegría.

La mejor parte, para mí, es cuando estás arriba. No porque estés “más alto” que nadie, sino porque ahí se abre el panorama. Ves luces que antes no notabas, detalles que solo se revelan con distancia. Y claro, sabes que no vas a quedarte ahí para siempre. Pero eso lo hace más especial.

Me gusta pensar que la rueda también te enseña humildad. Porque así como subes, también bajas. Y no pasa nada. El juego sigue, el ritmo no se detiene. Es parte del ciclo. Lo importante es seguir presente, ver a tu alrededor, compartir la cabina con quien elegiste subir, o incluso, disfrutar tu propia compañía si vas sola.

A veces la vida nos pone en una cabina que no elegimos. A veces el panorama no es tan bonito como esperábamos. Pero incluso ahí, hay lecciones. Hay pausas necesarias, silencios que curan, vistas distintas que no habríamos descubierto si todo fuera en línea recta.

Otras veces nos hace esperar a que “todos se suban a tu proyecto”, que te alcancen en tus metas o se sincronicen con tus ideas. Y la Rueda de la Fortuna nos enseña que no puedes girar rápido hasta que todos las cabinas esten ocupadas.

Así que la próxima vez que te sientas “atascada”, que sientas que todos avanzan menos tú, piensa en la rueda. No te bajaste. Solo estás en la parte del viaje donde se ve diferente. No te desesperes. Tu momento de subir otra vez llegará.

Y cuando lo haga, recuerda mirar alrededor. Agradece el camino, el proceso, el tiempo. No todos se atreven a subir, no todos saben esperar. Tú sí.

Porque la vida no se trata solo de llegar. Se trata de girar, de detenerse, de mirar, de respirar profundo cuando estás en lo alto… y de sonreír cuando vuelvas a empezar.

Y si nos ponemos a analizarlo profundamente, el que primero se sube, primero se baja. Te guste o no.

NOS VEMOS EL PROXIMO MIERCOLES 🙂

No más herramientas…

Leí lo siguiente:

“No necesito más herramientas, necesito menos fricción”… me explotó el cerebro (y el corazón también).

Todo comenzó un martes cualquiera. Ya sabes, ese tipo de día donde tienes 27 ventanas abiertas, 15 apps de productividad descargadas y una lista de pendientes que parece escrita por un enemigo.

Ahí estaba yo, buscando LA herramienta definitiva que me haría más organizada, más eficiente, más… menos yo.

Y de pronto la vi. Esa frase. En mayúsculas, subrayada, como si Dios mismo me la hubiera mandado en un post de LinkedIn:

“No necesito más herramientas, necesito menos fricción.”

¡PUM!

Sentí un golpe directo al ego. Una bofetada con guante blanco digital. Porque claro que necesito herramientas, ¿no? ¿Qué haría yo sin mi calendario, mi app de recordatorios, mis documentos compartidos, el CRM (imaginario a veces), el correo, el WhatsApp, el grupo de WhatsApp del grupo de WhatsApp…?

Pero ahí estaba la maldita frase, viéndome con una ceja levantada y diciendo:

“¿Y de qué te sirve tanto si igual sigues en el caos, Ginita?”

Me quedé pasmada. Cerré todas las ventanas en mi celular (bueno, dejé Spotify) y me puse a pensar: ¿cuántas veces he perdido media hora organizando lo que tengo que hacer, en lugar de simplemente hacerlo? ¿Cuántas veces me he bajado una nueva app porque la anterior no “fluía”, cuando en realidad el problema era que tenía que meterle diez pasos para hacer una tarea sencilla?

Spoiler: no era la herramienta. Era la fricción.

Fricción como esa vocecita que te dice que no empieces porque no va a quedar perfecto.

Fricción como tener que buscar tres veces una contraseña que sabes que está “por ahí”.

Fricción como el síndrome del impostor disfrazado de “solo necesito otro curso para estar lista”.

Fricción es buscar culpables de no avanzar en lugar de aceptar la culpa propia.

La frase me hizo entender que a veces somos como ese señor que compra herramientas carísimas para arreglar la gotera… pero nunca se sube a la escalera.

¿Y sabes qué hice después de ese mini despertar espiritual?

*No, no me volví minimalista digital.

*No, no borré todas mis apps y me fui a meditar al bosque.

Pero sí hice algo revolucionario:

Eliminé todo lo que no estaba ayudando a fluir.

Saqué las herramientas duplicadas, las que no entendía, las que usaba solo por moda (o que vi en un video de TikTok).

Y me quedé con lo que sí uso. Con lo que realmente me ayuda a avanzar sin sentir que estoy empujando un burro cuesta arriba.

Desde entonces, cada vez que me tiento a descargar una cosa más para “ser más productiva”, repito mi nuevo mantra:

No necesito más herramientas. Necesito menos fricción.

(Esta frase aplica a todo: trabajo, salud, amores, pero eso es otra historia).

GRACIAS POR LEERME

Borrón.. y ¿cuenta nueva?

A veces me despierto con una sensación difícil de describir. Es una mezcla de admiración, miedo y nostalgia por un mundo que cambia demasiado rápido. Me asombra la inteligencia artificial y su capacidad de aprender, de responder, de generar, de replicar lo humano… pero también me da miedo.

Miedo de que crezca tanto, tan rápido, que llegue un día en que las generaciones futuras no sepan o peor aún, no valoren, todo lo que significó llegar hasta aquí como seres humanos.

Me preocupa que en la obsesión por perfeccionar algoritmos, automatizar procesos, digitalizar sentimientos, se pierda algo fundamental: la memoria.

No la memoria digital, que acumula terabytes de datos, sino la memoria emocional, cultural, vivencial. Me asusta que dentro de cien años alguien le pregunte a una máquina cómo se vivía en el siglo XX o XXI y que la respuesta no esté basada en la experiencia humana real, sino en una interpretación creada a partir de patrones, cifras y promedios. La historia de nuestra humanidad no es una serie de hechos ordenados cronológicamente.

Es lucha, contradicción, pasión, errores, arte, música, olor a tierra mojada, cartas escritas a mano, canciones que curaron el alma, guerras que marcaron generaciones, manos que se unieron para construir sin saber si funcionaría, pero con fe.

¿Podrá una máquina contar eso? ¿Podrá entender la diferencia entre una madre enseñando a leer a su hijo a la luz de una vela y un programa de lectura automatizado? Siento que estamos en un punto crítico.

Por un lado, la tecnología nos ha dado herramientas impensables. Podemos comunicarnos con alguien del otro lado del mundo en segundos, podemos traducir idiomas al instante, diagnosticar enfermedades con precisión quirúrgica, escribir libros enteros en minutos (como gente que conozco que ahora se creen autores porque usan Chatgpt).

Pero por otro lado, si no tenemos cuidado, esas mismas herramientas podrían silenciar las voces que construyeron el camino. Tengo miedo de que la inteligencia artificial, si no se usa con consciencia, reemplace no solo lo que hacemos, sino lo que somos.

Que un día no se lean más cartas de amor porque los jóvenes prefieran mensajes escritos por un algoritmo “más romántico”; que no se escuchen discos de vinilo porque ya nadie entienda la emoción de poner una aguja sobre una canción; que se olviden los rostros de nuestros abuelos porque ya no hay necesidad de álbumes, ni de memoria, ni de historias contadas en la cocina.

No quiero que se borre la historia. No quiero que las futuras generaciones vivan solo con datos, sin emociones que den contexto. Porque hemos sido maravillosos. La humanidad, con todos sus errores, ha creado cosas hermosas: desde las pinturas rupestres hasta las sinfonías de Beethoven, desde las luchas sociales por la libertad hasta la exploración del espacio. Cada paso ha sido una mezcla de dolor, descubrimiento y amor.

¿Dónde quedará todo eso si solo importan los resultados y no el proceso? Lo que más me duele imaginar es un futuro donde ya no se valore el proceso de evolución. Donde aprender ya no sea una experiencia humana, sino una descarga de datos. Donde las ideas no nazcan de la intuición o la imaginación, sino de predicciones estadísticas. Donde ya nadie se equivoque porque todo fue optimizado para evitar errores, cuando justamente fueron los errores lo que nos enseñaron a ser mejores.

No estoy en contra del progreso (porque no falta quien me diga “¡ay Gina, no quieres mejorar!”). Al contrario, admiro la mente humana que ha hecho posible que una máquina escriba, pinte o incluso hable con emoción simulada. Pero temo que, si no ponemos límites, si no dejamos bien claro lo irremplazable de lo humano, terminemos por borrar todo aquello que nos hace únicos.

La historia no debe ser contada por quienes no la vivieron. La inteligencia artificial puede ser una herramienta, sí, pero nunca debe convertirse en el narrador oficial del alma humana. Porque hay cosas que no se pueden replicar: el temblor de una voz al contar una anécdota, la mirada brillante de quien recuerda a su primer amor, o el silencio que guarda una madre al ver crecer a sus hijos, o esas mariposas en el estómago cuando besas por primera vez ese amor imposible.

Mi mayor miedo no es que la IA nos reemplace, sino que nos olvide. Que seamos tan eficientes, tan rápidos, tan “inteligentes”, que dejemos de ser humanos. Que nos saltemos el viaje por llegar antes al destino, sin darnos cuenta de que el viaje era lo más hermoso.

Por eso escribo esto. Para dejar una huella. Para que, si algún día una máquina intenta contar nuestra historia, encuentre entre sus datos algo como esto: una voz humana, temerosa pero apasionada, que supo valorar el milagro de haber evolucionado con errores, con sueños, con corazón.

NOS LEEMOS A LA PROXIMA. 🙂