Emprendimiento Puro

Hay quienes dicen que fumar un puro cubano es un lujo, una experiencia que requiere calma, paciencia y cierto nivel de sofisticación.

Yo digo que ser emprendedora es lo mismo, pero sin la calma y con mucho menos glamour. Porque si alguien me hubiera explicado que prender un negocio se parecía tanto a prender un puro, tal vez me hubiera comprado un encendedor más grande antes de empezar.

Para empezar, está el ritual de encenderlo. Un puro no se prende de golpe como un cerillo en la oscuridad. Hay que girarlo, cuidarlo, darle espacio para que el fuego agarre parejito.

Igual que cuando uno inicia un negocio: la idea brilla en tu cabeza, pero si no le das aire, tiempo y dedicación, se te apaga en la primera semana y lo único que queda es un olor raro a fracaso.

Después llega el primer jalón. Con el puro, ese momento inicial es engañoso: parece suave, pero en realidad puede darte un golpe inesperado en la garganta. Así pasa cuando arrancas un proyecto: el entusiasmo te hace pensar que todo será ligero y fácil, hasta que descubres trámites, permisos, clientes indecisos y proveedores que desaparecen misteriosamente cuando más los necesitas. Y ahí estás, tosiendo, preguntándote si valía la pena.

Pero claro, la clave está en la paciencia. Un puro cubano no se fuma en cinco minutos. No es cigarro de esquina, es experiencia lenta. Igual que emprender: si quieres resultados inmediatos, mejor vete por unas papitas. Los negocios toman tiempo, energía y, sobre todo, la capacidad de aguantar sin desesperarte cuando parece que nada avanza. Porque si lo fuerzas, se quema mal. Si lo dejas descuidado, se apaga. Lo mismo pasa con tu empresa.

Y no olvidemos lo caro del puro. Todo el mundo sabe que no es barato. Igual que ser emprendedora: inviertes en un logo, en una oficina, en mil cosas que la gente a tu alrededor te dice que “no son necesarias”. Ellos no entienden que detrás de ese gasto hay una apuesta, un sueño, y un poquito de locura. A veces te ven como si hubieras gastado tu sueldo en humo… y pues sí, pero un humo que te hace feliz.

Luego está el ambiente social. Con un puro cubano en la mano, la gente asume que sabes de la vida, que tienes historias interesantes, que perteneces a un club exclusivo. O que te crees la María Félix.

Con un negocio, la gente también asume cosas: que eres tu propio jefe (mentira, tus clientes son tus jefes), que no tienes horarios (mentira, trabajas 24/7), y que ya eres millonaria (mentira, a veces ni para el café y vieran mis calzones).

Lo mejor de todo, sin duda, es la satisfacción final. Terminar un puro cubano es quedarte con el sabor de algo fuerte, con carácter, que requirió tu tiempo y atención. Terminar una etapa en tu negocio, aunque sea chiquita, te deja la misma sensación: que valió la pena, que cada jalón tuvo su propósito, y que sobreviviste al humo, a la tos y al gasto.

Al final del día, ser emprendedora es como fumar un puro cubano: difícil de conseguir, complicado de mantener, pero delicioso de vivir. Eso sí, con la diferencia de que cuando el puro se apaga, ya no hay vuelta atrás. En cambio, cuando tu negocio se tambalea, siempre puedes darle otra chispa, otro intento, y volver a encenderlo.

Y créeme, aunque ambos procesos cuestan lágrimas (y a veces maquillaje corrido), la satisfacción de saborearlo hasta el final… vale la pena.

Nos vemos a la próxima. 💕

Sola… en el bar

Hay algo gloriosamente rebelde, deliciosamente temerario y un poquitito dramático en sentarse sola en la barra de un restaurante y pedir un trago como lo hacen los hombres.

Es como decirle al mundo: “Sí, vine sola… y no necesito compañía para disfrutar esta cheve bien fría”.

Yo lo llamo mi ritual de empoderamiento. Un pequeño acto de independencia con aroma a nebbiolo y fondo de música bossa nova.

¿Por qué?

Porque sentarse sola en la barra no es cualquier cosa. Es una declaración, un performance, una coreografía secreta que empieza desde que empujas la puerta del restaurante con cara de “sé exactamente lo que estoy haciendo” (aunque por dentro estés dudando si debiste haberte puesto otra blusa).

Todo comienza con la entrada triunfal. Entro como si la barra me estuviera esperando. Paso firme, espalda derecha, ojos al frente… como si tuviera una cita con Toto Wolff en el asiento de al lado.

Spoiler: el único que me espera es el bartender y unos televisores donde estan pasando el beis. Busco mi lugar, ni muy esquina (porque parece que me escondo), ni en medio de gente.

Me siento justo donde puedo ver todo ya que mi pasatiempo favorito es ver gente.

En la barra, soy protagonista, soy la mujer misteriosa que todos creen que tiene una historia. Y sí la tengo, pero casi siempre estoy escribiendo las de los demás menos la mía.

La orden del poder: un trago sin disculpas. Trato de recordar los vinos que mi amigo Arnulfo nos ha enseñado a degustar. Llega el momento de pedir el trago. Y pido un Vodka Tonic porque aunque quiera un tinto, he aprendido que los vinos buenos se piden por botella y no quiero tomar tanto.

Pedir un trago sola no es para “buscar conversación”, es para saborear la libertad. Es para sentir que puedo pagar mi cuenta, mi trago y sin pedirle permiso a nadie. Como lo hacen los hombres… pero con más estilo y mas auto-justificación de que no tiene nada de malo.

Que curioso que es 2025 y hacer algo tan simple como llegar al bar sola tiene que venir acompañado de una justificación. Esa crianza tan estricta creo que morirá conmigo.

Sentarte sola en la barra te convierte en observadora profesional. Está el tipo que presume su reloj mientras le cuenta a la mesera su tercera historia de negocios fracasados. La pareja que ya no se habla pero se ven como diciendo “¿pedimos postre o ya nos separamos?”. El señor cansado del trabajo que no quiere llegar a su casa porque le espera otro tipo de problema.

Y claro, siempre hay uno que pregunta “¿vienes sola?” y dependiendo de quien es le contesto Si o No.

Es que eso de “venir sola” no es sinónimo de soledad. Es sinónimo de decisión. De poder estar contigo misma sin necesidad de validación externa. De saber que tú eres suficiente compañía para disfrutar una bebida, una cena y hasta un brindis por lo que viene.

Mi vodka tonic está delicioso. El gusto por el vodka es de mi abuelo Memo. No por que seamos rusos pero era uno de sus tragos favoritos ademas de los vinos tintos. Lo saboreo, tan refrescante al principio y luego comienza a dar calorcito rico.

Termino el trago como se termina un buen libro: con una sonrisa y una ceja levantada. Pido la cuenta sin apuros, dejo buena propina y me bajo del banco.

Salir sola, sentarte en la barra y pedir tu trago es un acto de poder, sí, pero también de placer. Es saber que no necesitas testigos para pasarla bien. Que puedes ser tu mejor cita, tu mejor compañía, y que no hay nada más sexy que una mujer que se toma el tiempo para disfrutar de sí misma… en la barra, con tacones, y con un trago que habla por ella.

No lo hago seguido, pero me gusta saber que siempre tengo esa opción.

Salud por eso.

NOS VEMOS EL PROXIMO MIERCOLES 🙂

🍸

La Rueda de la Fortuna

Hay algo casi mágico en subirse a una rueda de la fortuna. No importa si estás en una feria de pueblo, en el muelle de Santa Mónica, en Disney California Adventure o en Las Vegas con luces bailando a tu alrededor: la experiencia es la misma. Te subes, esperas a que todos encuentren su asiento, y entonces, lentamente, la rueda empieza a girar.

Y justo ahí, en ese momento en el que todo va lento, es donde me cayó el veinte: la rueda de la fortuna es una gran lección de vida. Porque no se trata de velocidad, ni de adrenalina, ni de llegar “más alto” primero. Se trata de paciencia, de confiar en el ritmo, y sobre todo, de disfrutar el paseo.

Vivimos en una era donde todo es inmediato. Un clic y ya compraste, otro clic y ya te contestaron. Pero hay cosas —las más valiosas, las que realmente importan— que no se pueden acelerar. El amor, la sanación, los proyectos con alma, las relaciones verdaderas, el crecimiento personal… todo eso toma tiempo. Como la rueda.

Y qué curioso, porque al principio uno quiere que se mueva rápido. Subes con emoción, con esa ansiedad bonita de lo nuevo. Pero la rueda no se apura. Se detiene, deja que otros suban. A veces te toca estar arriba del todo, viendo el mundo desde otra perspectiva. Otras veces estás abajo, esperando que vuelva a girar. Y eso es la vida. Una serie de subidas y bajadas, a su propio ritmo.

Yo he aprendido —a veces a la mala— que apresurar procesos solo trae frustración. Que cuando uno se impacienta, no disfruta. Que hay belleza en el ritmo natural de las cosas. Y que, como en la rueda, no puedes controlar cuánto tarda en llegar tu momento. Solo puedes decidir si lo vives con estrés… o con alegría.

La mejor parte, para mí, es cuando estás arriba. No porque estés “más alto” que nadie, sino porque ahí se abre el panorama. Ves luces que antes no notabas, detalles que solo se revelan con distancia. Y claro, sabes que no vas a quedarte ahí para siempre. Pero eso lo hace más especial.

Me gusta pensar que la rueda también te enseña humildad. Porque así como subes, también bajas. Y no pasa nada. El juego sigue, el ritmo no se detiene. Es parte del ciclo. Lo importante es seguir presente, ver a tu alrededor, compartir la cabina con quien elegiste subir, o incluso, disfrutar tu propia compañía si vas sola.

A veces la vida nos pone en una cabina que no elegimos. A veces el panorama no es tan bonito como esperábamos. Pero incluso ahí, hay lecciones. Hay pausas necesarias, silencios que curan, vistas distintas que no habríamos descubierto si todo fuera en línea recta.

Otras veces nos hace esperar a que “todos se suban a tu proyecto”, que te alcancen en tus metas o se sincronicen con tus ideas. Y la Rueda de la Fortuna nos enseña que no puedes girar rápido hasta que todos las cabinas esten ocupadas.

Así que la próxima vez que te sientas “atascada”, que sientas que todos avanzan menos tú, piensa en la rueda. No te bajaste. Solo estás en la parte del viaje donde se ve diferente. No te desesperes. Tu momento de subir otra vez llegará.

Y cuando lo haga, recuerda mirar alrededor. Agradece el camino, el proceso, el tiempo. No todos se atreven a subir, no todos saben esperar. Tú sí.

Porque la vida no se trata solo de llegar. Se trata de girar, de detenerse, de mirar, de respirar profundo cuando estás en lo alto… y de sonreír cuando vuelvas a empezar.

Y si nos ponemos a analizarlo profundamente, el que primero se sube, primero se baja. Te guste o no.

NOS VEMOS EL PROXIMO MIERCOLES 🙂

No más herramientas…

Leí lo siguiente:

“No necesito más herramientas, necesito menos fricción”… me explotó el cerebro (y el corazón también).

Todo comenzó un martes cualquiera. Ya sabes, ese tipo de día donde tienes 27 ventanas abiertas, 15 apps de productividad descargadas y una lista de pendientes que parece escrita por un enemigo.

Ahí estaba yo, buscando LA herramienta definitiva que me haría más organizada, más eficiente, más… menos yo.

Y de pronto la vi. Esa frase. En mayúsculas, subrayada, como si Dios mismo me la hubiera mandado en un post de LinkedIn:

“No necesito más herramientas, necesito menos fricción.”

¡PUM!

Sentí un golpe directo al ego. Una bofetada con guante blanco digital. Porque claro que necesito herramientas, ¿no? ¿Qué haría yo sin mi calendario, mi app de recordatorios, mis documentos compartidos, el CRM (imaginario a veces), el correo, el WhatsApp, el grupo de WhatsApp del grupo de WhatsApp…?

Pero ahí estaba la maldita frase, viéndome con una ceja levantada y diciendo:

“¿Y de qué te sirve tanto si igual sigues en el caos, Ginita?”

Me quedé pasmada. Cerré todas las ventanas en mi celular (bueno, dejé Spotify) y me puse a pensar: ¿cuántas veces he perdido media hora organizando lo que tengo que hacer, en lugar de simplemente hacerlo? ¿Cuántas veces me he bajado una nueva app porque la anterior no “fluía”, cuando en realidad el problema era que tenía que meterle diez pasos para hacer una tarea sencilla?

Spoiler: no era la herramienta. Era la fricción.

Fricción como esa vocecita que te dice que no empieces porque no va a quedar perfecto.

Fricción como tener que buscar tres veces una contraseña que sabes que está “por ahí”.

Fricción como el síndrome del impostor disfrazado de “solo necesito otro curso para estar lista”.

Fricción es buscar culpables de no avanzar en lugar de aceptar la culpa propia.

La frase me hizo entender que a veces somos como ese señor que compra herramientas carísimas para arreglar la gotera… pero nunca se sube a la escalera.

¿Y sabes qué hice después de ese mini despertar espiritual?

*No, no me volví minimalista digital.

*No, no borré todas mis apps y me fui a meditar al bosque.

Pero sí hice algo revolucionario:

Eliminé todo lo que no estaba ayudando a fluir.

Saqué las herramientas duplicadas, las que no entendía, las que usaba solo por moda (o que vi en un video de TikTok).

Y me quedé con lo que sí uso. Con lo que realmente me ayuda a avanzar sin sentir que estoy empujando un burro cuesta arriba.

Desde entonces, cada vez que me tiento a descargar una cosa más para “ser más productiva”, repito mi nuevo mantra:

No necesito más herramientas. Necesito menos fricción.

(Esta frase aplica a todo: trabajo, salud, amores, pero eso es otra historia).

GRACIAS POR LEERME

Más fácil hacerlo Mal.

¿Y si mejor no lo hacemos bien? Total, así es más fácil… ¿no?

A ver, seamos honestos: hacer las cosas bien es un arte, una ciencia, una disciplina… y una friega. No es que uno no quiera ser responsable, comprometido y profesional. No. Es que a veces —muchas veces— simplemente parece que la vida conspira para que no te den ganas de hacer absolutamente nada bien.

Primero que nada, hacer las cosas bien implica pensar. ¡Pensar! Y eso ya es pedir demasiado. Pensar significa planear, organizar, anticipar problemas y, peor tantito, solucionarlos. ¿Quién tiene tiempo para eso cuando uno apenas tiene energía para sobrevivir al lunes?

Además, hacer las cosas bien implica tiempo. Y no me refiero a una horita mientras ves memes. No, es tiempo de verdad. Horas de enfocarse, corregir errores, checar detalles, volver a empezar si algo salió mal. ¿Y si en lugar de todo eso me echo una siestecita de “cinco minutos” que mágicamente se convierte en tres horas? Suena más tentador.

Otro problema es la motivación. Uno empieza el lunes con toda la actitud: “¡Esta semana sí voy a hacer todo bien!” Y para el martes a las 11:00 a.m. ya estás cuestionando todas tus decisiones de vida mientras te preguntas si puedes sobrevivir solo con café y chismes de TikTok. ¿Qué pasó con el entusiasmo? Pues que se lo llevó la rutina, la flojera y el hecho de que nadie te aplaude cuando haces las cosas bien… pero todos notan cuando la riegas.

Hacer las cosas bien también requiere compromiso. Y el compromiso da miedo. Porque si te sale bien una vez, ¡ahora lo esperan siempre! O sea, ¡una sola vez haces algo bien y ya te quieren poner de ejemplo en la junta! No, gracias. Prefiero mantener las expectativas bajitas para que nadie se sorprenda cuando no entrego nada.

Además, ¿han notado que hacer las cosas mal a veces es hasta más divertido? Te echas un chisme mientras haces el trabajo a medias, improvisas, sobrevives al caos, y si te preguntan, siempre puedes decir: “¡Ups, se me fue el detalle!” y ya. Con carita de ternura y voz de víctima, se resuelve casi todo.

Ahora, no me malinterpreten. No estoy promoviendo la mediocridad (bueno, tal vez tantito). Solo digo que, en el fondo, todos sabemos que hacer las cosas bien es noble, correcto y admirable… pero no siempre es la opción más fácil. Y como buenos seres humanos que somos, siempre estamos buscando el camino de menor resistencia. Llámalo instinto de conservación, flojera estratégica o talento para la improvisación.

Cosas que me gustaría a veces no hacer bien:

  • Maquillarme y luego desmaquillarme en la noche
  • Contestar cuando tengo una opinión diferente
  • Estacionarme dentro de las lineas en los centros comerciales
  • Sacar la ropa de la secadora inmediatamente
  • Respetar mi turno en una fila
  • No saludar a los que se que no les caigo
  • Publicar en mis redes sociales con toda la honestidad
  • Gastar dinero solo en mi
  • Llorar por nada
  • Tener tiempo para mi
  • Dar explicaciones
  • Creer en el amor de nuevo, especialmente el propio
  • Dar propinas
  • Defenderme de los que me quieren tumbar
  • Tener expectativas

Así que la próxima vez que alguien diga: “Hazlo bien o no lo hagas”, yo solo responderé: “Entonces mejor no lo hago. Porque hacerlo bien… ¡está muy difícil y ahorita no quiero!”

¡NOS VEMOS A LA PROXIMA!

Lo Frágil del Tiempo

Mi papá va a cumplir 30 años que se murió. Tenía 49 años. Quizá por eso lo he estado recordando estos días. No me pone triste porque ahora cuando pienso en él, es una lucha de mi mente por recordar su voz y su mirada. No me da tiempo de ponerme triste porque mi enfoque está en no olvidarlo.

Mientras pensaba en mi papá, saqué cuentas. Llegamos de Hermosillo a vivir a Mexicali en 1984. Mi papá murió en 1995.

No tienen idea lo que me afectó entender que solo vivimos 11 años en Mexicali con mi papá. Yo pensaba que era una eternidad lo que estuvimos con él. “Toda una vida”. Y pues, ahora viendo las cosas, no fue así.

Hay una verdad silenciosa que todos eventualmente enfrentamos: la fragilidad del tiempo. Cuando somos jóvenes, los días parecen interminables, los veranos se hacen eternos y esperar una semana por algo se siente como una vida entera. Pero a medida que envejecemos, el tiempo parece escaparse entre nuestros dedos cada vez más rápido. Los meses se difuminan, los años pasan en instantes, y nos preguntamos: ¿Dónde se fue el tiempo?

Esto no es solo imaginación; es una experiencia psicológica real. Una explicación radica en cómo percibimos el tiempo en relación con nuestra edad. A los cinco años, un solo año representa el 20% de tu vida. Pero a los 50, ese mismo año es solo el 2%. De esta manera, nuestro cerebro mide el tiempo proporcionalmente, lo que puede hacer que cada año que pasa se sienta más corto que el anterior. También está el tema de la novedad. De niños, casi todo lo que encontramos es nuevo: nuestro primer día de colegio, nuestra primera excursión a la playa, nuestra primera amistad. Estas nuevas experiencias crean recuerdos vívidos y una sensación de expansión en el tiempo.

Como adultos, muchos de nuestros días empiezan a seguir rutinas familiares y menos momentos sobresalen. El tiempo, entonces, se siente comprimido no porque transcurra más rápido, sino porque se forman menos recuerdos únicos. El ritmo de la vida moderna también influye. La tecnología nos mantiene constantemente conectados y en constante movimiento: correos electrónicos, mensajes de texto, plazos, notificaciones de redes sociales.

Siempre estamos demasiado ocupados como para tomarnos tiempo para simplemente estar. Nuestra atención se fragmenta, y cuando no nos tomamos el tiempo para estar presentes, los momentos pasan desapercibidos. Los días se llenan, pero no siempre con cosas que dejen impresiones duraderas.

Emocionalmente, la fragilidad del tiempo se hace más evidente al ver a las personas a nuestro alrededor crecer, a los niños convertirse en adolescentes, a los seres queridos fallecer.

Estas transiciones nos recuerdan que el tiempo no solo es precioso, sino también fugaz. Empezamos a medir el tiempo menos en minutos y más en recuerdos, logros y conexiones significativas. Pero en lugar de temer el rápido paso del tiempo, quizás podamos cambiar nuestra relación con él. La solución no es intentar ralentizar el tiempo, sino ser más conscientes de cómo lo empleamos.

Estar presente, crear nuevas experiencias, expresar gratitud y cultivar relaciones pueden ayudar a extender el tiempo de forma significativa.

Sal a caminar sin el teléfono.

Cena con alguien sin distracciones.

Empieza algo nuevo.

Lee mis blogs.

Vuelve a sentir curiosidad.

Cuando nos entregamos plenamente al momento, el tiempo se centra menos en el reloj y más en la profundidad de la experiencia. El tiempo seguirá avanzando: frágil, fugaz, imparable. Pero dentro de esa fragilidad reside un regalo silencioso: la oportunidad de vivir con dedicación. De llenar nuestras vidas no solo con el paso de los días, sino con la riqueza de estar verdaderamente vivos en ellos.

Gracias por leerme y una disculpa por no escribir (este blog) mas seguido.

Nos vemos a la próxima.

El “Rerouting”…

La vida es como un sistema de navegación GPS. Marcamos nuestro destino, fijamos la vista en dónde queremos ir y emprendemos el viaje con confianza. A veces, el camino está despejado: carreteras lisas, semáforos en verde y caminos conocidos. Otras veces, nos topamos con desvíos inesperados, zonas de construcción o tomamos un giro equivocado. Pero, como un GPS, la vida no nos abandona. No nos dice: “Has fracasado. Vuelve al principio”. En cambio, anuncia con calma: “Rerouting o Redireccionando”.

De joven, creía que mi camino era recto y sencillo. Tenía sueños, metas y una visión clara del éxito. Pensaba que si seguía los pasos correctos (estudiar mucho, conseguir un buen trabajo, hacer los contactos adecuados), llegaría a mi destino sin problemas. Pero la vida tenía sus propios planes.

Recuerdo el primer gran desvío: perder a mi papá y abuelo y tío el mismo año. Me sentí varada, como si hubiera perdido la salida y hubiera terminado en un barrio desconocido. Me invadió el pánico y la duda me decía que nunca encontraría el camino de vuelta. Pero, como un GPS que se recalibra cuando te desvías de la ruta, encontré un nuevo rumbo…aprendí que la familia es lo mas importante.

Luego vinieron las relaciones: otro viaje lleno de giros inesperados. Me enamoré, imaginé una vida con alguien y planifiqué un futuro que parecía tan seguro. De nuevo, la vida me susurró: “Redireccionamiento”. Me tomé un tiempo para sanar, para comprenderme mejor y para redescubrir lo que realmente quería.

A veces, el redireccionamiento lleva más tiempo del esperado. Me frustra sentir que doy vueltas en círculos o retrocedo. Pero he aprendido que cada camino, incluso los inesperados, me enseña algo nuevo. Tal vez necesitaba ese giro equivocado para ganar perspectiva o desarrollar resiliencia.

Hay momentos en que me resisto obstinadamente, convencida de que mi camino es el único. El GPS nunca se enoja ni me juzga; simplemente recalcula, ofreciendo una nueva ruta cada vez que me desvío. La vida también es así. Es paciente y nos da innumerables oportunidades para reencontrarnos.

Una de las lecciones más importantes que he aprendido es confiar en el desvío. No significa fracasar, significa adaptarse. Significa soltar el plan rígido que tenía en la cabeza y permitirme explorar territorio inexplorado. A veces, la ruta panorámica es más hermosa que la carretera. A veces, el desvío me lleva a un lugar que nunca supe que debía visitar.

Así que ahora, cuando la vida me sorprende con un cambio repentino o un desafío inesperado, respiro hondo y recuerdo: “Redireccionar”. Es simplemente un nuevo camino hacia el mismo destino, o quizás uno mejor. No importa cuántas veces tenga que recalcular, seguiré adelante, sabiendo que el viaje es tan importante como el destino.

Nos vemos pronto.

14 Años de Mi Blog: Un viaje de Gratitud y Reflexión

Hoy celebro un logro increíble: mi blog cumple 14 años. Catorce años escribiendo, compartiendo pensamientos, explorando ideas, conectando con personas de todo el mundo. Si me lo hubieran dicho aquel día en que publiqué mi primera entrada, llena de dudas y entusiasmo, no sé si lo habría creído. Pero aquí estamos, una década y media después, y lo único que puedo sentir es gratitud.

Cuando empecé este blog, lo hice con una mezcla de curiosidad y necesidad. Quería un espacio donde pudiera expresar mis pensamientos sin filtros, donde pudiera escribir sobre los temas que me inquietaban y me apasionaban. Nunca imaginé que encontraría una comunidad tan fiel, personas que han estado aquí desde los primeros días, leyendo cada publicación, dejando comentarios, compartiendo mis escritos. Catorce años no son poca cosa. Han pasado tantas cosas en este tiempo: cambios personales, avances tecnológicos, crisis globales, momentos de inspiración y de incertidumbre. Pero algo se ha mantenido constante: este espacio, este rincón en internet donde siempre puedo volver y sentirme en casa. A lo largo de los años, el blog ha evolucionado.

Al principio, escribía sin pensar demasiado en quién me leería. Con el tiempo, fui comprendiendo la responsabilidad que conlleva tener una audiencia, por pequeña o grande que sea. Mis palabras tienen impacto, mis ideas pueden resonar en otros. Eso me ha llevado a ser más reflexiva, a escribir con mayor intención, a cuidar el contenido que comparto. Pero si algo he aprendido es que escribir no es solo compartir, sino también recibir. Gracias a este blog, he tenido la oportunidad de conocer personas maravillosas, de aprender de sus experiencias, de intercambiar ideas. Algunos de ustedes han estado aquí desde el principio, otros se han unido en el camino, pero todos han dejado huella.

No hay manera de expresar cuánta gratitud siento por cada uno de ustedes que ha dedicado un poco de su tiempo a leerme. Sé que en estos tiempos hay un sinfín de distracciones: redes sociales, noticias, plataformas de streaming, entretenimiento en todas sus formas. Y, sin embargo, siguen viniendo aquí, siguen dejando sus comentarios, siguen formando parte de esta comunidad. Cada vez que recibo un mensaje de alguien que me dice que mis palabras le hicieron reflexionar, que encontró consuelo en una publicación, que se sintió acompañado en un momento difícil, recuerdo por qué empecé a escribir. (Tambien gracias a este blog pude asociarme con las mejores personas y lanzar LA REVISTA BINACIONAL).

Este blog es un espacio de conexión, de intercambio, de crecimiento mutuo. Sé que la fidelidad en internet es algo raro. Los intereses cambian, las plataformas evolucionan, las modas van y vienen. Por eso valoro tanto que, después de 14 años, sigan aquí. No sé qué hice para merecerlo, pero lo agradezco con todo el corazón.

Mientras celebro este aniversario, no puedo evitar pensar en el estado del mundo, en cómo han cambiado las cosas desde que empecé a escribir. En especial, mi cabeza no logra entender todo lo que está pasando en Estados Unidos y en la política global. Cuando abrí este blog, el mundo parecía moverse en una dirección diferente. Había retos, por supuesto, pero también esperanza. Ahora, la incertidumbre es la norma. La política en Estados Unidos se ha vuelto un campo de batalla constante, una lucha de poder donde parece que la verdad y la ética han pasado a un segundo plano. Veo los titulares y no sé si sentirme sorprendida o resignada. Me pregunto cómo llegamos aquí. ¿Cómo un país que ha sido un referente de democracia y libertad ha terminado sumido en tal polarización? ¿Cómo es posible que la desinformación y las teorías de conspiración tengan más peso que los hechos?

Me cuesta entenderlo, y me frustra no encontrar respuestas claras. Lo que más me inquieta es que esta crisis no se limita a un solo país. Es un reflejo de una tendencia global. La política se ha convertido en un espectáculo, en una guerra de egos donde lo que menos importa es el bienestar de las personas.

Nos hemos acostumbrado a vivir en un estado de alerta constante, a recibir noticias que parecen sacadas de una película de ficción. Pero a pesar de todo, quiero seguir creyendo en el poder del diálogo, en la posibilidad de cambio. Quiero pensar que aún hay espacio para la empatía, para la construcción de puentes en lugar de muros. No sé cómo será el futuro, pero sé que escribir es una forma de resistencia, una manera de mantener viva la conversación, de no rendirse ante la indiferencia.

No sé qué nos depara el futuro, ni para el mundo ni para este blog. Pero si algo he aprendido en estos 14 años es que la escritura es un refugio, una forma de ordenar el caos, de dar sentido a lo que parece incomprensible.

Seguiré aquí mientras tenga algo que decir, mientras haya lectores dispuestos a acompañarme en este viaje. No sé si llegaremos a los 20 años, pero por ahora, celebrar 14 es un recordatorio de que las palabras tienen poder, de que la conexión humana sigue siendo lo más valioso que tenemos. Gracias por estar aquí, por leerme, por hacer de este blog un espacio vivo. Este aniversario es tanto mío como de todos ustedes. Sigamos adelante, juntos.

Un Martes Cualquiera

El día comenzó muy bonito. Fui a desayunar con mi hermana antes de que se regresara a Mexicali y luego me ayudó con unas cajas y bolsas que estaban en mi cochera, pero realmente pertenecen al almacén de uno de mis socios.

Me fui al trabajo y traigo la inquietud que vi “caquitas” de ratón en mi cochera por donde estaban esas cajas viejas que tienen revistas y papelería.

Llegué al almacén y les dije que tenía ese pendiente. Algo presentía.

Comenzamos a sacar de una de las bolsas grandes, de esas militares, los focos y luces que usamos para los podcasts. (Ya vamos a empezar a hacer podcasts más seguido).

Rafael dijo “huele medio feo esta bolsa”.

Y yo, “¡la rata!”.

En eso se le ocurre voltear la bolsa para vaciarla y pues efectivamente.

Salió corriendo una rata del tamaño de mi perrita Yorkie y la perdimos. Y también cayó al piso otra, muerta.

Le tomé foto y la mandé en el chat de la oficina. Michelle, nuestra diseñadora, me preguntó, “¿y si está muerta? Porque esas ratas usan como mecanismo de defensa hacerse las muertas”.

Pues no supe. Rafael ya la había tirado, pero en la foto se puede ver como que se le dilataron las pupilas y todavía muy fresca (recién muerta pues).

Después de medio infartarme por la rata que pasó encima de mis pies, fui a la llantera porque tengo semanas que la llanta de mi carro pierde aire. Y pues sí, traía un tornillo. La desponché.

Me fui a comprar trampas de pegamento para las ratas y las puse en mi cochera por si dejaron familia las dos ratas que me llevé al almacén.

Llegué temprano a mi casa para seguir trabajando un poco y como a las 6 de la tarde me fui con mi hija a comer algo y a las tiendas.

Comimos rico, un lugar sencillo de Chula Vista que se llama D’Lish. Pedimos pasta y pizza antes de irnos a las tiendas.

Fuimos al Trader Joes por algunas cosas que faltaban en la casa, unos vinitos y unas cervecitas para surtir el refrigeradorcito.

De allí seguimos de compras (yo tenía que comprar el regalo del intercambio de la oficina) y luego ya llegué a Walgreens por una bolsa de regalo y nos fuimos a la casa a descansar.

“Luisa, ¿me marcas?”, le dije a mi hija porque no encontraba mi celular.

Nada.

Fui al carro a ver si estaba el celular y NADA.

Entré en un modo pánico.

FIND MY IPHONE, esa aplicación es lo mejor. Nos metimos del celular de mi hija y pudimos encontrar mi teléfono en el D’LISH.

Lo dejé allí cuando cené.

Marcamos por teléfono al restaurant para decirles que me lo guardaran y nadie contestó por lo que decidimos ir por él.

Me estresé demasiado, aunque sea una tontería pero significa CONTRATIEMPO y no tengo tiempo de perder tiempo.

También me di cuenta de que, por más de tres horas, no necesité mi celular. Me sentí orgullosa de eso, jajajaja.

Llegamos al estacionamiento del restaurant, en plaza Terra Nova y el FIND MY IPHONE seguía mostrando que se encontraba en el D’LISH.

El lugar estaba oscuro ya que habían cerrado hace como dos horas.

En eso sale del lugar una de las meseras. Ella se llamaba Martha. (Ella se llamaba así).

“Hola, dejamos el celular en el restaurant.”, le dice mi hija.

“Ah si, ya se. Pero ya cerré y puse la alarma. Mejor vengan mañana a las 11am”, dijo la mesera vestida navideña con un ugly sweater y un gorro de navidad.

Y yo, “Pero ya estoy aquí. ¿No me puedes abrir y darme el celular?”, yo con cara de Ten Piedad de esta Señora cansada.

“No. Ya puse la alarma y todo. Mañana hablen a las 10:30am y a las 11 am ya pueden pasar por él”.

Ya no le alegué. Le quería decir “No quieres que te pisen lo trapeado del piso, ¿o qué?” pero mejor me fui del lugar.

Mi hija y yo incrédulas con la falta de servicio a terceros. Yo si se lo hubiera dado. Me hubiera dado gusto entregarlo porque se siente muy feo y uno se siente muy estúpido cuando pierdes algo.

Me regresé a mi casa, al menos sabiendo que en un cajón de un restaurant italiano duerme mi iphone.

El día de hoy tuve todas las emociones habidas y por haber.

Lloré temprano, me reí mucho, me asusté con la rata, me dio asco. Me dio hambre, me cansé, gasté y disfruté hacerlo.

Y entre una limonada del D’Lish y una botella de agua empezada en mi casa cuando llegué, descuidé mi celular y por varias horas juraba que estaba en mi bolsa.

No supe la falta que me hacía hasta que me di cuenta de que no estaba conmigo.

FIN DE MI RELATO. (Espero que si me lo entreguen)

Gracias por leerme. NOS VEMOS EL PROXIMO MIERCOLES. 😊

NO ES EL RIMEL

“No es el rímel”

Así me dijeron cuando me quejé de que el rímel ZAN ZUSI ya no es lo de siempre. Mi queja fue porque antes mis pestañas con ese rímel se veían espectaculares.

Sí, duraba para siempre hasta que usabas un aceite para desmaquillarte como por media hora.

Mis pestañas siempre han sido muy largas pero CERO rizadas y ese rímel era mi favorito (creo que me lo recomendaron mis primas de Hermosillo).

Cada que voy a la Dax o a Mexicali, compro rímel mexicano. Pero cuando vi que el producto cada vez es mas “chafa” lo primero que pensé es que bajaron la calidad.

Pero cuando me dijeron “no es el rímel” de manera pasiva agresiva, supe que la que cada vez está más amolada soy yo.

No sabía si reírme o llorar.

Pues sí, obviamente cada vez tengo menos colágeno.

Mis ojos han llorado más de lo debido en esta vida y por consecuencia, mis pestañas cada vez están más escasas y cansadas.

Hace unos años, estuve vendiendo un rímel llamado YOUNIQUE, me lo acaba de recordar mi amiga Elsa, pero luego hubo devaluaciones y el rímel se hizo muy caro.

Ese rímel me gustaba, pero si me daba poquita alergia el polvito.

Entonces me puse a buscar el rímel perfecto porque la verdad, como mujer que se pinta desde los 13 años, el rímel es de lo mas importante.

(Si, ya sé. Las pestañas postizas son mejor pero no puedo andar con ellas todo el día. Me tengo que rascar la córnea de pura desesperación).

Encontré tres marcas que más o menos me gustan:                      

  1. PROSA, un rímel mexicano que encuentras en todas las farmacias y tienditas de abarrotes. Me encantó la brocha porque es grande y siento que con una sola pasada quedan bonitas las pestañas. El precio es muy barato, mucho menos de $5 dólares.
  • BETTER THAN SEX, un rímel que hace mucho me recomendaron, pero no le había hecho caso hasta hace poco, en mi búsqueda. Pues sí, se llama BETTER THAN SEX, o sea, MEJOR QUE SEXO. Pues no se que decir. No se me hizo la gran cosa (el rímel) o ya no me acuerdo lo otro. Pero pues, si saca del apuro y cumple con el requisito (el rímel) pero no se si mejor que el sexo, la verdad. No es nada barato (el rímel) y lo compré en Ulta.
  • BIG by SEPHORA, un rímel que llegó a mi por casualidad porque es una muestra que le regalaron a mi hija con su cuenta de la Sephora, pero al final me lo quedé yo. Me gustó mucho mas que el BETTER THAN SEX y lo que hice fue usar la brocha del PROSA con el rímel BIG. El precio es mas caro que el PROSA, pero mucho más barato que BETTER THAN SEX. Sephora si le atinó a esto.

Total, este blog, que por cierto me disculpo por haber dejado de escribir tantas semanas (pero es que no estaba ni inspirada de lo cansada que estaba) no es para describir productos de maquillaje.

El origen de este blog es que la frase NO ES EL RIMEL me hizo reflexionar que realmente es verdad. Uno cambia en el día a día y las cosas que antes eran lo máximo tal vez ahora no lo son.

Pero uno se aferra a quedarse en el mismo lugar. Se detiene y encuentra todos los pretextos para no cambiar y no dar otro paso.

La zona de confort, aunque ya no nos satisface, se hace muy difícil de abandonar.

NO ES EL RIMEL me recuerda a la frase “NO ERES TU, SOY YO”.

Si aplicas esa frase a cada aspecto de tu vida, ¿cuán diferente sería?

Por eso te enteras de parejas que deciden separarse.

Te das cuenta de que los trabajos y los negocios son temporales.

No temas cambiar, no temas dar ese paso, no temas aventarte y no temas arriesgarte.

Teme al quedarte donde estas si no estas 100% feliz.

GRACIAS POR ESPERAR MI BLOG.

NOS VEMOS EL PROXIMO MIERCOLES 😊