A creerle a las niñas

Si les creyéramos a las niñas, nos ahorraríamos tantos horrores.

Hay algo profundamente torcido en el mundo adulto. Algo que no cuadra. Algo que dice mucho de nosotros y nada bueno. Cada vez que una niña habla, duda. Cada vez que una niña acusa, cuestionamos. Cada vez que una niña cuenta su verdad, lo primero que hacemos no es protegerla… es pedirle pruebas.

Pruebas de su dolor.
Pruebas de su trauma.
Pruebas de algo que jamás debió vivir.

Cuando salió a la luz todo lo relacionado con Epstein y su red sexual y de tráfico de menores, mucha gente se horrorizó. Con razón. Pero lo verdaderamente aterrador no fue solo lo que pasó, sino cuánto tiempo pasó antes de que alguien escuchara. Porque esas niñas hablaron. No fue silencio. Fue incredulidad.

Y entonces surge la pregunta incómoda:
¿por qué necesitamos pruebas y más pruebas cuando quien habla es una niña?

Nadie le pide pruebas a un adulto poderoso cuando sonríe en una foto elegante. Nadie le exige evidencias emocionales a quien tiene dinero, apellido o influencia. A ellos se les cree por default. A las niñas no. A ellas se les examina como si estuvieran rindiendo un examen que, si fallan, las condena para siempre.

¿Y si exagera?
¿Y si lo malinterpretó?
¿Y si lo inventó?

Qué curioso que esas preguntas siempre caen del mismo lado.

Si les creyéramos desde el principio, cuántos abusos se habrían evitado. Cuántas infancias se habrían salvado. Cuántos depredadores habrían sido detenidos antes de convertirse en redes enteras protegidas por poder, dinero y silencio.

Porque el abuso no crece en la oscuridad solamente. Crece en la duda. En el “mejor esperemos”. En el “no hay pruebas suficientes”. En el “no arruinemos la reputación de alguien importante”, o el tan horrible “qué dirán”.

Como si la reputación de un adulto valiera más que la vida emocional de una niña.

Lo más cruel es que a las víctimas se les exige coherencia perfecta. Que recuerden fechas, horas, detalles. Que no se contradigan. Que no lloren demasiado… pero tampoco muy poco. Que estén rotas, pero no incómodas. Que sufran, pero de manera aceptable.

Y cuando no cumplen con ese guion imposible, se duda otra vez.

Tal vez el problema no es la falta de pruebas. Tal vez el problema es que no queremos creer. Porque creer implicaría aceptar que el mundo no es tan seguro como nos gusta pensar. Que el peligro no siempre viene de un extraño en la calle, sino muchas veces de alguien invitado a la mesa.

Creerle a una niña es un acto de valentía colectiva. Es decir: te veo, te escucho y tu palabra importa. Es romper con siglos de silencios cómodos. Es aceptar que proteger es más importante que quedar bien.

Si les creyéramos desde el primer momento, no estaríamos reaccionando tarde. No estaríamos contando víctimas. No estaríamos diciendo “cómo nadie se dio cuenta”.

Alguien se dio cuenta.
Ellas lo dijeron.

La pregunta real no es ¿por qué no había pruebas suficientes?
La pregunta es ¿por qué nunca fue suficiente su palabra?

Porque mientras sigamos dudando de las niñas, los monstruos seguirán confiados. Y el silencio seguirá siendo el mejor cómplice del abuso.

Yo, como niña que fui y como niña que llevo dentro, SI LES CREO.

Nos vemos a la próxima.

“BELIEVE THE GIRLS”


If we believed the girls, we would spare ourselves so many horrors.

There is something deeply twisted in the adult world. Something that doesn’t add up. Something that says a lot about us, and none of it good. Every time a girl speaks, we doubt her. Every time a girl accuses, we question her. Every time a girl tells her truth, the first thing we do is not protect her… it’s to ask for proof.

Proof of her pain.
Proof of her trauma.
Proof of something she should never have had to experience.

When everything related to Epstein and his sex and child trafficking ring came to light, many people were horrified. Rightly so. But the truly terrifying thing wasn’t just what happened, but how long it took before anyone listened. Because those girls did speak. It wasn’t silence. It was disbelief.

And then the uncomfortable question arises:
Why do we need proof upon proof when the person speaking is a girl?

Nobody asks a powerful adult for proof when they smile in an elegant photo. Nobody demands emotional evidence from someone who has money, a prestigious last name, or influence. They are believed by default. Not girls. They are examined as if they were taking an exam that, if they fail, condemns them forever.

What if she’s exaggerating?
What if she misinterpreted it?
What if she made it up?

How curious that these questions always fall on the same side.

If we had believed them from the beginning, how many abuses would have been prevented? How many childhoods would have been saved? How many predators would have been stopped before they became entire networks protected by power, money, and silence?

Because abuse doesn’t only grow in darkness. It grows in doubt. In “let’s wait and see.” In “there isn’t enough evidence.” In “let’s not ruin the reputation of someone important.” Its in the “let’s keep this in the family”.

As if an adult’s reputation were worth more than a girl’s emotional well-being.

The cruelest thing is that victims are required to be perfectly consistent. That they remember dates, times, details. That they don’t contradict themselves. That they don’t cry too much… but not too little either. That they be broken, but not inconvenient. That they suffer, but in an acceptable way.

And when they don’t follow that impossible script, the doubts resurface.

Perhaps the problem isn’t the lack of evidence. Perhaps the problem is that we don’t want to believe. Because believing would mean accepting that the world isn’t as safe as we like to think. That danger doesn’t always come from a stranger on the street, but often from someone invited to the dinner table.

Believing a girl is an act of collective courage. It means saying: I see you, I hear you, and your word matters. It’s breaking with centuries of comfortable silences. It’s accepting that protecting is more important than saving face.

If we believed them from the very beginning, we wouldn’t be reacting too late. We wouldn’t be counting victims. We wouldn’t be saying, “How did no one notice?”

Someone did notice.
They said so.

The real question isn’t why there wasn’t enough evidence.
The question is why their word was never enough.

Because as long as we continue to doubt girls, the monsters will remain confident. And silence will continue to be the best accomplice of abuse.

I, as the little girl I was, and the little girl still in me, I BELIEVE THEM.

See you next time.

El Rostro que vi en Chicago

La vi sin buscarla. O quizá sí, porque cuando uno camina con el alma un poco abierta, ciertas escenas te encuentran solas. Estaba ahí, parada en una esquina de Chicago, esperando el camión. Quietecita. Como si el tiempo no tuviera prisa con ella… o como si ella ya hubiera aprendido a no pelearse con el tiempo.

Era uno de esos días que duelen en los huesos. Siete grados Fahrenheit. El frío de verdad. El que no perdona. Y aun así, ahí estaba, sin botas para el invierno, con zapatos sencillos, gastados, de los que han caminado más historias que cuadras. Llevaba un abrigo oscuro, humilde, sin pretensiones. No intentaba verse joven. No intentaba verse fuerte. Simplemente era.

Su rostro me atrapó. No por la tristeza aunque había algo de melancolía, sino por la profundidad. Era un rostro que no pedía nada, pero lo decía todo. Arrugas que no parecían errores del tiempo, sino marcas de vida. Como mapas. Como capítulos.

Me dio nostalgia. Una nostalgia que no era mía, pero que reconocí. Esa que aparece cuando ves algo que te recuerda que todo pasa, que todo cambia, que todos , si tenemos suerte, llegamos a ese punto donde el cuerpo se cansa, pero el alma ya sabe cosas.

No sé qué estaría pensando mientras esperaba el camión. Tal vez en alguien que ya no la acompaña. Tal vez en una casa silenciosa. Tal vez en un día cualquiera que se parece demasiado al anterior. O tal vez en nada. Y pensar en nada, a veces, es un descanso merecido.

Estaba sola. Eso fue lo que más me dio sentimiento. Sola en una ciudad inmensa, ruidosa, indiferente. Pero no se veía abandonada. Se veía completa. Como alguien que ha aprendido a sostenerse a sí misma. Y eso, hoy en día, es una forma poderosa de fortaleza.

Me imaginé su historia. No una historia dramática de película, sino una real. De las que casi nunca se cuentan. Una vida hecha de sacrificios silenciosos. De levantarse temprano. De cumplir. De postergar sueños propios para que otros pudieran tener los suyos. De amar sin manual y de perder sin explicación.

Tal vez fue madre. Tal vez abuela. Tal vez trabajó toda su vida sin reconocimiento. Tal vez emigró. Tal vez no. Pero seguro vivió. Y vivir deja huella.

Mientras la veía y me comía un Cinnabon (porque el frío me pedía calorías), pensé en cómo medimos el éxito hoy. En lo rápido, en lo joven, en lo visible. Y ella, ahí parada, me recordó que hay otro tipo de riqueza: la que no se presume. La que se carga en la mirada. La que no necesita likes ni aplausos.

Esperar el camión puede parecer un acto pequeño. Pero en ese momento se convirtió en una metáfora enorme. Esperar sin quejarse. Esperar sin dramatizar. Esperar porque sabes que, al final, algo llega. Y si no llega, igual sigues de pie.

Quise preguntarle si tenía frío. Quise ofrecerle algo. Pero no lo hice. A veces el respeto también es saber ver sin metichar. Así que solo la guardé. En la memoria. En el corazón.

Le tomé una foto no para exhibirla, sino para recordarme que la belleza no siempre grita. Que muchas veces suspira. Que hay historias caminando a nuestro lado que no conocemos, pero que nos pueden enseñar más que mil discursos.

Esa mujer, esperando el camión en Chicago, me regaló una lección sin decir una palabra:

que la dignidad no envejece,

que la espera también es valentía,

y que seguir de pie, incluso con frío, incluso en soledad, ya es una forma de triunfo.

Desde ese día, cuando el frío apriete o la vida se ponga lenta, pensaré en ella.

¡Nos vemos a la próxima!

Saludos desde Chicago

Palabras que me gustan

El otro día estaba en TikTok, como quien no quiere la cosa, cuando me topé con una entrevista de Ben Affleck. Así, Ben Affleck, Hollywood, Batman, alfombras rojas, y de pronto sueltan que su palabra favorita en español es “sacapuntas”.
Sacapuntas.
No amor, no corazón, no tequila. Sacapuntas.

Me dio risa, pero también me hizo pensar. Porque la palabra no es elegante ni romántica, pero tiene algo… es fuerte, es concreta, es honesta. Es una palabra que dice exactamente lo que hace. Saca puntas. Fin. No promete más de lo que cumple. Y ahí fue cuando pensé: todos tenemos palabras favoritas, aunque no sepamos por qué.

Yo sí las tengo. Muchas. Y no porque suenen finas, sino porque me provocan algo. Algunas me abrazan, otras me hacen reír, otras me recuerdan a mi niñez, a mi familia, a sobremesas largas, a carcajadas sin reloj.

Yo amo las palabras porque me han metido en problemas pero también me han salvado la vida.

El español tiene eso: es exagerado, dramático, sabroso. No dice “un poco”, dice “poquito”. No dice “está mal”, dice “está de la fregada”. No se conforma con existir, necesita sentirse.

Así que inspirada por Ben Affleck y su sacapuntas, hoy decidí sentarme a escribir sobre mis palabras favoritas en español. No son las mejores, ni las más correctas, ni las más cultas. Son las que me gustan a mí. Las que me salen sin pedir permiso.

Aquí van, sin ningún orden lógico, como debe ser la vida:


1. Afán
2. Siniestro
3. Estrenar
4. Chafa
5. Antojo
6. Quejido
7. Chicharrones
8. Madrugada
9. Relajo
10. Carcajada
11. Compadres
12. Cacahuate
13. Aguantar
14. Comezón
15. Desvelada
16. Ideático
17. Desahogo
18. Taninos
19. Finiquito
20. Resonancia
21. Arracada
22. Cosquillas
23. Tranquilidad
24. Vinito
25. Gerundio

Mientras escribía esta lista me di cuenta de algo: nuestras palabras favoritas hablan mucho de nosotros. De lo que necesitamos, de lo que valoramos, de lo que extrañamos. No es casualidad que muchas de las mías tengan que ver con conexión, con emoción, con comunidad.

Tal vez por eso me encantó lo de Ben Affleck. Porque entre tanto glamour, eligió una palabra sencilla, casi infantil. Y eso me recordó que el lenguaje no es para impresionar, es para sentir.

Así que la próxima vez que alguien te pregunte cuál es tu palabra favorita, no contestes rápido. Piénsala. Seguramente ahí hay una pista de quién eres hoy.

Y si no sabes cuál es… empieza por sacapuntas. Quién quita y te cambie el día.

Nos vemos a la próxima.

Llaves y Candados

Llaves y candados

El otro día estaba en un evento. De esos donde la música suena de fondo, las voces en coro, las sonrisas se reparten casi por compromiso y el “¡tanto tiempo sin verte!” se escucha más de lo que realmente se siente. Caminaba entre mesas, abrazos, conversaciones cruzadas… y de pronto me di cuenta de algo: conocía a casi todos. Algunos de algún tiempo, otros de etapas recientes, otros de versiones de mí que ya no existen.

Y fue ahí, en medio de ese mar de caras conocidas, cuando se me vino a la mente una idea tan clara como incómoda: hay personas que son llave y hay personas que son candado.

No fue un pensamiento planeado ni filosófico. Simplemente llegó. Como llegan las verdades que no se pueden ignorar.

Las personas llave son esas que, sin darse cuenta, te abren puertas. A veces no hacen nada extraordinario. No te cargan, no te empujan, no te rescatan. Simplemente creen en ti.

Te escuchan sin juzgarte. Te dicen “sí se puede” cuando tú solo ves niebla. Te recomiendan, te conectan, te presentan, te mencionan cuando no estás en la sala. Son las que te abren caminos que ni siquiera sabías que existían.

Una persona llave no siempre está contigo todos los días. A veces aparece solo un momento, gira suavemente, y sigue su camino. Pero el efecto se queda contigo para siempre.

En ese evento pude identificar claramente quiénes habían sido llaves en mi vida. Personas que, en distintos momentos, me ayudaron a avanzar, a crecer, a atreverme. Algunas me ofrecieron oportunidades. Otras me ofrecieron algo todavía más valioso: confianza. Me dieron permiso, aunque no lo sabían, de soñar más grande.

Pero también estaban los candados.

Los candados no siempre son villanos. No llegan con malas intenciones ni con caras largas. De hecho, muchos sonríen, te abrazan y te preguntan cómo estás. Los candados suelen ser sutiles. Se esconden en comentarios como “eso está muy difícil”, “no creo que sea el momento”, “mejor quédate donde estás”, “¿para qué arriesgar?”.

Son esas personas que, cada vez que hablas de un nuevo proyecto, de una idea o de un sueño, sienten la necesidad de ponerle peso encima.

El candado no siempre te dice que no. A veces simplemente te hace dudar. Y la duda es una de las formas más efectivas de frenar a alguien.

Mientras observaba a todos en ese lugar, entendí algo más fuerte aún: hay personas que fueron llave en un momento de tu vida y que después se convierten en candado. Y viceversa. Porque la vida cambia, tú cambias, y las relaciones también. No todos están destinados a acompañarte en todas tus versiones.

Y eso está bien.

Lo difícil no es aceptar que existen llaves y candados. Lo difícil es reconocer cuándo alguien que quieres se ha convertido en un candado para ti. Porque aceptar eso implica tomar decisiones incómodas. Implica poner límites. Implica, a veces, tomar distancia sin odio, sin drama, pero con claridad.

También entendí algo muy importante ese día: uno mismo puede ser su propio candado. Cuántas veces no me he cerrado puertas yo sola por miedo, por inseguridad, por escuchar demasiado las voces externas.

Cuántas veces no me dije “mejor no”, “no soy suficiente”, “tal vez después”. El candado más fuerte no siempre viene de afuera. Muchas veces vive dentro de nosotros.

Por eso, además de rodearnos de personas llave, tenemos que aprender a convertirnos en nuestra propia llave. En alguien que se impulse, que se atreva, que se permita fallar y volver a intentar. En alguien que no se cierre el camino antes de recorrerlo.

Al salir del evento, con el ruido aún en la cabeza y los pensamientos más claros que nunca, me prometí algo: agradecer profundamente a las llaves que han pasado por mi vida, soltar sin rencor a los candados que ya no me permiten avanzar y, sobre todo, no convertirme yo en el candado de nadie más.

Porque todos estamos luchando nuestras propias batallas. Y si no vamos a abrir puertas, al menos no seamos quienes las cierran.

Al final del día, la vida es eso: un camino lleno de puertas. Algunas se abren con facilidad, otras requieren paciencia y otras, simplemente, no eran para nosotros. Pero mientras sigamos buscando llaves, afuera y dentro, siempre habrá una forma de avanzar.

Y tú, ¿eres llave… o candado?

25 Agradecimientos este 2025

1. Por mi café mañanero, porque a eso me levanto.

2. Por La Revista Binacional, porque me recuerda todos los sentimientos que un humano puede tener, a veces todos al mismo tiempo, el mismo día. A todo el equipo, gracias.

3. Por las videollamadas, la mejor herencia del COVID.

4. Por mis tenis favoritos, que combinan con todo… menos con lo que ya traigo puesto. Pero estaban casi regalados mis Hoka morados.

5. Por los correos que redacto en mi cabeza, pero nunca mando (y la verdad estaban buenos).

6. Por las juntas que pudieron ser un mensaje, pero para hacernos sentir mas importantes las hicimos en persona.

7. Por mi celular, que siempre cae de panza al piso como si fuera apuesta, (bueno, mas bien, doy gracias por el protector que le compré que me lo cuida super bien)

8. Por el GPS, que me manda por “la ruta más rápida”, donde nomás voy yo.

9. Por mis pestañas que todavía no se me caen, aunque llore, tenga alergia, me despinte con aceite del mas chafa. Ya no son las de cuando tenía 20 pero todavía tengo.

10. Por la gente que dice “nomás una pregunta”, y terminamos sentados platicando.

11. Por las noches que juro dormirme temprano, y termino dándole vuelta a TikTok hasta que sale una gringa que dice en su video “You have been scrolling for hours”.

12. Por los días que despierto sin alarma, pero el cerebro insiste en las 6 am.

13. Por mi cama, que es mi base, mi refugio, mi lugar seguro.

14. Por mi Kiara, mi Yorkie preciosa, la reina de mi casa, que sabe cuándo necesito de su amor.

15. Por los mensajes de “¿sigue interesada?”, cuando nunca pedí nada, pero bueno.

16. Por los que me piden seguirme en redes sociales y en cuanto los acepto me mandan por mensaje privado “Te ayudo a bajar 15 kilos”. Dios los bendiga, jajaja.

17. Por mi calendario que está lleno de cosas que hacer. Así no estoy sin hacer nada ni pensando cosas negativas.

18. Por el DJ de Spotify que me quiere mucho y me pone música muy padre.

19. Por WICKED, 1 y 2 y aquel blog que hice hace 10 años. https://ginadewar.com/2015/06/03/wicked-asi-naces-o-te-haces/

20. Por la SALUD de todos los que quiero.

21. Por los cuadernos que compro con toda la emoción, y siguen nuevecitos porque nunca los uso.

22. Por mis amigos, que siempre saben cuándo necesito un vinito VIP.

23. Por los días en que me levanto feliz. No he encontrado la fórmula de hacerlo adiario pero creo que tiene que ver con la luna.

24. Por mis hijos, que regresaron a mi casa este año pero se que pronto van a volver a irse. Los disfruto, los amo y me llenan de vida. Por toda mi familia, desde mi mamá, hermana, sobrinos, primos, tíos. Ustedes me inspiran, mueven, y hacen ser la mejor versión de mi.

25. Por mí misma, porque sigo dándole, riéndome, sobreviviendo, avanzando y ESCRIBIENDO.

GRACIAS. GRACIAS. GRACIAS. A todos por leerme. NOS VEMOS A LA PROXIMA.

LA “TRAILITA”

La Trailita: Cuando el Asfalto se Vuelve Hogar (Temporal)

Estuvimos La Revista Binacional (Rafael García y yo) en el evento “Viva La Vida”, la gala donde Lifeline Community Services reúne a toda la gente de San Diego que los apoya y respalda. La Revista Binacional fue orgullosamente patrocinador de medios. Mi amiga Lisette Islas, la CEO de dicha fundación, fue la anfitriona perfecta en un lugar colorido, aromático y lleno de amor.

Enrique Meza, de US Bank, quien fue el patrocinador principal del evento (y amigo mío), nos contó una historia de esas que te recuerdan que la vida no es un comercial de televisión. Su cuento sobre La Trailita—esa casa rodante o remolque—y cómo su familia la usó como un punto de rescate para los parientes en apuros, es oro puro.

No estamos hablando de un acto de caridad del gobierno, ¡sino de una logística familiar de supervivencia! Es que escuchen esto: el tío que se divorcia, el primo que pierde la chamba, la prima que recién llega de otro país… ¿Qué hace la familia Meza? ¡Les asigna un turno en La Trailita! No es un Hilton, pero es un techo. Es una forma de decir: “Estás caído, pero no te vas a quedar en la calle. Aquí te paras, te sacudes y vuelves a empezar, pero bajo nuestra supervisión constante”.

Comparó esa “trailita” con lo que llamanos “lifeline” (esa ayuda vital para no morir) y lo ató al tema de la fundación en dicho evento.

Eso me recordó La Gran Pregunta que siempre me hago: ¿Por Qué Hay Menos Homeless en países Latinos si comparamos con Estados Unidos?

Y es que, al escuchar esta historia, se me prendió el foco y dije: ¡Ahí está la respuesta! ¿Por qué en nuestros países, a pesar de las crisis, los gobiernos ineptos y la escasez, no vemos ese ejército de personas viviendo en las banquetas como en el “primer mundo”? Porque aquí, la familia es el último bastión de la seguridad social.

Mientras que en USA son súper cool y valoran la “independencia” a los 18, lo que en realidad hacen es dejar a su gente sola. La palabra “independencia” nos da escalofríos, en especial a los padres de familia con hijos mayores de 18. En lo personal, mis hijos saben que aquí conmigo tienen su casa SIEMPRE. Si las cosas no les salen bien, que regresen. Si pierden dinero, que regresen. Si tienen que volver a empezar y necesitan ahorrar dinero, que regresen. Mientras tenga vida y techo, ellos tienen siempre esa ‘trailita’.

La Póliza de Seguro Llamada “Mi Familia”

En Latinoamérica, la familia funciona como una póliza de seguro obligatoria que nadie firmó, pero todos acatamos. A cambio de que te critiquen tu corte de pelo, te pregunten por tu vida sentimental y te digan que deberías buscarte un trabajo “de verdad”, tienes una red de contención que es casi infalible:

* El Sillón Cama: Siempre hay un sofá, un colchón inflable o un cuartito en la azotea disponible. Si te va mal, alguien te va a dar un rincón.

* La Olla Mágica: Nadie se muere de hambre. Las mamás y las abuelas siempre cocinan para un regimiento. Siempre hay un plato extra, aunque tengas que aguantar la sopa de fideo por tres semanas.

* La Chismografía de Recuperación: Te van a chusmear hasta que consigas trabajo. La presión social es un motor (molesto, pero efectivo) para que te eches “pa’lante”. No es un sistema perfecto, claro. Es invasivo, ruidoso y lleno de drama, ¡pero funciona! La dignidad de no dormir en la calle vale la pena aguantar a la tía criticona.

La Trailita Como Símbolo

La Trailita de la familia Meza es un símbolo glorioso de lo que significa ser latino: usar el ingenio, la poca infraestructura que tenemos, y la obligación moral de no dejar que la sangre se quede en el asfalto. Enrique Meza, con su trabajo promoviendo la inclusión financiera, entendió perfectamente que el primer paso para la inclusión, muchas veces, no viene de un banco, sino de un remolque viejo y de un par de manos dispuestas a ayudar.

Así que, ¡un aplauso por esas familias que tienen su propia Trailita de emergencia! Y a ti, ¿cuál ha sido el rincón temporal donde te has refugiado mientras te pones de pie? ¡Atrévete a contarlo!

(Enrique, gracias por ser mi inspiración esta semana.)

NOS VEMOS A LA PROXIMA.

Emprendimiento Puro

Hay quienes dicen que fumar un puro cubano es un lujo, una experiencia que requiere calma, paciencia y cierto nivel de sofisticación.

Yo digo que ser emprendedora es lo mismo, pero sin la calma y con mucho menos glamour. Porque si alguien me hubiera explicado que prender un negocio se parecía tanto a prender un puro, tal vez me hubiera comprado un encendedor más grande antes de empezar.

Para empezar, está el ritual de encenderlo. Un puro no se prende de golpe como un cerillo en la oscuridad. Hay que girarlo, cuidarlo, darle espacio para que el fuego agarre parejito.

Igual que cuando uno inicia un negocio: la idea brilla en tu cabeza, pero si no le das aire, tiempo y dedicación, se te apaga en la primera semana y lo único que queda es un olor raro a fracaso.

Después llega el primer jalón. Con el puro, ese momento inicial es engañoso: parece suave, pero en realidad puede darte un golpe inesperado en la garganta. Así pasa cuando arrancas un proyecto: el entusiasmo te hace pensar que todo será ligero y fácil, hasta que descubres trámites, permisos, clientes indecisos y proveedores que desaparecen misteriosamente cuando más los necesitas. Y ahí estás, tosiendo, preguntándote si valía la pena.

Pero claro, la clave está en la paciencia. Un puro cubano no se fuma en cinco minutos. No es cigarro de esquina, es experiencia lenta. Igual que emprender: si quieres resultados inmediatos, mejor vete por unas papitas. Los negocios toman tiempo, energía y, sobre todo, la capacidad de aguantar sin desesperarte cuando parece que nada avanza. Porque si lo fuerzas, se quema mal. Si lo dejas descuidado, se apaga. Lo mismo pasa con tu empresa.

Y no olvidemos lo caro del puro. Todo el mundo sabe que no es barato. Igual que ser emprendedora: inviertes en un logo, en una oficina, en mil cosas que la gente a tu alrededor te dice que “no son necesarias”. Ellos no entienden que detrás de ese gasto hay una apuesta, un sueño, y un poquito de locura. A veces te ven como si hubieras gastado tu sueldo en humo… y pues sí, pero un humo que te hace feliz.

Luego está el ambiente social. Con un puro cubano en la mano, la gente asume que sabes de la vida, que tienes historias interesantes, que perteneces a un club exclusivo. O que te crees la María Félix.

Con un negocio, la gente también asume cosas: que eres tu propio jefe (mentira, tus clientes son tus jefes), que no tienes horarios (mentira, trabajas 24/7), y que ya eres millonaria (mentira, a veces ni para el café y vieran mis calzones).

Lo mejor de todo, sin duda, es la satisfacción final. Terminar un puro cubano es quedarte con el sabor de algo fuerte, con carácter, que requirió tu tiempo y atención. Terminar una etapa en tu negocio, aunque sea chiquita, te deja la misma sensación: que valió la pena, que cada jalón tuvo su propósito, y que sobreviviste al humo, a la tos y al gasto.

Al final del día, ser emprendedora es como fumar un puro cubano: difícil de conseguir, complicado de mantener, pero delicioso de vivir. Eso sí, con la diferencia de que cuando el puro se apaga, ya no hay vuelta atrás. En cambio, cuando tu negocio se tambalea, siempre puedes darle otra chispa, otro intento, y volver a encenderlo.

Y créeme, aunque ambos procesos cuestan lágrimas (y a veces maquillaje corrido), la satisfacción de saborearlo hasta el final… vale la pena.

Nos vemos a la próxima. 💕

La Rueda de la Fortuna

Hay algo casi mágico en subirse a una rueda de la fortuna. No importa si estás en una feria de pueblo, en el muelle de Santa Mónica, en Disney California Adventure o en Las Vegas con luces bailando a tu alrededor: la experiencia es la misma. Te subes, esperas a que todos encuentren su asiento, y entonces, lentamente, la rueda empieza a girar.

Y justo ahí, en ese momento en el que todo va lento, es donde me cayó el veinte: la rueda de la fortuna es una gran lección de vida. Porque no se trata de velocidad, ni de adrenalina, ni de llegar “más alto” primero. Se trata de paciencia, de confiar en el ritmo, y sobre todo, de disfrutar el paseo.

Vivimos en una era donde todo es inmediato. Un clic y ya compraste, otro clic y ya te contestaron. Pero hay cosas —las más valiosas, las que realmente importan— que no se pueden acelerar. El amor, la sanación, los proyectos con alma, las relaciones verdaderas, el crecimiento personal… todo eso toma tiempo. Como la rueda.

Y qué curioso, porque al principio uno quiere que se mueva rápido. Subes con emoción, con esa ansiedad bonita de lo nuevo. Pero la rueda no se apura. Se detiene, deja que otros suban. A veces te toca estar arriba del todo, viendo el mundo desde otra perspectiva. Otras veces estás abajo, esperando que vuelva a girar. Y eso es la vida. Una serie de subidas y bajadas, a su propio ritmo.

Yo he aprendido —a veces a la mala— que apresurar procesos solo trae frustración. Que cuando uno se impacienta, no disfruta. Que hay belleza en el ritmo natural de las cosas. Y que, como en la rueda, no puedes controlar cuánto tarda en llegar tu momento. Solo puedes decidir si lo vives con estrés… o con alegría.

La mejor parte, para mí, es cuando estás arriba. No porque estés “más alto” que nadie, sino porque ahí se abre el panorama. Ves luces que antes no notabas, detalles que solo se revelan con distancia. Y claro, sabes que no vas a quedarte ahí para siempre. Pero eso lo hace más especial.

Me gusta pensar que la rueda también te enseña humildad. Porque así como subes, también bajas. Y no pasa nada. El juego sigue, el ritmo no se detiene. Es parte del ciclo. Lo importante es seguir presente, ver a tu alrededor, compartir la cabina con quien elegiste subir, o incluso, disfrutar tu propia compañía si vas sola.

A veces la vida nos pone en una cabina que no elegimos. A veces el panorama no es tan bonito como esperábamos. Pero incluso ahí, hay lecciones. Hay pausas necesarias, silencios que curan, vistas distintas que no habríamos descubierto si todo fuera en línea recta.

Otras veces nos hace esperar a que “todos se suban a tu proyecto”, que te alcancen en tus metas o se sincronicen con tus ideas. Y la Rueda de la Fortuna nos enseña que no puedes girar rápido hasta que todos las cabinas esten ocupadas.

Así que la próxima vez que te sientas “atascada”, que sientas que todos avanzan menos tú, piensa en la rueda. No te bajaste. Solo estás en la parte del viaje donde se ve diferente. No te desesperes. Tu momento de subir otra vez llegará.

Y cuando lo haga, recuerda mirar alrededor. Agradece el camino, el proceso, el tiempo. No todos se atreven a subir, no todos saben esperar. Tú sí.

Porque la vida no se trata solo de llegar. Se trata de girar, de detenerse, de mirar, de respirar profundo cuando estás en lo alto… y de sonreír cuando vuelvas a empezar.

Y si nos ponemos a analizarlo profundamente, el que primero se sube, primero se baja. Te guste o no.

NOS VEMOS EL PROXIMO MIERCOLES 🙂

No más herramientas…

Leí lo siguiente:

“No necesito más herramientas, necesito menos fricción”… me explotó el cerebro (y el corazón también).

Todo comenzó un martes cualquiera. Ya sabes, ese tipo de día donde tienes 27 ventanas abiertas, 15 apps de productividad descargadas y una lista de pendientes que parece escrita por un enemigo.

Ahí estaba yo, buscando LA herramienta definitiva que me haría más organizada, más eficiente, más… menos yo.

Y de pronto la vi. Esa frase. En mayúsculas, subrayada, como si Dios mismo me la hubiera mandado en un post de LinkedIn:

“No necesito más herramientas, necesito menos fricción.”

¡PUM!

Sentí un golpe directo al ego. Una bofetada con guante blanco digital. Porque claro que necesito herramientas, ¿no? ¿Qué haría yo sin mi calendario, mi app de recordatorios, mis documentos compartidos, el CRM (imaginario a veces), el correo, el WhatsApp, el grupo de WhatsApp del grupo de WhatsApp…?

Pero ahí estaba la maldita frase, viéndome con una ceja levantada y diciendo:

“¿Y de qué te sirve tanto si igual sigues en el caos, Ginita?”

Me quedé pasmada. Cerré todas las ventanas en mi celular (bueno, dejé Spotify) y me puse a pensar: ¿cuántas veces he perdido media hora organizando lo que tengo que hacer, en lugar de simplemente hacerlo? ¿Cuántas veces me he bajado una nueva app porque la anterior no “fluía”, cuando en realidad el problema era que tenía que meterle diez pasos para hacer una tarea sencilla?

Spoiler: no era la herramienta. Era la fricción.

Fricción como esa vocecita que te dice que no empieces porque no va a quedar perfecto.

Fricción como tener que buscar tres veces una contraseña que sabes que está “por ahí”.

Fricción como el síndrome del impostor disfrazado de “solo necesito otro curso para estar lista”.

Fricción es buscar culpables de no avanzar en lugar de aceptar la culpa propia.

La frase me hizo entender que a veces somos como ese señor que compra herramientas carísimas para arreglar la gotera… pero nunca se sube a la escalera.

¿Y sabes qué hice después de ese mini despertar espiritual?

*No, no me volví minimalista digital.

*No, no borré todas mis apps y me fui a meditar al bosque.

Pero sí hice algo revolucionario:

Eliminé todo lo que no estaba ayudando a fluir.

Saqué las herramientas duplicadas, las que no entendía, las que usaba solo por moda (o que vi en un video de TikTok).

Y me quedé con lo que sí uso. Con lo que realmente me ayuda a avanzar sin sentir que estoy empujando un burro cuesta arriba.

Desde entonces, cada vez que me tiento a descargar una cosa más para “ser más productiva”, repito mi nuevo mantra:

No necesito más herramientas. Necesito menos fricción.

(Esta frase aplica a todo: trabajo, salud, amores, pero eso es otra historia).

GRACIAS POR LEERME

Más fácil hacerlo Mal.

¿Y si mejor no lo hacemos bien? Total, así es más fácil… ¿no?

A ver, seamos honestos: hacer las cosas bien es un arte, una ciencia, una disciplina… y una friega. No es que uno no quiera ser responsable, comprometido y profesional. No. Es que a veces —muchas veces— simplemente parece que la vida conspira para que no te den ganas de hacer absolutamente nada bien.

Primero que nada, hacer las cosas bien implica pensar. ¡Pensar! Y eso ya es pedir demasiado. Pensar significa planear, organizar, anticipar problemas y, peor tantito, solucionarlos. ¿Quién tiene tiempo para eso cuando uno apenas tiene energía para sobrevivir al lunes?

Además, hacer las cosas bien implica tiempo. Y no me refiero a una horita mientras ves memes. No, es tiempo de verdad. Horas de enfocarse, corregir errores, checar detalles, volver a empezar si algo salió mal. ¿Y si en lugar de todo eso me echo una siestecita de “cinco minutos” que mágicamente se convierte en tres horas? Suena más tentador.

Otro problema es la motivación. Uno empieza el lunes con toda la actitud: “¡Esta semana sí voy a hacer todo bien!” Y para el martes a las 11:00 a.m. ya estás cuestionando todas tus decisiones de vida mientras te preguntas si puedes sobrevivir solo con café y chismes de TikTok. ¿Qué pasó con el entusiasmo? Pues que se lo llevó la rutina, la flojera y el hecho de que nadie te aplaude cuando haces las cosas bien… pero todos notan cuando la riegas.

Hacer las cosas bien también requiere compromiso. Y el compromiso da miedo. Porque si te sale bien una vez, ¡ahora lo esperan siempre! O sea, ¡una sola vez haces algo bien y ya te quieren poner de ejemplo en la junta! No, gracias. Prefiero mantener las expectativas bajitas para que nadie se sorprenda cuando no entrego nada.

Además, ¿han notado que hacer las cosas mal a veces es hasta más divertido? Te echas un chisme mientras haces el trabajo a medias, improvisas, sobrevives al caos, y si te preguntan, siempre puedes decir: “¡Ups, se me fue el detalle!” y ya. Con carita de ternura y voz de víctima, se resuelve casi todo.

Ahora, no me malinterpreten. No estoy promoviendo la mediocridad (bueno, tal vez tantito). Solo digo que, en el fondo, todos sabemos que hacer las cosas bien es noble, correcto y admirable… pero no siempre es la opción más fácil. Y como buenos seres humanos que somos, siempre estamos buscando el camino de menor resistencia. Llámalo instinto de conservación, flojera estratégica o talento para la improvisación.

Cosas que me gustaría a veces no hacer bien:

  • Maquillarme y luego desmaquillarme en la noche
  • Contestar cuando tengo una opinión diferente
  • Estacionarme dentro de las lineas en los centros comerciales
  • Sacar la ropa de la secadora inmediatamente
  • Respetar mi turno en una fila
  • No saludar a los que se que no les caigo
  • Publicar en mis redes sociales con toda la honestidad
  • Gastar dinero solo en mi
  • Llorar por nada
  • Tener tiempo para mi
  • Dar explicaciones
  • Creer en el amor de nuevo, especialmente el propio
  • Dar propinas
  • Defenderme de los que me quieren tumbar
  • Tener expectativas

Así que la próxima vez que alguien diga: “Hazlo bien o no lo hagas”, yo solo responderé: “Entonces mejor no lo hago. Porque hacerlo bien… ¡está muy difícil y ahorita no quiero!”

¡NOS VEMOS A LA PROXIMA!