¡Flota , Mariana!

Mariana Eres caminaba por el muelle. La brisa salada rizaba sus cabellos. Ese viento en su cara y la emoción de poder irse a ver el atardecer sola en un yate rentado le provocaban una sonrisa medio pícara y contagiosa.

Cansada, estresada y presionada había tenido la audacia de decidir navegar sola, aunque fuera por una tarde.

No iba lejos, solo alrededor de la bahía y siempre supervisada con un GPS que la orientaría desde la torre de control en el puerto de la ciudad.

Un delicioso chardonnay estaba ya puesto en hielos y ella llegaba al pequeño yate, no lujoso ni ostentoso pero lo suficiente para llevarla y perderla por una sola tarde.

Ese yate significaba tanto para ella. Era un escape a una realidad aunque fuera por sólo un momento.

Las clases de navegación que había tomado a escondidas (para evitar críticas) por fin iban a probarse.

No debo de beber y conducir este barquito“, pensaba Mariana en lo que se servía una copa y se dirigía hacia el timón para salir.

Cuerdas sueltas, velas puestas, yate encendido… Mariana se iba alejando poco a poco de la tierra.

Mariana, alta y espigada con la cara hacia enfrente, dominaba el gran Pacífico. El viento estaba más fresco y cada vez se veía menos la tierra.

Mariana ya no estaba en la bahía y no estaba ya tan cerca pero la señal de la navegación aún indicaba que se encontraba en territorio seguro y fácil.

El chardonnay fresco tocaba sus labios y ella disfrutaba cada sorbo lentamente.

Encontró un espacio lejos de toda tierra, en medio de las aguas y detuvo el yate.

Su celular estaba apagado porque no quería enterarse de nada ni de nadie.

Eran Mariana y el mar.. y ese vinito que ya le cosquillaba la cabeza.

En sus grandes ojos se podía ver el resplandor que el sol obsequiaba ese atardecer. Era todo un espectáculo ver el sol ser tragado por la inmensidad del mar.

Con el cielo en tonos morados y la marea un poco picada, Mariana cerraba sus ojos y se dejaba mecer en el yate.

El frío, el silencio y la melodía de las olas la llevaron a un estado de relajación profundo.

Voy a cerrar los ojos un ratito más“, se decía así misma mientras el yate encendía en automático sus luces.

Mariana se dejaba llevar por esa tranquilidad en falso ya que la rodeaban aguas peligrosas y la oscuridad que no se hacía esperar.

Mariana se dormía profundamente…

Un dolor en la espalda como cuchillos la despertaron. El ruido violento de láminas la confundían. No veía nada. Sólo sentía frío y dolor en su cuerpo.

Choqué. Estoy en el mar, atrapada“, medio pensaba en lo que reaccionaba despues de un mal giro que dió el yate en medio del mar.

No quiso averiguar con qué había chocado pero tenía que pedir ayuda antes de que el barco se hundiera.

En un momento su paz y tranquilidad se esfumaron. Mariana se había confiado de un yate y había violado dos reglas importantes de la navegación: No ir solo y no distraerse.

El viento no la estaba ayudando. Mariana estaba ya en el agua y no podía accesar al kit de emergencias para pedir ayuda.

Algo jalaba a Mariana desde abajo. Sus zapatos estaban atorados en algo y ella sentía que una fuerza la hundía.

Mariana comenzó a nadar, a patalear y manotear para mantenerse a flote.

¡No me puedo ahogar!“, gritaba como si la escuchara alguien.

Tenía esa presentación importante en el trabajo. Había que llevar a los niños a los partidos esta semana. Mañana era el cumpleaños de la comadre y ella llevaría el pastel. Los pagos de la casa no estaban en automático y ella tenía que pagarlos. El nunca le regresó la llamada despues de aquella noche. Tenía que ir por los resultados del diagnóstico de ese quiste en su brazo izquierdo. El fin de semana llegaba toda la familia a festejar el inicio del verano. El periódico la estaba esperando con el artículo de los problemas de los migrantes. No le había pedido perdón a una amiga que ofendió sin querer. Ya iba a comenzar su membresía en el gimnasio. La vida la esperaba. Mariana no se podía ahogar.

El cansancio ya era mucho y ella sabía que iba a perder la batalla contra el mar que se la quería tragar.

Mariana comenzaba a hundirse y ya no alcanzaba a agarrar aire. Luchaba y luchaba. Pataleaba y movía los brazos para nadar pero era todo en vano.

Mariana sabía que tal vez esto era su final.

Pero una voz dentro de ella le decía “Mariana, flota. Deja de luchar contra la corriente. Déjate ir. Flota, Mariana“.

Mariana se rendía sin fuerzas. Mariana dejó de forzar su cuerpo a nadar. Mariana soltó lo que no podía controlar.

Y Mariana flotó…

Mariana al dejar de luchar contra toda la corriente, se pudo calmar y su cuerpo subió a la superficie.

Mariana agarraba aire de nuevo.

Ella aprendió, casi de inmediato y porque no tuvo otra alternativa, a flotar en medio de la tempestad.

Mariana, ¡flota!“, se escuchaban ya unas voces con unas luces que venían a rescatarla.

Para el mundo, Mariana había luchado solo unos minutos.

Para Mariana, la lucha contra la corriente del mar fue equivalente a toda una vida tratando de estar a flote.

Mariana esa noche aprendió a flotar, soltando lo que no podía controlar.

Me dió gusto platicarles otro cuento de Mariana Eres, mi personaje ficticio favorito. Porque al final del día, todos somos MARIANA ERES.

NOS VEMOS EL PROXIMO MIERCOLES 🙂

Eres Enemiga

Mariana terminaba de levantar todos los juguetes tirados por toda la casa. Estaba muy cansada pero al fin estaban dormidos los niños.

Sus piernas le dolían mucho. Había comenzado a correr de nuevo y su cuerpo ya no era el de antes.

Alejandro, su marido, no llegaría temprano a casa. Otra vez. El despacho lo estaba acabando con tanto trabajo pero al final era por el bien de su familia.

Mariana iba a su recámara y sacaba un cuaderno y pluma del cajón junto a su cama. Se acomodaba en las almohadas y comenzaba a dibujar rueditas y triangulitos mientras pensaba y pensaba. Su mente necesitaba una distracción ó se iba a volver loca. Algo no andaba bien con Alejandro pero no podía realmente confirmar lo que imaginaba.

“Necesito escribir”, suspiraba Mariana en lo que dejaba su pluma y cerebro conectar con la imaginación.

Tomaba de nuevo el cuaderno y comenzaba a escribir una carta:

Querida,

Aléjate de mi. Deja de hacerme tanto daño. Me tienes acabada. Todos los días despierto para entender qué me harás.

Por más que quiero alejarte de mí, no puedo. 

Trato de explicarte todos los días que no soy fea como dices.

Por más que me arreglo y me pongo guapa, encuentras algo malo en mí y no descansas hasta convencerme que soy fea. 

Te digo también que a veces me canso mucho pero lo único que haces es decirme que mi cansancio se debe a que no soy joven ni activa como antes. Por eso comencé a correr, para demostrarte que puedo.

Criticas mi comida, mi sazón insípido. 

Me comparas con mis amigas, con mis comadres, con mi familia. Para ti siempre soy menos que todos. 

Yo todavía no entiendo porque no me puedo defender de tí. 

Y trato.

Pienso qué más hacer para que ya no me critiques ni trates mal. 

Luego metes a mis hijos en esto. Para ti nunca voy a ser una buena madre. Me culpas de todos los errores de mis hijos, de su comportamiento, de todo lo malo que les suceda.

Nunca me alabas por lo bueno que hago por ellos, como si no tuviera derecho a festejar sus triunfos. No me dejas hacerlo.

Deja de criticar mi piel, mi sobrepeso ligero, mis arrugas. No seas tan cruel conmigo cuando ves que las canas reaparecen a los 5 días de ir al salón de belleza.

No sé cómo complacerte. Me siento culpable cuando compro algo para mi porque no lo apruebas. No debo comprarme nada. 

Me haces dudar de toda mi inteligencia cuando estoy presentando un proyecto con mi jefe. Me detengo a analizar si lo que estoy diciendo está bien porque siento que me estás viendo para criticarme. 

No me dejas disfrutar a mi esposo porque siempre estás intentando hacerme sentir no merecedora de su cariño. 

Me echas la culpa de que por eso el casi no está en casa, prefiere el trabajo a su familia. No es mi culpa, siempre estoy aqui, cuando puedo.

Pero tu me culpas de que no esté. 

Me cansas mucho. Quiero que guardes silencio. Quiero cerrar los ojos y que al abrirlos ya no me vuelvas a molestar más.

 Te pido que me dejes ser feliz. 

A pesar de todo esto, yo te quiero.

Con cariño,

Mariana

 

“Cualquiera que lea esta carta dirá que estoy loca”, decía Mariana a sí misma mientras trozaba la hoja del cuaderno y la rompía. 

“Escribiendo a mi peor enemiga la cual soy yo misma”… suspiraba Mariana.

Mariana se desahogaba con ella misma. Necesitaba encontrar culpables de su desdicha, su depresión. 

Se distraía escribiendo y destruyendo lo escrito en cuanto lo terminaba. 

Era ya un ritual antes de dormir. 

Eso la relajaba. Era un juego mental para confundir sus pensamientos y lograr descansar.

Era la distracción perfecta para no aceptar lo que ya sabía como mujer.

Alejandro la iba a dejar muy pronto.

leaving

NOS VEMOS EL PROXIMO MIERCOLES 🙂